Revista Opinión

En la ciudad de las banderas III

Publicado el 30 enero 2019 por Eowyndecamelot

En la ciudad de las banderas III

(viene de)

Dí­as ajetreados en la ciudad de las banderas, en la ciudad de las cruces, de las medias lunas. Sí­mbolos y colores absurdos en mitad de la desconfianza y la miseria, y un eco lejano, amenazador de cascos de caballos. Ojalá los trabajos del dí­a fueran la puerta del descanso nocturno. Pero la noche está llena de fantasmas y, aunque hace tiempo que sé que no hay monstruos dentro de los baúles, estos se siguen abriendo, y ellos apareciendo. Estoy cansada. Muy cansada. En ocasiones, es un cansancio reconfortante. Cuando conseguimos, por enésima vez, evitar que armenios, turcos y latinos se enzarcen en una escaramuza a golpes o a cuchilladas, muchas veces a muerte. La excusa, muchas veces, es tan estúpida que ni siquiera existe. Sencillamente, se miran y se lanzan unos sobre los otros, sin que en algún momento se paren a pensar que es más lo que les une que lo que les separa, que si alguien no les hubiera contado que eran enemigos ni siquiera se habrí­an dado cuenta.

-Si realmente hay una amenaza allí­ afuera -les discurseo, cabreada- estáis siguiendo la estrategia equivocada. ¿No deberí­ais uniros, organizaros? ¿Reclamar más reservas de comida y más seguridad al gobernador­? Los invasores no van a hacer distinciones de procedencia ni de fe cuando entren aquí a matar y a saquear: ¿por qué las hacéis vosotros, entonces? Vamos, un poquito de memoria histórica, hijos mí­os, y no tanto jugar a los dados -pero me ignoran. Y entonces, me doy cuenta que cualquier triunfo puntual que pueda lograr es un puñado de arena arrojado al mar. Sigue el caos. El caos de una ciudad dominada por las banderas, donde musulmanes y cristianos toman posiciones ante lo que va a venir, donde crecen los altercados, y donde la vigilancia es más férrea, y los castigos más tremendos, entre los correligionarios que respecto a los contrincantes, ante cualquier irregularidad en lo que se supone que debe de ser el comportamiento adecuado. Aparte de las tí­picas familias y grupos de amigos divididos que se dan en estos casos, claro… Nada que ver con lo que conocéis en el siglo XXI, ¿verdad, lectores? Y es que cuando las banderas se apoderan del pueblo, puede pasar cualquier cosa. Mientras, la gente seguí­a pasando hambre, las leyes se hací­an a medida de los que más pudieran pagar por ellas, y los gobernantes se sentí­an aliviados de las presiones de la población: los ciudadanos estaban demasiados ocupados en luchar unos contra otros.

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Sin embargo, era inútil que me quejara: mi deber era defender el lugar en el que me hallaba y la gente con la que conviví­a, rezaran al santo que rezaran y rindiesen homenaje al rey que les diera la gana. Esa habí­a sido siempre mi divisa. A no ser que me pagaran con una bolsa bien repleta para que tuviera otra, claro. Puedo ser muchas cosas, y de hecho las soy, tengo más defectos de los que podréis contar nunca aunque seáis más duchos en matemáticas que Avicena, pero mi entrega a las causas que abrazo es inamovible en cualquier otra circunstancia. Aunque tampoco habría hecho falta que lo proclamara tan épicamente delante de Roger y Ferran, qué mal consejero es el alcohol a veces. No, la defensa de la ciudad no era un problema para mí. Excepto si nos poníamos a pensar que aquellos de quienes tenía que defenderla habían sido mis más acérrimos aliados sólo unos cuantos meses antes.

Pero, todo hay que decirlo, no es que yo hubiera renunciado a mis antiguas lealtades, sino que ellas habí­an renunciado a mí­. Por tanto, ningún lazo me uní­a a mi antigua vida. Más bien al contrario. De hecho, una de las razones por las que habí­a pronunciado tan solemne juramento ante mis nuevos aliados habí­a sido por la rabia que me invade sólo con escuchar la palabra “templarios” o alguno de sus sinónimos,  o (sobre todo) “Bernard”.

No obstante, habí­a varias objeciones a la idea de yo ahora trabajara para los enemigos de los templarios (para uno de sus numerosos enemigos, deberí­a decir, porque opositores no les faltan. Deberí­an leer el libro del Carnegie ése a ver si aprenden a hacerse querer un poco). La primera de ellas era Ferran y su rápida transformación de cristiano medio ateo a mahometano convencido y hasta un poco integrista… vamos, que a veces me parecí­a más almohade que andalusí­ cuando era en realidad de añeja raigambre goda. Y es que, si de algo estoy segura en esta vida, es que cualquier fanatismo, cualquier idea, acerca del tema que sea, que no admita discusión, ha de ser evitada a toda costa, tanto la idea como a las personas que creen en ella, sobre todo a éstas últimas. Si no somos capaces de reí­rnos de nosotros mismo y de nuestras fes más arraigadas, significa que somos seres prepotentes, crueles, asesinos en potencia y tal vez en acto, o al menos podemos llegar a serlo. Algo tení­a que haberles sucedido a Omar y a Ferran durante el tiempo en que cayeron en desgracia, después de que la juglaresa Elisenda lograra volver en su contra a todo la compañí­a, por su estúpida vanidad frustrada. Alguien se habí­a aprovechado de su situación de debilidad y les habí­a lavado el cerebro.

Alguien que, si mi experiencia en intrigas palaciegas no me engañaba, seguramente que no era precisamente la salvación de los ciudadanos de Jerusalén lo que le preocupaba. Llamadme conspiranoica, pero que el proyecto de invasión templaria de Jerusalén hubiera sido simultáneo al cambio de orientación religiosa de Omar y Ferran no me parecía una simple casualidad.

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Leí­do lo anterior, no os extrañaréis si os digo que los encuentros entre Ferran y yo no estaba pasando por el mejor momento del mundo. Lo cierto es que yo seguí­a viviendo en su casa, y ambos nos visitábamos frecuentemente en nuestros dormitorios a horas de la noche no aptas para realizar actividades decentes, pero no me sentí­a cómoda: mi amigo ya no era el cómico inocente, divertido, vital, despreocupado y lleno de pasión que yo habí­a conocido: ahora era un caballero juramentado de la fe de Mahoma. Y eso no iba conmigo, y estaba comenzando a sentir que compartí­a mi lecho con un extraño. Así­ que, para no dar más explicaciones, le dije que tal vez nuestro socio común Roger no aprobarí­a que mezcláramos el placer con el trabajo, y que lo mejor serí­a que yo me buscara otro alojamiento. Aceptó sin más problemas, como si su mente estuviera dominada por cuestiones mucho más trascendentales, sin dignarse a intentar hacerme cambiar de idea con las tí­picas zalamerí­as que yo tan bien conocí­a: si habí­a en algún momento albergado alguna duda de que mi Ferran de Cataluña habí­a desaparecido sin dejar rastro, en aquel momento también desapareció. Así­ es que Roger me buscó un lugar donde vivir más acorde con mi condición de doncella (como intuiréis, eran sus palabras, no las mí­as), y de pronto me encontré en la habitación sobrante de la casa de una familia de acomodados comerciantes armenios, lo que me agradó, porque tení­an una hija no muchos años más joven que yo, y yo a veces echaba de menos la compañí­a de otra mujer. Así­ que, después de todo, no me sentí­ perjudicada con el cambio, aunque me avisaron que de momento la muchacha se hallaba fuera de la ciudad, así­ que lamentablemente las noches de chicas tendrí­an que esperar.

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No todo eran conflictos, no obstante. Siempre me quedaban las reuniones en nuestra taberna (y cuartel general no oficial) de la puerta de Damasco, donde tenía la oportunidad de departir con mis nuevos compañeros. En concreto, había hecho algo de amistad con Cristophe, un simpático mercenario de la Champaña, un poco menos bruto y algo más leído que algunos de los demás, correcto y amante de las normas, y de buen trato y mejores sentimientos.

-Están a las puertas –me dijo una noche por todo saludo. Yo me senté a su lado y procedía a ayudarle a vaciar la jarra de vino que tenía ante sí.

-¿Y? -me burlé yo- ¿Tienes miedo? ¿Necesitas unos calzones de recambio? Aví­same con tiempo, que soy muy sensible a los malos olores.

Él me metió un codazo en las costillas, o al menos lo intentó, porque le esquivé y a punto estuve de hincarle un rodillazo en los testí­culos.

-No, maldita sea la Santí­sima Trinidad, eso ni se te ocurra decirlo si no quieres ver la batalla desde el cementerio. Pero joder, esos tí­os han sido mis hermanos de armas. Luché a su lado en Acre y, salvo alguna excepción, no puedo decir más que cosas positivas de su arrojo y su manera de luchar. Y ahora…

La sonrisa se me borró del rostro. Me acodé sobre la mesa que compartí­amos, apoyando la cara entre las manos.

-No sabí­a que te preocuparan esas cuestiones. Y en realidad, esto te honra. Pero piensa que tenemos que sobrevivir. Que este es nuestro trabajo. Luchamos por dinero, y puedes dar gracias a que gozamos de esta posibilidad, a que nuestros brazos y nuestras piernas aún son fuertes, y aún los conservamos. Se pasa muy mal cuando no tienes qué comer, lo sé por experiencia, y hay que ahorrar para cuando no seamos capaces de levantar, no digo yo la espada, sino ni la camisa sobre la cabeza, si es que no nos enví­an antes al infierno. No podemos ponernos sensibleros. Ellos no lo harí­an por nosotros.

-Y sin embargo -continuó él- a Roger no le bastan nuestros brazos y nuestras espadas. Quiere, además, nuestros corazones. Nos quiere entregados a su causa.

Me encogí­ de hombros.

-Pues con el mí­o que no cuente. De hecho, ya lo sabe.

Cristophe bebió un trago de vino.

-Eowyn… es que… -se detuvo, como si no supiera cómo articular su preocupación. Le insté, con un movimiento de la mano-. … no creo que quieran masacrarnos. Se pondrán en peligro porque no lucharán a no ser que sea absolutamente necesario. Los conozco. Y tú también, tal vez incluso más que yo, por lo que me has contado y por lo que he oído por ahí. Me temo que la defensa que tiene planeada Roger va ser desproporcionada en comparación con el ataque. Y llámame sensiblero o hasta estúpido, si lo deseas, pero no me gusta.

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Cuando, por fin, decidí retirarme aquella noche, las palabras de Cristophe me persiguieron todo el camino hacia mi nueva morada, como ratas que se negaran a abandonar el barco hundido. Aquel mercenario con í­nfulas moralistas y acendrada tendencia a filosofar había conseguido colocar mis temores en primer plano de mi cerebro. No era descabellado lo que había dicho, no, no lo era, conociendo a mis antiguos empleadores, por loco y soberbio que pudiera parecer. De hecho, es lo que me había prometido Bernard en los tiempos en que aún nos hablábamos, cuando yo le manifestaba mis reservas ante una nueva cruzada. Van a intentar no matar a nadie, me decía yo, a no ser que sea absolutamente necesario. Y eso significa que los muertos serán ellos. No podrán evitar que los masacren. Y eso debería ser una buena noticia para toda la defensa de la ciudad. Para mí.

Y, sin embargo, ¿por qué no estaba pegando saltos de alegría? El ataque, en el caso de que se produjera y de que no pretendieran rendirnos por hambre (me imagino que elegirían la primera opción, ya que llevaban mucho tiempo esperando aquella oportunidad y sabían que la ciudad estaba bien abastecida, mientras que ellos probablemente no lo estarán tanto), sería rechazado en breve y, después de haber ayudado a retira los cadáveres,  yo seguiría cobrando como guardia de la ciudad sin trabajar demasiado, lo que significa que podría dedicarme a otras actividades útiles, como aprender lenguas, por ejemplo: tenía que pensar en mi jubilación. El plan era perfecto. Insuperablemente perfecto.

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En estos pensamientos, llegué a la puerta de la casa de los armenios, que abrí con la llave que mis amables caseros me habían proporcionado. Me habían cedido una cómoda habitación, que no tenía visos de haber servido ninguna vez como corral, y yo ya creía sentir en mi piel el roce de las limpias sábanas de lino, la morbilidad de los almohadones de plumas, el momento en que el sueño me venciera poco a poco mientras la voz de la simpática sirvienta Fátima me leía alguna historia hasta que los ojos se me cerraran, agradecida por haberla instruido en el descifrado de los caracteres escritos. Pero mi delectación en esas ideas se interrumpió cuando vi llegar desde la calle de enfrente a un personaje inesperado con toda la intención de entrar por la misma puerta que yo pensaba traspasar.

Se trataba de una mujer muy joven, alta y bastante delgada, pero que transmitía una gran apariencia de fuerza y seguridad. Según lo que pude ver de su cuerpo y su rostro, no creí que, al igual que sucedía en mi caso, tuviera esperando a una larga fila de pretendientes, pero debía reconocer que tenía unos ojos notables. Intensos, tal vez demasiado. Y su andar decidido, como con objetivo propio y bien definido, también podría resultar muy atractivo. Decidida a ser la inquilina perfecta, me dirigí a ella.

-Hola, tú debes ser… pronuncié su extraño nombre armenio. Me sorprendía que una joven casadera pudiera regresar tan tarde a casa sin que sus padres no le dieran tal tunda que consiguiera convertir cualquier actividad nocturna en algo poco deseable para ella, pero tal vez la moral de los cristianos armenios era a caso más relajada que la de los católicos hispánicos-. Yo soy Eowyn. Tus padres han sido tan amables de hospedarme.

Sonreí y esperé su respuesta, que preví educada e incluso amable, cuanto menos. Pero, en lugar de ello, la aludida se limitó a recorrer mi persona con una mirada despreciativa, a empujar la puerta pasándome por delante, y a desaparecer en la oscuridad de la vivienda, dejándome ahí­ plantada con todas mis frases corteses. Y es que, de verdad, cada vez tiene una más ganas de ser una cabrona a tiempo completo. El mundo está lleno de desagradecidos… Bueno… al menos ya tendría algún pensamiento en el que entretener mi perí­odo de duermevela.

Estaba demasiado encolerizada por la muchacha para preguntarme a cuáles de los templarios tan bien conocía tendrí­a que asesinar en los dí­as venideros.

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El amanecer llegó con la noticia de que estábamos sitiados. Los templarios habían acampado alrededor de las murallas de la ciudad, sin dejar un solo hueco a la  de huida para las familias que aún no se habían decidido a marcharse, y que ahora ya podrían hacerlo. Incluso estaban construyendo dos bonitas máquinas de guerra, lo que, por un lado, me tranquilizó, pues al parecer no pensaban tentar a la posibilidad de rendirnos por hambre. No, no quería que aquello se prolongara hasta el infinito. Lo que tuviera que suceder, que sucediera. Ya.

Los siguientes días, evidentemente, las cosas en la ciudad no mejoraron. El cuerpo de guardia no daba abasto a resolver los múltiples conflictos que se generaban, no sólo entre las diferentes religiones, sino, lo que podría parecer más extraño, en su propio seno. Los musulmanes ajusticiaban a otros musulmanes, supuestamente demasiado tibios en la defensa de Alá y su profeta, y en la salvaguarda de la ciudad. Griegos, armenios y latinos peleaban, unos contra otros y entre ellos mismos: Unidos Podemos y Visca Jerusalem, sí, algunas cosas nunca cambian. Y lo peor es que algunos grupos fueron iluminados por la idea de que los encargados de la seguridad de la ciudad de raza no semítica éramos espías que la incompetencia del gobernador y de sus funcionarios no habían logrado mantener fuera de la ciudad, o bien unos traidores a nuestra religión originaria, según de qué grupúsculo viniera la idea.

Todo lo cual, podéis suponer, no facilitaba demasiado nuestro trabajo.

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Justamente, en una escaramuza con una de esas cohortes de iluminados, mi compañero Cristophe fue gravemente herido, y yo tuve que arrastrarle hasta la taberna sin encontrarme en mejores condiciones que él, pues me habí­an golpeado con ganas antes de que yo hubiera podido centrarme lo suficiente como para rebanar el cuello a dos de ellos y crear una salida suplementaria para el contenido de los intestinos de otro.

-Esto es absurdo -me dijo, mientras el médico le cauterizaba la herida, meneando suavemente la cabeza; el tajo, que le llegaba del cuello al pecho, era demasiado profundo como para que no acabara infectándose, haciendo inútiles todos nuestros esfuerzos-. Aquí nadie sabe en qué bando está. Ni siquiera nosotros.

Yo le comprendía perfectamente. Aquel conflicto se llevaba la palma entre la incoherencia de los conflictos de la historia reciente y pasada, y eso significaba una competencia muy dura. Todas las guerras eran absurdas.

Pero yo sólo sabía pelear.

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No quise marcharme de la casa del médico hasta que éste me aseguró que habí­a hecho por Christophe todo lo que podí­a, y que era el momento de dejarlo en manos de Alá. Ni siquiera entonces: estaba harta de perder a la gente que me importaba, de una manera u otra. Incluso habí­a llegado a creer que alguna especie de maldición me acompañaba. Cuando estrechaba lazos de amistad con alguien (cosa harto difí­cil, por otra parte, porque las potencias celestiales, o quien coño sea el que se ocupe de estas cosas, no me habían dado un carácter amistoso, y también porque soy tan exigente que pocas personas me motivan lo suficiente para ofrecerles mi aprecio), esa persona o bien se convertí­a en mi enemiga sin razón, o bien me traicionaba con menos razón, el tiempo y las circunstancias nos alejaban o, lo que era también bastante frecuente, se moría. Pensé en María, en cuya taberna hacía siglos que no había podido parar. En Isabel, que sin duda estaría tramando alguna nueva fechoría contra mí, consumida por el odio de creerme a mí y los templarios culpables de la muerte de su amigo, aunque ya hubiera olvidado hasta su rostro. En el simpático lacayo de Corbera d’Ebre. En…

-Hazme caso -dijo el médico, sacándome a rastras por la puerta-. Yo cuidaré de él y tú no podrás hacer nada aparte de agotarte. La ciudad te necesita a ti y a tus compañeros en buen estado de forma. Anda, vete a dormir.

Y así­ me vi, sola en mitad de la calle y, a pesar de lo que me había aconsejado el médico, completamente desvelada. Con no demasiadas opciones, me encaminé a mi alojamiento, no sin antes descartar una visita a Ferran con intenciones muy poco decorosas: pero habí­a decidido dejar nuestros encuentros en tierra de nadie y debí­a atenerme a ello, si no querí­a confundir al pobre hombre, que bastante tení­a con lidiar con sus nuevos ardores religiosos. De esta manera, llegué a la casa de los armenios y, sin molestarme en desvestirme, caí­ a plomo sobre mi camastro y busqué el amparo de la oscuridad. Me costó conciliar el sueño, pero al fin el cansancio me venció, y creo que logré dormitar una par de horas, quizá menos.

Pero antes de que hubiera amanecido algo me hizo dar un salto en la cama: creí­a haber escuchado algo, un golpe suave, tal vez, en la puerta de entrada. De haber gozado de un sueño más profundo y reparador, aquel sonido no me habrí­a sacado de él, pero no era el caso, y el hecho en sí­ no me gustó nada. Me erguí­ y me dirigí­ hasta el lugar de donde procedí­a el ruido, y me encontré con la puerta cerrada de la manera más inofensiva del mundo. La abrí­, y ojeé la desierta calle en ambas direcciones y, en la que conducí­a a la Puerta de Jaffa, vi a una persona cuya silueta me resultó conocida. Pensamientos diversos atravesaron mi cerebro en esos momentos, pero la orden que éste imprimió a mis músculos y a mis articulaciones fue moverse en pos de ella. Y aquello fue exactamente lo que hice.

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Los dos elementos que estaban de guardia aquel día en la puerta, y quienes yo conocía más por sus frecuentes estancias en la taberna que porque hubieran participado conmigo en alguna acción propia de nuestro cargo, intentaron impedirme la salida, y se negaron a decirme por qué a la persona que habí­a traspasado la puerta de la ciudad unos instantes antes que yo sí­ se lo habí­an permitido. Me hablaron del peligro que se atrincheraba fuera de las aún protectoras murallas, un peligro que cualquiera en aquella urbe que tuviera ojos en la cara y acceso a un lugar elevado ya conocía de sobra, y llegaron a dudar de mis lícitos deseos en hacer una incursión de reconocimiento extramuros, llegando a acusarme de espía, a pesar de que sabían perfectamente quién era yo. Y no me encontraba precisamente en el estado en que más les hubiera convenido cabrearme.

-¡Imbéciles, patanes, hijos de Satán y una perra rabiosa! -les solté, mientras pateaba sus gordos culos-. Id a ver a Roger si no creéis que él me envía, retrasados de mierda. Pero yo salgo de aquí, y vosotros vais a dejarme si no queréis que os comiencen a entrar templarios por todos los rincones cuando os estéis limpiando el culo. ¡Y ni se os ocurra tratar de impedírmelo!

Creo que fui convincente o, por lo menos, conseguí dejarlos inseguros. Uno de ellos fue corriendo a buscar a Roger, y el otro se quedó contemplando mi salida, después de que le hubiera obligado a abrirme la puerta. Salí, amparándome en la oscuridad, temiendo convertirme de un momento a otro en una brocheta de aragonesa con lanza templaria. Pero lo peor es que la figura a la que seguía había desaparecido de mi vista y no sabía qué dirección había tomado. Por un momento me quedé paralizada, hasta que me pareció ver una sombra moverse en dirección norte y la seguí, paralelamente a la empalizada del campamento; nos acercábamos peligrosamente a ella y, según escuchaba, los hombres del interior ya se estaban despertando, y pronto la luz del alba nos pondría completamente a su merced. Y, sin embargo, yo tenía que continuar con aquella  persecución, y sólo esperaba encontrar un escondite antes de que se hiciera completamente de día. Al parecer, mis plegarias fueron escuchadas, pues a pocos pasos de distancia se dibujó la mole de una de aquellas máquinas de guerra aún no acabada, y la figura buscó refugio allí. El problema era que si me acercaba, sin duda aquella persona me verí­a, y sus gritos de alarma atraerían el interés de los templarios, que ya estaban a un tiro de piedra. No obstante, me arriesgué, y me escondí entre las estructuras  de madera, alejándome de la parte por donde se había metido ella, y rezando porque al sol le diera por remolonear entre sus sábanas azules y rosadas un poco más aquella mañana.

Y, sin embargo, el día se abría paso a velocidades desenfrenadas, y aquel ser no salía de su escondite. Hasta que yo estuve ya a punto de cavar en la arena del desierto para esconderme, no lo hizo, y cuando la vi aparecer me alegré de no haber tenido tiempo para ello, porque de la sorpresa me caí redonda al suelo, y así al menos no caí tan bajo.

La persona que salió de allí no vestía como cuando yo la había visto. Ahora llevaba sólo una camisa. Y así, en ropa interior, estaba entrando en el campamento con la mayor tranquilidad del mundo, bromeando con los guardianes. Con el mismo porte orgulloso que tenía cuando la conocí a la puerta de su casa.

Fue entonces cuando comprendí que debía hacer algo.

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Roger y Ferran me miraban desde el otro lado de la mesa. Me miraban, se miraban mutuamente y volvían a mirarme. Les había dejado completamente descolocados.

-¿Y no se te ocurrió una idea un poco más razonable, Eowyn? Por ejemplo, algo como seguir escondida y cuando lo vieras todo tranquilo volver a informarnos, no sé, digo yo. Porque de todo lo que te he visto hacer, esto es de lejos lo más irracional que has hecho. Y no es que falten candidatos.

Brazos cruzados sobre el pecho, expresión de pocos amigos, la abstinencia no debí­a de sentarle bien a Ferran, al menos la abstinencia de mi persona. Y es que no parezco nada del otro mundo, pero cuando se me conoce í­ntimamente, soy inolvidable. Quizá no del todo en el sentido positivo del término, pero bueno, inolvidable de verdad. Aunque, teniendo en cuenta que Roger tenía exactamente la misma expresión en el rostro, quizá no se debiera a eso.

-Oh, claro –me defendí, contraatacando como un oso hambriento buscando comida en una caravana de peregrinos. Cuando me enfado de verdad, tengo la virtud de conseguir que todos los cabreos del mundo, comparados con el mío, se conviertan en la simple rabieta de un crío de dos años-. Vosotros no me informáis de que tenéis una infiltrada entre los templarios, y yo os tengo que informar de todos mis movimientos. Todo muy justo. Y muy racional –acompañé mi aseveración con una retahíla de juramentos, a cuál más blasfemo. Roger estaba escandalizado.

-Eowyn por favor, cierra esa boca. Y no olvides que aquí no eres más que una subordinada –añadió, severo.

Yo salté.

-¿Y no es la virtud más importante de un capitán saber insuflar confianza en sus tropas? ¿Y qué confianza puedo tener yo en ti si me ocultas información? -hice ademán de secarme de la frente un sudor imaginario-. El susto que me llevé, por amor del cielo. Pensé que teníamos a un espía de los templarios entre nosotros, porque no me dijisteis que en realidad era al revés. Y encima vosotros me habíais metido en su casa, y yo me vería obligada a matarla, y a ver qué le contaba después a sus padres. ¿Queréis explicarme de una vez qué es todo este misterio?

Ferran y Roger se miraron de nuevo, pensativos y algo más apaciguados. Por fin, el segundo habló.

-Está bien, Eowyn. Comprendo lo que sientes. Pero nosotros no quisimos ocultarte nada. Sencillamente, el secreto no nos pertenecía.

Compuse una expresión de sorpresa.

-Explí­cate.

Él respiró hondo y se acomodó en su silla.

-Hace un par de años, la armenia dejó Jerusalén y viajó a tierras catalanas para infiltrarse entre los templarios, y fue a parar a Aiguaviva. Buscaba a un veterano de Acre… un tal Ricardo. Creo que tiene algo personal contra él. Hace unos dí­as regresó, y entonces fue cuando nos contó que los templarios estaban a las puertas. Desde que nos sitian entonces lleva una doble vida, noche aquí y día allí.

Yo arrugué la nariz.

-Eso no tiene ningún sentido –Ferran terció.

-Pero así es. Sólo Roger, yo, y claro, el gobernador­, lo sabemos. Sus padres están ignorantes. Sencillamente le dan una libertad exagerada porque piensan que ha sufrido mucho.

Yo no las tenía todas conmigo

-No sé cómo va acabar la juventud de hoy –concluí, sin embargo, meneando la cabeza, muy grave. Cualquiera que no me conociera mucho pensarí­a que hablaba en serio-. Yo conozco un poco a Ricardo, y a Guillermo, su mentor. En Miravet, pero es verdad que luego los trasladaron a Aiguaviva. Ricardo es todo un personaje. El tí­pico templario de una sola pieza, que nunca quebrantará una ley de su orden ni aunque no esté escrita. Jamás habría pensado que… Sin embargo, lo que me preocupa que la armenia mezcla temas personales con la defensa de la ciudad. Eso no puede traer nada bueno. ¿No podrí­ais hacer algo?

Ambos menearon la cabeza, casi al uní­sono. Ferran fue el primero en hblar.

-No, Eowyn. Es al contrario de lo que crees. La armenia nos ha hecho un servicio impagable. Ahora sabemos los suficiente y hemos podido hacer entre ellos… bueno, amistades. Lo tenemos todo preparado para atacarles la noche de mañana.

Di un respingo. No esperaba que fuera tan pronto, ni podía imaginarme por qué el gobernador (si había sido él) había tomado aquella decisión.

-Por cierto –intervino Roger-. Espero que nada ni nadie de lo que hayas visto en el campamento haya hecho que cambies tus lealtades. De hecho… no qusiera pensar si no utilizaste lo que sucedió sólo como una excusa para entrar allí y…

Mis ojos se encendieron de odio. La alocución de Roger.

-Mi actitud en la batalla hará que te tragues tus palabras –sentencié, y salí. El problema era que no sabía si yo misma me creía lo que estaba diciendo.

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Tras dormir una par de horas (Roger me hizo llegar el mensaje de que ya había tenido bastantes emociones por aquel día y, por tanto, me licenciaba del servicio), me dirigí a casa del médico. Las noticias que me habían llegado acerca del estado de Guillaume era bastante alentadoras: al parecer, había superado la noche y la mañana sin que se hubieran presentado signos de infección, y el médico creía que ya no sucedería. Él, por su parte, se encontraba animado, y ya comenzaba a despotricar sobre la comida y a pedir vino a gritos, por lo que imaginé que de aquella, por lo menos, iba a salir. Mientras caminaba, pensaba en lo que había visto en el campamento templario aquella mañana. Al menos, el contingente aragonés, que se concentraba junto a la puerta por la que yo había entrado, era nutrido, y había visto entre ellos a demasiada gente conocida, ante la cual mi cara tiznada y medio tapada por el turbante musulmán, afortunadamente, había pasado desapercibida. No obstante, no había visto a Gonzalo ni a Guillaume, asignados a la encomienda de Barcelona, ni a Frey Pere, aunque me imaginé que por su avanzada edad no le habría sido posible unirse a la ofensiva. Bernard me imaginaba que estaría con los chipriotas… No quería pensar en Bernard.

Pero en cuanto a Ricardo, y a Guillermo… Justamente había sido Guillermo quien había preparado los remedios que me habían hecho recuperarme de unas fiebres que llevaban mucho tiempo molestándome, y Ricardo el que (a pesar que temía cometer un pecado mortal sólo si miraba de soslayo a una mujer) el que había pasado toda una noche, en la que yo me encontraba particularmente enferma, distrayéndome con sus historias de batallas.

¿Qué pasaría cuando me lo encontrara frente a frente? ¿A los dos? ¿Incluso si fuera inocente de la terrible agresión que (me imaginaba) habría sufrido la armenia?

¿Qué me exigiría mi promesa de defender la ciudad?

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Cristophe me recibió reclinado entre cómodos cojines, con una pata de cordero en la mano, lo que me tranquilizó bastante acerca de su estado.

-Pasa y sírvete –me dijo, haciéndome un gesto con el cadáver que estaba devorando-. Mandé a unos compañeros a por algo de pitanza decente, porque el régimen de este curandero estaba a punto de llevarme a la tumba. No sé en qué universidad enseñan a los médicos a que hacer pasar hambre a sus pacientes es bueno para su curación, pero seguro que debe ser una de estas escuelas de infieles.

-No te quejes –le apunté con el dedo, agarrando la jarra de vino-. Tu recuperación ha sido casi milagrosa, así que algo habrá aprendido este hombre.

-Seguro que le habrá enseñado algún cristiano –me miró algo perplejo-. Pero ¿a ti qué te pasa? Se te ve nerviosa.

Me acerque a la ventana y miré hacia afuera, antes de contestar.

-Al venir hacia aquí he tenido la sensación de que alguien me seguía.

-Tienes demasiada imaginación –me contradijo-. A propósito, ya me han contado lo de esta mañana. Lo de la armenia y todo lo demás –las noticias volaban, realmente-. Mira que ocurrírsete hacerte pasar por un marido cornudo que buscaba a su mujer… -me miró de arriba abajo-. Aunque eres un hombre tan enclenque que seguro que todo el mundo encontró la anécdota muy coherente.

Preferí ignorarle.

-Y vaya viajes me arreó la susodicha por afán de realismo. Se nota que lleva a Abdul más derecho que una vela, como tiene que ser. No entiendo cómo no es ella la que está en la guardia, y no su esposo. Aunque después de lidiar con 10 hijos como los que tiene, seguro que los conflictos de la ciudad le parecerían tediosos. Por cierto, ¿sabes que la noche de mañana será el ataque? Nuestros mandamases al parecer tienen prisa por morir o, mejor dicho, por matarnos a todos. Espero que realmente esos centinelas del campamento estén tan bien sobornados como asegura la armenia -ante su ignorancia, le conté la extraña historia de la mujer, que le sorprendió tanto como a mí. Pero luego se centró en lo que le importaba.

-Pues ahí voy a estar yo. No sé lo que van a hacer esos templarios, pero en cualquier caso estaré allí para verlo.

-¿Acaso crees que nuestro amado jefe te va dejar? Me temo que tendrás que aguantar y ver cómo nosotros nos convertimos en los héroes de la ciudad mientras tú nos contemplas desde la ventana, tomando sopitas como una vieja –esquivé uno de los cojines de milagro. En aquel momento, el médico se presentó y me hizo salir, ya que su paciente debía descansar, y yo le obedecí no sin antes despedirme del fanfarrón de Cristophe.

Preveía una noche de sueño reparador que me dejara descansada para aquello que se avecinaba pero, como tantas otras veces, mis esperanzas fueron erradas.
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Pues sí. Traspasaba tan tranquila el portal del médico cuando, de pronto, la fría punta de una cimitarra se apoyó en el lado derecho de mi cuello. Contuve la respiración. Delante de mí, entre la oscuridad y a la luz de las antorchas, se materializó un figura conocida, igualmente armada y con al parecer ninguna buena intención hacia mí.

-Desde luego, no es fácil perderte, Eowyn. Sólo hay que buscar al hombre más cercano, y allí estarás tú, abriéndote de patas como una perra. Falta alguien en la guardia por cuyas sábanas no hayas pasado? Aunque en realidad creía que Cristophe era más listo.

Uno de los dos guardias de aquella mañana, Ahmed, enarbolaba su acero en mi dirección. Ali, el segundo, era el que amenazaba mi cuello por el flanco. No me molesté en contestar a sus puyas.

-¿Qué queréis? –dije simplemente.

-Nada importante. Sólo darte una lección. Una lección que no olvidarás.

-¿Por lo que sucedió esta mañana? Vamos, por favor…

-Nos has metido en problemas con Roger. Primero consigues un trabajo de hombres gracias a tus habilidades en la cama, y luego lo utilizas para echar a todos los que puedan hacerte sombra.

Cualquiera que no fuera aquel par de descerebrados no se habrían planteado la idea de que el cortés y tímido Roger, tan fiel a su religión y tan decidido a no perder la virginidad más que con una buena esposa musulmana, fuera a contratar a una mujer sólo porque ésta hubiera sido, por decirlo, por decirlo de alguna manera, amable con él. Pero habría sido inútil contradecirles

-Todo esto debe de haber sido un malentendido –contesté, aparentando tranquilidad-. No es propio de Roger enfadarse por algo así, y no es necesario que hagáis algo que no beneficiaría a nadie. Si hablo con él, todo se resolverá.

Pero Ahmed meneó la cabeza.

-Te crees que todo es muy fácil, puta, tan fácil como tú. No obstante… estuvieron a punto de darte de tu propia medicina. Pero en ese momento, a la dulce doncella no le apetecía, y por su culpa cuatro hombres valientes, que hubieran podido ayudar a defender la ciudad, están muertos. Entre ellos, nuestro primo.

No podía creer lo que estaba oyendo.

-¿Vuestro primo? Pero… ¡esos hombres eran latinos!

Sonrió tan abiertamente que su mandíbula crujió.

-Sí. Latinos. Traidores a su religión, como tú y tu Cristophe. O quizá.. simplemente espías. Eso es lo que deseaba saber mi primo. Como todos verdaderos defensores de Jerusalén. Por eso se hizo pasar por uno de ellos. ¿Ves todo el mal que has hecho, puta?

Tenía la mano cerca del pomo de mi espada, pero si hacía un solo movimiento, Ali acabaría para siempre con la productiva alianza que existía entre mi cabeza y mi cuerpo, y lo más probable es que a Ahmed le diera tiempo para clavarme la suya en mitad del estómago, que es una zona que tengo especialmente sensible. Si algo podría salvarme, era mi labia.

-Deberías, al menos, darme la oportunidad de morir como un miembro de la guardia. Es impropio de vosotros, y muy cobarde, que me ajusticéis de esta manera.

-Oh, ¿acaso crees que vamos a desperdiciar como alguien como tú nuestras virtudes caballerescas? –pero, mientras me preguntaba yo que sabrían aquellos dos de las virtudes caballerescas (al mismo tiempo que cómo podría escapar de allí), algo aterrizó a un par o tres de codos de Ahmed y Alí, concediéndome la oportunidad de dar un salto y quedar fuera del alcance de sus armas, al menos hasta poder sacar las mías.

-¿Se puede saber qué es lo que está pasando aquí? ¿Es que ya ni le permiten dormir como Dios manda a un pobre herido de guerra?

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Era Cristophe, naturalmente, aunque vestido sólo con unos calzones, y llevando por toda arma el bastón del médico. Su carácter impulsivo, que un día iba acabar trayéndole problemas, le había impelido a saltar del balcón con lo primero que tenía a mano al verme en peligro (esperaba que su herida no se hubiera resentido por ello), y parecía ser que, de momento, su acción me había salvado. Pero Ahmed y Ali no eran tan estúpidos como parecían, y fueron tan rápidos en responder, el primero contra mí y el segundo contra mi maltrecho compañero, que apenas pudimos estar preparados.

Yo di un paso atrás y me preparé para devolver los golpes del fanático con mis dos espadas. Tenía prisa por acabar con él, y desembarazarle de su afilada cimitarra y de su retorcida daga para auxiliar a Cristophe, a quien su bastón no le daría demasiado tiempo de tregua. De momento, jugaba bien al despiste, esquivando los envites del musulmán sin dejar de buscar la estocada definitiva que lo pusiera a mis pies, pero a medida que pasaban los segundos, me pareció notar que su rapidez, su agilidad y su fuerza disminuían. Yo, por mi parte, atacaba más que me defendía, y no pude evitar que el filo del arma de Ahmned me tajara el muslo, pero obvié la herida y seguí asestándole mandobles tan fieramente que él estaba teniendo dificultades en pararlos, aunque seguía sonriendo con suficiencia, y yo sabía por qué: estaba empleando contra mí mis mismos trucos, no en vano era compañero y conocía mi manera de luchar, y sabía, tanto como yo, que mientras siguiera peleando con aquella precipitación y aquel ímpetu, cosa que sucedería mientras Cristophe estuviera en peligro, yo, menos fuerte que él físicamente, no tardaría en agotarme, distraerme y ser presa fácil. Me había vencido antes de empezar, pero, por lo menos, yo no pensaba ponérselo fácil.

Un grito triunfal que debió arrasar la garganta de Ali desgarró también nuestros oídos: sin dejar de pelear, vi de reojo cómo a Cristophe estaba desarmado, con la punta de la cimitarra de Ali pinchando su cuello. Yo salté hacia atrás, con mis dos espadas por delante.

-Detente, Ali. Él no tiene nada que ver en esto. Es a mí a quien queréis. Dejadle y venid los dos contra a mí… si es que tenéis huevos –pronuncié las últimas  palabras como si las hubiera escupido. Ahmed me miró como un filósofo observa una especie animal desconocida hasta entonces, acercándose a mí.

-Qué curioso. Cómo suplicas por tu última polla. Mercenaria imbatible, ¿no? Eso dice tu leyenda. Pues yo no la veo por ninguna parte. Sólo veo a una pobre mujer implorando por la vida de su amante y por la suya propia. Es patético… Bien. ¿Quieres salvar a tu amiguito? Pues suelta tus espadas. Las dos.

-Eowyn, no seas burra –era la voz de Cristophe-. Tienes una oportunidad, úsala. No te quedas sin la más mínima opción.

Yo dudé. Evidentemente, él tenía razón. Pero mientras quedara una solo probabilidad de que él se salvara, tenía que hacer lo que decían.

-Por favor, no lo hagas –suplicó, adivinando mis intenciones-. ¿Sabes por qué te están pidiendo que te desarmes? ¿Lo sabes?

No quería morir. No de esa manera. Pero algo me decía que podría arreglármelas. Que de otras más difíciles había salido. Que ni desarmada iban a poder matarme. Pero es que no siempre soy capaz de ver el peligro cuando se refiere a mí. No se lo contéis a nadie, pero yo no tengo nada de valiente: probablemente, si valorara justamente todos los líos en los que me meto, llevaría años huyendo con el rabo entre las piernas. Lo que pasa es que soy una inconsciente.

Una inconsciente que se daba perfecta cuenta de que sus oponentes veían su muerte con vívidos y realista colores, como en una representación teatral basada en hechos reales desde el mejor lugar de la sala.

-Eowyn, maldita seas. Acuérdate de aquella noche en la taberna. Cuando obligamos al tabernero a que sacara el buen vino. Recuerda lo que te dije.

Tenía que pensar. Tenía que pensar.

-Está bien. Ali, separáte de él. Cuando te hayas alejado, soltaré mis armas. No antes –por toda respuesta, Ali apretó más la punta contra el cuello de Cristophe.

-No tienes posibilidad de elegir, puta. Desármate y entonces le dejaré.

Veía los ojos desorbitados de Cristophe clavados en mí. Una de mis espadas cayó de mis manos.

-Quiero rezar –dije. Es un momento. No puedes impedírmelo.

Hinqué una rodilla en el suelo. Cogí mi espada por el filo y besé su cruz. Después, hice amago de lanzarla. Ahmed sonreía. Mi plegaria se perpetuaba e, impaciente, se acercó a mí para arrebatarme la espada, sin dejar de burlarse.

Y, sin embargo, aquella fue su última sonrisa. Porque, cuando lo tuve a tiro, hacia donde impulsé la espada, con la empuñadura por delante, fue hacia su podrida boca. Sentí como se le partían los dientes mientras le metía el pomo hasta la guarda en el cerebro, con los brazos bien estirados, por lo que tuve que tuve que emplear unas fuerzas que apenas ya me quedaban, y daba seguidamente una voltereta en el suelo hacia atrás para alejarme de sus armas. Mi grito de guerra casi quedó silenciado por el de Ali, que separó un instante su filo de la carne de mi compañero para coger impulso para rebanarle la cabeza, y pudo ver como éste se inclinaba y clavaba algo que tenía en la mano en plena ingle, provocando que un chorro de sangre arterial le salpicara a la cara. Estabámos a salvo.

-¿Acaso no recordabas que te dije que desde hace años guardo una daga en mis calzones? ¿Tan borracha estabas? – me recriminó.

-¿Y qué, si lo habías olvidado hasta tú? Pero menos cháchara, y larguémonos de aquí. Pero… ¡demonios! ¿Qué es eso?

No podía creerlo. Desde el tejado opuesto a la casa del médico, empezaron a llovernos flechas. No menos de 10 arqueros estaban allí apostados, tirando contra nosotros con la mayor impunidad, sin que yo supiera cómo habían subido hasta allí sin que los hubiésemos advertido, cuánto tiempo llevaban  ni que se proponían exactamente, aparte de convertirnos en acericos con patas. Solo una cosa estaba clara en mi mente: porque conocía perfectamente al que parecía dirigirlos

-¡Salgamos de aquí! –pero ya Cristophe corría hacia mí y en dirección a la esquina más cercana. En aquel momento, sentí un dolor lacerante en el muslo herido, por el que corría la sangre como una bandada de caballos salvajes por la llanura. Mi compañero pudo sujetarme antes de que cayera, y así, de esquina en esquina y de callejuela en callejuela, yo apoyándome en él, logramos despistar a nuestros perseguidores y alejarles de la casa del inocente matasanos, aunque aún los oía jurar en la letanía. Pero Cristophe juraba mucho más.

-¡Por la sangre de Cristo y los dolores de parto de María! ¿Quiénes eran esos? ¿Y qué demonios querían de nosotros?

-Gauthier –contesté yo, con las dificultades propias del momento-. Era Gauthier. Y no parecía nada borracho. ¡Qué estúpida he sido! Lo había olvidado completamente,

-¿Gauthier? ¿Te refieres a.. el que se escapó?

-Eso mismo.

-Pero ¿qué se supone que hace aliado con esos fanáticos musulmanes? Por lo que me habían contado de él, creí que era igual de fanático, pero cristiano… ¿Qué está pasando aquí? Pensé que el nivel de absurdidad de esta ciudad era insuperable, pero veo que siempre es posible ir más allá

Doblamos una esquina, y otra más. El dolor de la pierna se me hacía difícil de sobrellevar, y lo pero era que ahora el sonido de gritos de guerra y el entrechocar de armas parecía menos lejano.

-Yo te diré qué hacen aliados. Qué es lo que tienen en común. Son hombres. Y yo una mujer. Una mujer que, según piensan, ha osado disputarles una parcela de su terreno. Y eso no lo tolerarán nunca. Sois todos iguales. No hay ni uno bueno entre vosotros.

Cristophe gruñó.

-Mucho despotricar de los hombres, y siempre estás rodeada de ellos.

-Mis contradicciones forman parte de mi encanto.

Nos habíamos alejado ya lo suficiente, o eso creía. Solo un leve y distante rumor enturbiaba el silencio. Un par de callejuelas más, y estuvimos a las puertas de la casa de los armenios. Busqué la llave en la bolsa que tenía colgada en mi cinturón, pero sin éxito.

-Trae aquí –dijo Cristophe. Empezó a revolver objetos con el mismo resultado-. Creo que va a ser mejor que aporreemos la puerta. De todas maneras, tendremos que despertarles. Tú necesitas más atención que la que pueda proporcionarte yo solo.

De pronto, un grito llegado de lo más profundo de la calle que estaba delante de nosotros interrumpió sus manejos. Los problemas no se acababan, al parecer. Más que grito, me sonó como un alarido infrahumano, aunque en él me pareció distinguir algunas palabras en una lengua que me sonó a bretón. El pobre Cristophe se volvió, sólo para encontrarse con un energúmeno con la daga desenvainada dispuesto a ensartarle como a un pollo en un asador. Y así hubiera sucedido, si yo, arrastrando mi pobre pata ensangrentada, no me hubiera dirigido al mostrenco.

-¡Alto ahí! –le dije en la lengua de los francos del Norte-. Ni se te ocurra tocarlo. Es mi amigo -y después, pasando al aragonés (la lengua en la que acostumbraba a hablar con el personaje en cuestión)-. Esto sí que es una sorpresa. Pensaba que en todo caso te vería en unos días tirado en el suelo, acabado por mi espada. Al igual que a tu amiguito Bernard.

No pude evitar que mi voz sonara triste al pronunciar estas palabras; a pesar de que sabía que mis hipotéticas víctimas futuras se habían ganado a pulso todo lo que yo pudiera hacerles.

Guillaume, sin embargo, sonreía. Abiertamente, quizá demasiado. Dio dos zancadas hacia mí y me tendió las manos.

-La pesadilla ha acabado, Eowyn.

Yo no estaba nada segura al respecto. Cristophe, por su parte, se rascaba el pelado cráneo sin entender nada.

-Bueno, entonces ¿qué hago? ¿Me lo cargo o no me lo cargo?

Yo me vi en la obligación de contestar.

-No te lo cargues todavía. Se supone que es de los nuestros. De los míos. O… eso creo… O… Bueno, si quieres que te diga la verdad, no tengo ni idea.

(continuará)
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