La primera pareja lleva un rato allí. Son jóvenes y rubios, con aire vagamente sajón, y se miran de tanto en tanto con la complicidad de los niños que juegan. Entre ambos, una botella de vino rosado se refresca en un cubo con hielos. Se intercambian pocas palabras y, cuando lo hacen, es en voz baja. Las manos que se buscan por encima de la mesa y los pies que se tantean por debajo dicen mucho más. Comparten los platos, saborean cada bocado, siguen mirándose como si les faltara el tiempo.
En la otra mesa, el contrapunto. Treinta y tantos, morenos, delgados. Primero llegó ella, que sacó el móvil en cuanto se sentó y empezó a teclear como sin ganas. Luego apareció él, en la mano un libro que abrió después de acomodarse en la silla. Ella juega, él lee. Cada uno pide lo suyo, evitando cruzarse las miradas, las palabras, hurtándose cualquier clase de contacto. El camarero trae las bebidas y el da un sorbo a su cerveza sin levantar la vista del libro. Cuando llega la comida, ella apenas toca la ensalada pero desliza el tenedor vacío por el plato, chirriante.
La pareja más joven termina antes, aunque se demora en un pequeño brindis y el roce de un beso. Piden la cuenta con una sonrisa, se marchan cogidos de la mano bajo el picante sol de la sobremesa.
Tengo que irme antes de que acaben los otros y me pregunto si pagarán la cuenta por separado. Los imagino levantarse y echar a andar con un espacio entre ambos cada vez más ancho, ese silencio inmenso previo a la fractura y el desmoronamiento.

