Revista Cultura y Ocio

En la mente de Tarantino – @Innestesia

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

(La voz en off empieza a hablar mientras una chica se viste para salir. Secuencia de montaje).

Me he puesto esta falda para tomar cerveza contigo porque quiero que me mires, pero sólo un poco. Me he peinado y maquillado así porque quiero que te guste mi cara, pero no demasiado. Me he echado esta colonia porque quiero que quieras olerme de cerca, pero también algo más. Hoy intentaré que te fijes en mí.

Llego un poco tarde, pero disfruto del paseo. De camino al bar, ha sonado Good night, moon, My baby shot me down y Stuck in the middle with you y no ha sido coincidencia. Pretendo ser esas canciones, todas ellas, cuando me acerque a saludarte. Despacio, sonriendo.

Y no me importa el sitio, me importa menos que nada. Tampoco me importa mucho la ropa que lleves, a mí todo eso me da igual. Lo que quiero es que nos lancemos a hablar de cine porque haya un cartel en la pared, por ejemplo, que por un maldito cartel de Jackie Brown salte la chispa y se incendie la mesa y la cerveza. Que nos hagamos el amor en una conversación precipitada, que lo que tú digas y yo conteste me acelere el pulso, la cultura, los libros y me haga titubear, trabarme al hablar. Que nos pisemos, que tengamos prisa, que todas las películas del mundo no nos quepan en la boca. Dejar de lado la gramática, la sintaxis, olvidar que yo nunca digo “mazo” y que no perdono un laísmo. Que le jodan a toda esa maldita mierda.

Hoy yo no quiero ser romántica, no quiero salir en un anuncio de Channel. Gracias por no traer flores. Un detalle que hayas pagado la primera ronda. Tu cerveza rima con la mía. Me gustas. Me gustas para olvidarme del pasado, de las cicatrices, de los demonios y los infiernos que siempre llevo en el bolso. De todas las gilipolleces. Me gustas y una parte de mí está aterrorizada debajo de la mesa.

Está asustada porque de repente me corre más prisa preguntarte por el MacGuffin de Pulp Fiction que comerte la boca. Y no me malinterpretes, quiero organizar el caos entre tus labios y tus piernas. Eso también. Pero ahora mismo me muero por saber cuándo viste tu primera película de mafia, que me lo cuentes con detalle y me hables de Joe Pesci y termines alabando a Brad Pitt en 12 monos. Y que nos riamos de la cara de palo de Bruce Willis y brindemos por la única película en la que la humanidad le ha visto actuar.

Ojalá te brillen los ojos, que te brillen una puta barbaridad cuando, después de echarme un piropo con ingenio, te responda “bueno, pero no empecemos a chuparnos las pollas todavía”. Y te enamores un poco justo ahí. En ese momento. Que por culpa del señor Lobo, sin poder evitarlo, el beso irrelevante que quizá otras parejas ya se hubieran dado empiece a crecer y forme parte de la conversación, mientras nos cae sobre la cara una fina lluvia de citas de películas antiguas y nuevas. La lluvia de citas nos hará sonreír como dos idiotas, como dos idiotas con mil películas que volver a ver juntos. Aunque sea la segunda vez que nos vemos y todo esto me haga tiritar.

De repente será necesario revisar la escena del vaso de leche de Malditos bastardos o aquella en la que DiCaprio quiere estrechar la mano de Jamie Foxx. A la tercera caña empezaré a recitar el monólogo de O-Ren Ishii en inglés y la pareja de la derecha me mirará un poco raro cuando diga “Now is the fucking time!” y sonría. Pero eso a ti y a mí nos dará lo mismo. Ya habrá muchas cosas que nos darán igual. Jugaremos a imaginarnos en la mente de Tarantino y a decir quién de todos los presentes en el bar es el señor Lobo (porque ya hemos decidido que es nuestro favorito), quién sabe montar a caballo, quién hablar alemán, quién conducir un coche al filo de la muerte y quién podría matarnos a todos con una catana.

Poco a poco el beso que no importaba nada se irá haciendo cada vez más y más grande. Irá llenándose de películas y bandas sonoras. De planos secuencia y giros imposibles de guión. De Lubitsch, de Kubrick, de Haneke. De influencias, remakes, secuelas. Nos mirará a los ojos y la realidad se volverá ficción cuando salgamos del bar. Allí, en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera, el cine nos habrá ocurrido a nosotros. Habrá silencio y sonará una claqueta antes de despedirnos. La promesa de un beso en 35mm.

(Fundido a negro con música. Entran los créditos. Escena final añadida).

Y un mensaje al llegar a casa que diga “me muero de ganas por masajearte los pies”.

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