Revista Religión

Ellos hablan, el entra

Por Francescbon @francescbon
- Si vas a levantarte cierra un poco la ventana.- Voy. Estaba pensando lo mismo.- La mejor época del año: aún hace calor por el día pero puede dormirse por la noche.- En la calle se está de gloria.- Bueno: si te quedas parado acabas teniendo fresco y todo.- Se acabaron las bermudas, casi.- No necesariamente. Es cuestión de moverse y acostumbrarse.- ¿Cuando empiezan los niños el colegio?- Un par de días, creo.
- Esto es una locura, joder.- Ya cambiará la racha. - No está quejica ni nada el tío.
Lo peor de todo en ese piso era ponerse de acuerdo para limpiarlo todo y dejarlo presentable. El pacto no escrito era que sólo podía hacerse cuando estaban todos: nadie debía eludir esa obligación. Entonces, ya de noche como para que ese ejercicio no fuese un sudoroso experimento pero no lo bastante para causar molestias a los sensibles ancianos de abajo ("¿pero los viejos no se vuelven sordos?, ¿cómo pueden quejarse de que hagamos demasiado ruido?"), cada uno de ellos empezaba a trasegar con algún detalle en concreto. Recoger latas y botellas vacías, pasar el trapo por el polvo, mover los sofás y barrer lo que iba quedando debajo, sacar las sábanas y hacerse cargo de llevarlas a lavar y de poner las limpias. Comprobar si las toallas volvían a tener ese indescriptible olor, mirar las cargas de los aparatos contra los mosquitos, fregar los platos y los vasos a conciencia, ordenar el contenido de la nevera.Como una brigada, calladamente daban cuenta del piso y, tan coordinadamente como habían empezado a hacerlo, se sentaban a medida que pensaban que habían acabado. Luego se miraban, cuando el último de ellos tomaba asiento, siempre después de pedir a todos que se levantaran para corregir algo la posición del más grande de los dos sofás, con un aire algo satisfecho, y reinaba entre ellos una especie de ambiente como el que uno siente cuando acaba un capítulo en un libro y empieza otro.
Sonó el timbre y dejaron la puerta abierta esperando a que subiera. Esa estampa siempre les recordaba a  Seinfeld.
Fue entrar, algo sudoroso, como siempre, y sonar su teléfono. Apenas le dio tiempo a dejar un papel sobre la mesa, que estaba, gracias a la labor común, limpia, casi reluciente salvo por el par de manchas ligeramente deslucidas que habían dejado los cercos de los vasos.
ELLOS HABLAN, EL ENTRA
- Sí... soy yo, diga.... sí... claro...pues iba a volver en cuanto tuviera una mañana libre...no lo sé...de hecho tengo algo más, si quiere, dígame cuando puedo ir.

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