Revista Cultura y Ocio

Encuentros en la segunda fase

Por Zogoibi @pabloacalvino
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El hombre me cayó bien al primer golpe de vista. Era un tipo alto y un poco desgarbado, de facciones más bien toscas, como las de un rostro inacabado por el escultor, y poco usuales, que sugerían un sólido pero mudo carácter. Lo había conocido en un restaurante; de hecho, era el cocinero; y aunque parco en palabras, habíamos entablado una lenta pero sentida conversación a cuento de no recuerdo qué. Por lo poco que tuvimos ocasión de hablar, me pareció, sobre todo, que era un ser humano decente.

No debía de tener mucho trabajo a esa hora, porque, una vez que hube abonado la cena, me invitó a salir un momento a la calle para seguir conversando mientras se fumaba un pitillo. Nada más franquear la puerta, durante un breve instante, me pareció haberlo perdido de vista, como si se hubiese desvanecido en el aire; pero no: allí estaba, sin hacer apenas caso del pitillo, mirando hacia el gris y húmedo adoquinado, mojado por la reciente lluvia, o hacia el inconfundible azul del cielo septentrional sobre los bajos tejados de las casas vecinas. Aunque apenas nos dijimos nada, era la suya una compañía agradable y cercana, una compañía que hubiera podido disfrutar más de no ser por aquel ruido, aquel enojoso e insistente ruido que parecía , manar desde dentro de mi cabeza con creciente fuerza…

Era el despertador. Abrí los ojos en una desconocida habitación de hotel a través de cuya ventana, con las gruesas cortinas echadas, se insinuaba la luz de un nuevo día. Y en aquella transitoria duermevela sentí una gran pena por ese hombre, ese ser humano decente, a quien había dejado con la palabra en la boca sin siquiera decirle adiós. ¡Qué ingratitud! No podía ser; no quería que pensara que yo había sido un frívolo, que acepté su amistad en vano; así que apagué el despertador y, refugiándome bajo las sábanas, donde se incuban los sueños, deseé con todas mis fuerzas volver a ése del que había salido, aunque sólo fuera el tiempo suficiente para despedirme de él.

¡Y volví! Allí estaba el hombre aún, a la puerta del restaurante, apurando su cigarrillo. Parecía no haber advertido mi breve ausencia, o quizá sólo lo fingía; acaso me esperaba. Le dije: “perdona, ahora tengo que irme, no podría explicarte por qué, no lo entenderías; tengo que irme para siempre, pero quiero que sepas que me siento afortunado por haberte conocido”. Apenas me quedaban unos segundos. Le tendí la mano y, a la vez que me disolvía en el aire como el maestro cuyas huellas se pierden en la niebla, mientras nos dábamos aquel apretón y yo desaparecía frente a sus ojos, el hombre me sonreía en silencio con una mirada de comprensión.

De regreso en mi cama del hotel, cuando las telarañas del sueño aún no me habían liberado por completo, pensé que tal vez él también, en aquel fugaz momento cuando lo perdí de vista al salir del restaurante, que él también había despertado durante unos segundos y que también él había, como yo, regresado al sueño para despedirse de mí. Sí, sin duda así fue como sucedió. Y entonces lo vi todo claro.


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