Revista Opinión

En un mundo equivocado

Publicado el 24 noviembre 2012 por Albertorm

Lara tiene cuarenta y dos años. Es ama de casa. Lleva veinticinco años casada con su marido, un hombre religioso, de ideas conservadoras, trabajador y bueno, que la quiere, la respeta y le ha dado tres hijos. Vive en un piso amplio y confortable, y nunca le ha faltado de nada... Pero Lara no es feliz.
Lara y María son vecinas y se ven todos los días. Van juntas a la iglesia, al mercado, a las clases de patchwork, al cine... Pasan muchas horas juntas y comparten tantos momentos y confidencias que son como un libro abierto, la una para la otra. Una vez a la semana quedan con otras dos amigas para cotillear y jugar al mus en una pequeña y acogedora cafetería del pueblo, en la que les reservan siempre la misma mesa, a la misma hora y el mismo día. Suelen tomarse unos cafés, algún que otro sol y sombra, y las que pierden la partida de la tarde pagan las consumiciones.
-¿Os habéis enterado de lo que van contando del hijo de Sagrario? - dijo Belén en un tono picarón y burlesco, con una sonrisa que asomaba por la comisura de sus labios con cierta malicia -Algo he oído, pero no dejan de ser habladurías. Nadie le ha visto y cada día cuentan una versión distinta. No deberíamos hacer caso de esos chismes – respondió Lara con una enorme seriedad mientras se disponía a jugar su carta. -¡Claro que no deberíamos hacer caso! - replicó Belén un poco altiva – pero no se trata de hacer caso o no sino de comentarlo entre nosotras. Tampoco pasa nada por hacerlo ¿no? -No, no pasa nada por hacerlo, pero lo has preguntado con burla, como si el pobre chico estuviese haciendo algo malo – aclaró Lara. -No me seas políticamente correcta - sentenció Belén –. Todo el mundo habla de este tipo de cosas, a todo el mundo le interesan, y algo así siempre tiene mucha chicha. Sabes perfectamente que cuanto más se oculta algo, más interés tiene para los que intuyen de qué va la cosa. -No es cuestión de ser o no políticamente correcta sino de que estamos hablando del hijo de Sagrario. Todas la conocemos lo suficiente como para saber que ese tipo de comentarios, de llegar a sus oídos, le harían mucho daño. A cualquier de nosotras, sin ir más lejos, nos pasaría lo mismo. Las amigas no deberíamos añadir más leña al chismorreo. Si no tenemos otra cosa de la que hablar quizás sea mejor estar calladas, que estamos igual de guapas y más concentradas en la partida – dijo Lara algo enfadada y molesta por la insistencia de Belén. -Tampoco es para que te pongas de esa manera conmigo, - dijo Belén algo disgustada. -Tú dices lo que te place y yo me pongo como me da la gana, ¡faltaría más!, - replicó Lara en un tono algo altivo. -Tengamos la fiesta en paz – interrumpió María en un tono conciliador –. Estoy de acuerdo con Belén. Tampoco es para ponerse así. Ha sido un comentario y punto. Todo el mundo habla de ello. ¡Vivimos en un pueblo, por el amor de Dios! Todo se comenta y todo se sabe. De verdad, Lara. Creer que Sagrario no conoce estas habladurías demuestra una ingenuidad supina por tu parte. Hay cosas que son evidentes. Tan evidentes como que esta tarde tampoco voy a pagar los cafés porque tengo un as en la manga que os va a dejar a todas temblando... - dijo María arrancando unas sonoras carcajadas entre el resto de sus compañeras, excepto en Lara, que solo mostró una pequeña sonrisa. -No te pongas así Lara – dijo Belén -. No lo digo con malicia. Simplemente ha sido un comentario. Todo el mundo habla de ello y no pasa nada. Si el chico ha salido sarasa, ha salido sarasa. ¡Podría haber sido peor y haber salido terrorista! – remató soltando una pequeña carcajada a la que se sumaron María y Rocío, la cuarta amiga que hasta entonces había permanecido callada. -¡O maricón y terrorista! – apostilló Rocío riéndose estrenduosamente.
Lara miró a sus amigas sorprendida por sus comentarios y risotadas, y un halo de desilusión y decepción se dibujó en su rostro.
-No me esperaba algo así de ti – se apresuró a decir Lara dirigiéndose a Rocío. -¿No te esperabas qué, Lara? - respondió Rocío con cierto mosqueo. -Déjalo – remató Lara tras dirigirle una mirada de desprecio que no pasó desapercibida para ninguna de las presentes.
La conversación terminó ahí. Podía respirarse una enorme tensión en el ambiente. A los pocos minutos de dar por zanjada la pequeña trifulca, finalizaron la partida. Lara pagó los cafés tras alzarse con el título de perdedora de la tarde, se despidieron con un par de besos entre ellas y se fueron cada una por donde habían venido.
Lara y María caminaron juntas hasta el portal de su edificio sin prácticamente comentar nada de lo sucedido en la cafetería, absortas cada una en sus propios pensamientos. Subieron las escaleras y se detuvieron en el segundo piso (donde vivía María). Antes de continuar hasta el tercero, Lara le preguntó: -¿De verdad crees que no era para ponerse así? ¿No sientes asco cuando la gente habla de la vida de otras personas de esa manera? Es un chiquillo, solo tiene diecisiete años, no está preparado para enfrentarse a comentarios tan crueles – dijo Lara con cierta tristeza en su voz. -No hablaste de él, hablaste de Sagrario cuando te envalentonaste y quisiste detener los comentarios de Belén – aclaró María en un intento de quitarle importancia a lo sucedido -. Además, no hicimos ningún comentario delante del chico. No ha sido para tanto. -Sagrario es nuestra amiga, Martín es su hijo, le hemos visto crecer, ha jugado con nuestros hijos, él no ha elegido ser así, no le pasa nada malo. Es nuestra sociedad la que está enferma, burlándose y marginando a alguien que simplemente ama a otra persona de su mismo sexo – dijo Lara algo enfadada. -No vas a cambiar el mundo Lara. El mundo es como es, la gente es como es y él es como es. Así es la vida. -No María, no voy a cambiar el mundo. Pero el mundo cambiaría si quienes vivimos en él empezásemos por cambiar nuestra manera de ver las cosas. No nos rebelamos, solo criticamos y menospreciamos todo aquello que no responde a los patrones que nos han impuesto. -Él, su madre, su familia, son quienes tienen que empezar por cambiar todo eso de lo que hablas, ¿no crees? Además, ¿a ti qué te importa? -Es a ellas, y no a mi, a quiénes tendrías que preguntarles si les importa tanto la vida de Martín, hasta el punto de especular y cuchichear con quién entra o sale de su cama. -Te preocupas demasiado por una tontería Lara, déjalo estar.
María besó a Lara en la mejilla, se despidió y entró en su casa. Lara se quedó unos segundos frente a la puerta de su amiga, inmóvil, pensativa y triste. Unas lágrimas asomaron por sus ojos y se deslizaron lentamente por sus mejillas hasta caer en el felpudo que tenía frente a ella, en el que podía leerse “bienvenido”.
María subió hasta el tercer piso, introdujo la llave en la cerradura y tras cerrar y dejar la puerta tras ella, se dirigió a su habitación. Se sentó sobre su cama y rompió a llorar en completa soledad. Así estuvo unos minutos, quizás diez, quizás quince, evitando ahogarse en su propio llanto, hasta que no pudo más y de su garganta brotó un grito seco que pudo sentirse en toda la casa, un grito que nadie escuchó porque estaba vacía.
Tras enjuagarse las lágrimas, cogió de nuevo las llaves y bajó hasta el segundo piso. Se detuvo ante la puerta de su amiga y pulsó el timbre un par de veces. María abrió y, al verla, preguntó sorprendida:
-¿Estás bien? ¿Has estado llorando? ¿Qué te ocurre? - dijo con voz algo nerviosa. -Sé que no puedo cambiar el mundo yo sola y que piensas que me preocupo demasiado. Pero la verdad es que soy una cobarde que ha vivido todos estos años creyendo que la vida ha de ser vivida tal y como nos han dicho que hemos de hacerlo. Y ¿sabes?, estoy cansada, muy cansada. -¿Cansada? ¿De qué estás hablando? No te comprendo Lara. -De fingir. Estoy enamorada de ti, María. Lo estoy y no me preguntes desde cuándo porque no lo sé. Solo sé que es así y que este sentimiento me consume día tras día porque sin ti no soy feliz. -¿Pero qué estás diciendo? -El mundo es como es, pero yo no soy quien digo ser. He elegido tener un marido al que quiero, pero no amo. He tenido hijos para llenar mi vida y no entenderán por qué me he engañado a mi misma y a todo el mundo hasta llegar a esta situación. Vivo rodeada de personas que se burlan, se ríen y desprecian, sin saberlo, todo aquello que siento que soy. Lo he escondido en lo más profundo de mi desde que tengo uso de razón porque no puedo soportar el vacío ni el rechazo de esta sociedad. Sé cuánto puede estar sufriendo ese chico y cuánto sufrirá si no tiene la valentía de enfrentarse a sus sentimientos, si no decide vivir con todas sus fuerzas su vida. Lo sé mejor que nadie porque lo sufro en mis propias carnes.
María escuchó a Lara paralizada, incapaz de añadir ni una sola palabra más. Sujetaba la puerta con las dos manos, como si aquella revelación que llegaba a sus oídos le pesase demasiado, hasta el punto de necesitar algo a lo que agarrarse para no caer desplomada en el suelo. -Te amo María. Esa es mi verdad. Te amo como nunca he amado a nadie. Y algo dentro de mi me dice que sientes lo mismo que yo. El silencio se hizo durante unos segundos que parecieron eternos.
-Adiós Lara, - respondió María sin despegar la mirada de los ojos de su amiga mientras cerraba la puerta ante sus narices.
Lara apoyó sus manos sobre la puerta, cabizbaja. Al otro lado de la misma, María apoyaba su espalda sobre ella, se dejó caer hasta terminar sentada en el suelo, y rompió a llorar desconsoladamente.

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