Revista En Femenino

Enseñar a los niños a caerse y a levantarse:

Por Coachingparamamas

la resiliencia que se construye todos los días

Hemos hablado mucho, en las últimas semanas, sobre cómo acompañar a los niños en momentos de crisis grandes: pérdidas, miedo, incertidumbre. Y aunque esas conversaciones eran necesarias, hoy queremos volver a algo igual de importante, pero mucho más cotidiano: cómo se construye, día a día, la capacidad de nuestros hijos para caerse y volver a levantarse.

Porque la resiliencia no nace únicamente en las grandes tragedias. Se entrena, silenciosamente, en lo pequeño: en la torre de bloques que se derrumba justo cuando ya casi estaba terminada, en el «no puedo» que aparece frente a un rompecabezas difícil, en el amigo que no quiere jugar lo que ellos querían jugar, en el «no» que un padre o una madre tiene que decir, aunque genere un berrinche enorme.

La tentación de evitarles la frustración

Como madres, tenemos un instinto muy fuerte y muy amoroso: proteger a nuestros hijos del dolor. Y ese instinto, llevado al extremo, muchas veces nos lleva a intervenir demasiado rápido cuando algo se les dificulta. Les resolvemos el rompecabezas antes de que se frustren. Les evitamos la decepción cambiando las reglas del juego para que «no pierdan». Les ahorramos la espera, la incomodidad, el pequeño fracaso cotidiano.

Y aunque la intención es hermosa, el efecto a largo plazo puede ser contrario al que buscamos: un niño que nunca tuvo la oportunidad de practicar cómo se siente frustrarse, y cómo se sale de esa frustración, va a tener mucho menos herramientas para hacerlo cuando la vida, inevitablemente, le presente desafíos más grandes.

La resiliencia se entrena, no se improvisa

Así como un músculo se fortalece con el uso repetido, la capacidad de sobreponerse a la frustración también se entrena con la práctica. Cada vez que un niño enfrenta una dificultad pequeña —y logra, con o sin ayuda, encontrar una salida— está construyendo una especie de memoria emocional que le dice: «esto se sintió difícil, y aun así, salí adelante.»

Esa memoria emocional es exactamente lo que sostiene a una persona, ya de adulta, cuando la vida le presenta un desafío verdaderamente grande. No aparece de la nada en el momento de la crisis. Se fue construyendo, poquito a poquito, en cada oportunidad cotidiana donde se permitió que el niño sintiera la dificultad, en lugar de evitársela por completo.

Herramientas para acompañar sin resolver

1. Nombra la frustración sin apurarte a resolverla. Frases como «veo que esto te está costando» o «está bien sentirse frustrado cuando algo no sale como queríamos» le dan al niño permiso para sentir lo que siente, sin la presión de que un adulto tiene que arreglarlo de inmediato.

2. Deja espacio para el intento, aunque sea torpe. Resistir el impulso de intervenir apenas vemos que algo no les está saliendo es, quizás, uno de los ejercicios más difíciles para nosotras como madres. Pero ese espacio de intento —aunque termine en frustración— es donde ocurre el verdadero aprendizaje.

3. Valida el esfuerzo, no solo el resultado. Reconocer «veo que lo intentaste de varias formas distintas» en lugar de enfocarnos únicamente en si lo lograron o no, les enseña que el proceso también tiene valor, y que no salir victorioso a la primera no es un fracaso.

4. Modela tu propia forma de manejar la frustración. Los niños aprenden observándonos mucho más de lo que aprenden escuchando consejos. Si ellos nos ven respirar, hablar en voz alta sobre nuestra propia frustración de forma sana («esto me está costando, voy a intentarlo de otra manera»), están recibiendo un ejemplo directo de cómo se hace.

5. Celebra el «levantarse», no solo el «no caerse». En lugar de enfocar los elogios únicamente en los logros perfectos, es poderoso reconocer específicamente los momentos donde, después de una caída —literal o simbólica—, el niño decidió intentarlo de nuevo.

Lo cotidiano también forma

No hace falta esperar una gran crisis para enseñarles a nuestros hijos a ser resilientes. De hecho, esperar a que llegue el momento grande, sin haber entrenado antes en lo pequeño, deja a los niños —y también a nosotras como madres— mucho menos preparados para sostener esos momentos cuando finalmente llegan.

La buena noticia es que las oportunidades para entrenar esta capacidad están, literalmente, en cada día: en cada torre que se cae, en cada «no» que frustra, en cada intento que no sale a la primera. Y cada una de esas pequeñas oportunidades, bien acompañada, es un ladrillo más en la capacidad de nuestros hijos de caerse, y volver a levantarse, una y otra vez, durante toda su vida.

La entrada Enseñar a los niños a caerse y a levantarse: se publicó primero en Coaching para Mamás.

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