A lo largo de su carrera, pocas veces le han robado el protagonismo a Brad Pitt en una película, y que lo haga un perro como en este caso, es todavía más inaudito. Y es que de los cien minutos que dura la película, ellos dos comparten el absoluto protagonismo, pero es su compañero canino quien más emociones provoca en el espectador, tanto por lo contado en el presente como por lo vivido en un pasado que conocemos de forma muy puntual. Lo que importa realmente en este largometraje es ver cómo superan juntos todas las adversidades a las que se enfrentan en una aventura visualmente embriagadora, aunque narrada con una frialdad que hasta su desenlace, no logra calar tanto como pretende y cabría esperar. De todos modos, su metraje compacto y la alta cantidad e intensidad de los momentos límite no dejan margen a la monotonía.
Mi puntuación: 6/10

