Revista Cultura y Ocio

"Encuentros en el fin del mundo", Werner Herzog

Publicado el 11 febrero 2020 por Imagenesyletras @imagenesyletras

Una mirada al documental “Encuentros en el fin del mundo” del realizador alemán Werner Herzog, donde en una visita a la base antártica estadounidense McMurdo, se encuentra no solo con un personaje extraño como en la mayoría de su películas, sino con un cúmulo de ellos. Son humanistas, creadores y científicos que han llegado hasta el fin del mundo no solo para trabajar, sino para encontrarse a sí mismos luego de distintos viajes de vida. La Antártica es un nuevo escenario inhóspito para Herzog, donde se maravilla con las personas y sus historias, mucho más que con las investigaciones y el funcionamiento de la base.

Se ha repetido hasta el cansancio que en la filmografía de Werner Herzog la búsqueda del objetivo corre siempre por cuenta de personajes extraños, extravagantes o directamente chiflados. Eso que pareciera ser una característica cualitativa, produce rechazo los que observan la vida y el arte tras un prisma conservador. Pero en “Encounters at the end of the world” (Encuentros en el fin del mundo – 2007), es “su” personaje, el del realizador de documentales que narra sus propios puntos de vista, quien va adquiriendo esa agradable característica de polemizar simplemente por decir “su” verdad.

La National Science Foundation me invitó a la Antártica, pese a que dejé claro que no haría otra película sobre pingüinos… les dije que mi curiosidad por la naturaleza era otra”. Así es como define su visión en la narración de este documental, poniendo en entredicho a los mismos que financiaron su viaje y parte de la película. Y, de paso, le da una pequeña patada en el suelo a Luc Jacquet y su “Marcha de los Pingüinos” (La marche de l’empereur – 2005), ese sensacional trabajo de producción echado a perder con una narración insoportable.

Registros en el mar antártico de Henry Kaiser.

Herzog sí tenía curiosidad por aceptar la invitación de su amigo Henry Kaiser, “un músico y experto buceador” [*] cuyas filmaciones registradas bajo el mar congelado lo cautivaron al punto de transformarse en la razón de su viaje. Y porque se trataba también de ir a otro escenario fílmico recóndito, otra selva amazónica, otro Parque Nacional Katmain en Alaska, otro Volcán La Soufrière en la Isla Guadalupe. El alemán se trasladaría a otra locación donde el ser humano es una expresión mínima del entorno. Sin embargo, “les dije que me preguntaba por qué los humanos se ponen máscaras o plumas para ocultar su identidad… les pregunté por qué un animal inteligente como el chimpancé no utiliza criaturas inferiores. podría montar en una cabra y cabalgar hasta el atardecer… a pesar de mis extrañas preguntas, aterricé en la pista helada de Mc Murdo”. Así es como Herzog enfrentó la realización de este documental, aceptando la invitación, pero tomando distancias para impresionarse por cuenta propia y no con la ayuda de los encargados de relaciones públicas de la base antártica. Y el resultado es bastante curioso.

McMurdo: lleno de tractores y ruido de obras

Estación McMurdo, base del programa antártico de Estados Unidos.

McMurdo es un centro logístico donde funcionan las principales actividades científicas del programa antártico de Estados Unidos y que sirvió al equipo de filmación de centro de operaciones para visitar otros lugares de estudio en la Antártica y que se encuentran más alejados. Es también el asentamiento humano más grande del continente blanco, pero, tal como se muestra en la película, la base es bastante fea y más bien parece un centro minero “lleno de tractores y ruido de obras”. Pero Herzog no demora en descubrir lo suyo. Pasamos violentamente de un solo gran personaje en “Grizzly Man“, a muchos seres especiales en “Encounters at the end of the world”. Profesionales universitarios, seguidores del new age o un ex prófugo de la cortina de hierro. De pronto los choferes, operadores de grúas, científicos y buzos van develando un común denominador en sus vidas de cinco meses sin noche: el viaje, la vida errante, la búsqueda permanente.

Scott Rowland, el conductor del bus que transportó al equipo desde el avión a la base, era un banquero en Colorado que antes de llegar al continente antártico se unió a las fuerzas de paz en Guatemala; Stefan Pashov, el operador de una pala mecánica, es un filósofo marcado por los relatos de Ulises y los Argonautas que le leía su abuela de pequeño; Ryan A. Evans, un cocinero de la base, es cineasta; David Pacheco, un plomero con sangre apache, se muestra orgulloso de sus manos inmensas que, según le dijeron, son típicas de las familias reales incas y aztecas; Karen Joyce, una “viajera” que trabaja en computación, comenzó su travesía en un camión de basura desde Londres hasta Kenia, escapando de militares, elefantes y moscas tse tse antes de recalar en McMurdo; o William Jirza, un lingüista que trabaja como experto computacional, que opina que “todos los que no tienen ataduras terminan en el culo del mundo”, como todos los que llegaron a ese sitio. La búsqueda de un lugar que acoja su manera de ser diferente, el viaje hacia una aventura desconocida hacia el interior de ellos mismos, se repite como motivación en todos ellos.

Livor Zicha, mecánico en la estación McMurdo.

Pero con uno de estos personajes, Herzog es especialmente atento. Quizás para algunos resulte chocante una intervención “tan poco audaz” donde no se aproveche la oportunidad de sacar lágrimas al entrevistado. O para otros, tal vez sólo sea el acto “oportunista” de quien usa estas instancias para lucir posturas “humanitarias”. Tal como lo expresé al comentar “Grizzly Man”, donde el alemán se niega a incorporar el sonido de la muerte de Timothy Treadwell, sugiriendo además a su dueña que destruya la cinta, aquí el realizador bávaro detiene a un acongojado entrevistado con un notable “no tienes por qué hablar de ello”. Livor Zicha, que trabaja como mecánico en la base, escapó de algún régimen tras la cortina de hierro para comenzar una búsqueda que lo llevaría hasta McMurdo como su actual estación, aunque no la última. Zicha siempre tiene su mochila preparada por si algo nuevo se presenta. Pero aún le afecta recordar lo vivido, y Herzog le dice “no tienes por qué hablar de ello”, entonces él lo agradece con una mirada emocionada y emocionante. Ni poco audaz ni oportunista: Herzog es un hombre “decente”. No es necesario ser sensacionalista para contar una historia. Es lo que diferencia el punto de vista autoral defendido por un artista ante los inversionistas de una película, del de cientos de reportajes periodísticos que obedecen al rating de cadenas cuyo negocio sólo es vender “impacto”.

Los científicos

Científicos se acuestan en el manto de hielo para escuchar el canto de las focas en el mar.
Las impactantes especies del fondo marino antártico.
Luego de descubrir tres nuevos seres unicelulares encontrados en el mar antártico, dos científicos celebran tocando rock en el techo de su campamento en New Harbor, a 85 kilómetros de McMurdo. A la derecha en la cámara, Peter Zeitlinger; de pie registrando sonido, Werner Herzog.

Otro punto importantísimo corre por cuenta de los científicos. Si bien los descubrimientos y estudios llaman la atención del realizador, estos no logran superar el interés que le provocan las especies humanas… y sus sueños. Las secuencias de imágenes submarinas del equipo encabezado por el biólogo celular Samuel S. Bowser, maravillan y sobrecogen, como también emociona el reencuentro de Herzog con elementos conocidos para él. El manto blanco ya estuvo presente en “Die große ekstase des bildschnitzers steiner” (El gran éxtasis del escultor de madera Steiner), un documental de 1973 donde el alemán logra fascinarnos en 47 minutos con la doble vida de Walter Steiner, un experto campeón de saltos en ski que también es un artesano tallador de madera.

El afamado vulcanólogo británico Clive Oppenheimer.

Y claro, en todo el capítulo dedicado al Volcán Erebus con el vulcanólogo y geocronólogo William McIntosh y el doctor inglés con chaqueta de tweed Clive Oppenheimer, es imposible dejar de asociar sus imágenes con “La Soufrière”, esa genial locura de 1977 en que Herzog y su equipo arriban a una Guadalupe recién deshabitada por orden de las autoridades ante la inminente explosión del volcán de la isla caribeña. Es que había un campesino que se negaba a dejar a sus animales y él tenía que filmarlo. Es un hermoso cortometraje documental de media hora. Impacta también encontrar a un experto en pingüinos que recuerda mucho a Timothy Treadwell de “Grizzly Man”. El ecologista marino David Ainley lleva casi 20 años estudiando a las aves antárticas y su conversación con Herzog hace pensar que el tipo a esta altura se entiende mejor con sus objetos de estudio que con las personas.

El humanismo o el club de los despreciados

Uno de los tantos conductos creados por las “chimeneas de hielo” en las laderas del Volcán Erebus.

Existen muchas ideas sobre el humanismo actual que están presentes en el discurso de esta película y que comparto abiertamente, ¡aunque Herzog aborrezca el yoga!: “Desde el primer día queríamos salir de aquí. McMurdo tiene viviendas climatizadas, una emisora de radio, un lugar para jugar bolos y abominaciones como clases de aeróbic y yoga. Tiene hasta un cajero automático. Por todo eso, quería ir al exterior lo antes posible”.

De una u otra forma, hasta en el lugar más inmaculado del mundo se pretende instaurar una forma de vida disfrazada de “comodidad” que nada tiene que ver con lo que allí se sueña y se vive. Ir al final del mundo a encontrar respuestas es una figura bastante curiosa, pero no menos certera, porque hoy los profesores, filósofos, historiadores, lingüistas y artistas se ven obligados a ejercer lejos de sus oficios, porque los números mandan relegar el humanismo en desmedro del capital, pagándoles sueldos miserables y cuestionando su importancia.

Interior de la cabaña del explorador Ernest Shackleton construida en 1908 (Expedición Nimrod), a poco más de 30 kilómetros de lo que hoy es la Base McMurdo. En 1972 se le otorgó el grado de Sitio y Monumento Histórico en la Reunión Consultiva del Tratado Antártico.

Y los científicos cada vez se acercan más a integrar el club de los despreciados. Como que algunos desean que nadie piense, que nadie cree, que nadie investigue. “Solo usan fondos estatales y no producen”, parecieran decir. En ese contexto, esta película funciona perfectamente como metáfora del modelo reinante, el del descrédito por el conocimiento y donde el mercado es la nueva filosofía.

A los pies del Volcán Erebus, una sonda será elevada a 40 kilómetros de altura en la estratósfera, para estudiar a los “Neutrinos”.

Matices más, matices menos, la Antártica es hoy un gran centro de investigación y de estudios para encontrar respuestas que ayuden a la preservación tanto de humanos, animales y vegetales… y de neutrinos. El físico Peter Gorham le explica a Herzog que se trata de “la partícula más ridícula que puedas imaginar”, atraviesan la materia y “prácticamente existen en un universo paralelo”. Quizás los científicos antárticos en medio de sus mediciones, pruebas y globos sonda, sueñan en secreto con descubrir el origen de los espíritus o los extraterrestres y la forma de comunicarnos con ellos. Yo no esperaba mucho de “Encounters at the end of the world”, pero creo que hoy se hace muy necesario verlo, para meditar, para alejarnos, para sentir frío un rato y pensar soluciones desde la dificultad. Hemos confundido el ocio con el hedonismo exacerbado, y así no se piensa, no se hace filosofía. Por suerte para nuestra especie, en la Antártica existe un buen número de personas soñando por nosotros.

Werner Herzog y Peter Zeitlinger durante la filmación de “Encuentros en el fin del mundo” en la Antártica.

Pienso que si Herzog se declara defensor de algo en la tierra, sería de la especie humana, algo que quienes nos preocupamos por la crisis climática y el medio ambiente no debemos nunca dejar de lado: “Se me pasó por la cabeza que en el rato que pasamos en el invernadero, probablemente habrían muerto tres o cuatro lenguas. En nuestro esfuerzo por preservar especies amenazadas, pasamos por alto algo igual de importante. Para mí, es síntoma de una civilización muy alterada en la que aceptamos fanáticos de los árboles y de las ballenas, pero nadie se preocupa del último hablante de un idioma”.


Tráiler “Encuentros en el fin del mundo”.

[*] Henry Kaiser, el camarógrafo submarino cuyas imágenes en la Antártica motivaron a Herzog a realizar el viaje a McMurdo, es ante todo un guitarrista, compositor, etnomúsico y gran improvisador de jazz. Para “Encounters at the end of the world” no solo colaboró con sus registros submarinos, sino que además fue el productor del documental. Además, compuso su música junto a David Lindley. Algunas de las imágenes que aparecen en este filme, también formaron parte de otra película de Herzog, el mocumental (documental falso) “The Wild Blue Yonder” (2005). Ese mismo año Kaiser fue el productor de la banda sonora de “Grizzly Man”.

Más información en


National Science Foundation Estación McMurdo
Sitio web de Peter Zeitlinger
Sitio web de Henry Kaiser


por Denis Eduardo Leyton
(publicado originalmente el 30/12/2008)


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