Hoy os traigo una nueva entrevista, en este caso de la mano de David Escobar, autor de Tierra que devora.
Si aún no lo conocíais, os dejo por aquí la reseña de su novela para que podáis descubrir un poco más.
Y ahora, vamos a descubrir que nos tiene que contar nuestro escritor:
¿Cómo te iniciaste en la escritura? ¿Fue algo que surgió repentinamente, o ha crecido contigo?
Creo que ha crecido conmigo. Siempre he tenido una relación muy estrecha con las palabras y una necesidad bastante constante de contar cosas, aunque durante mucho tiempo encontrara otras formas de hacerlo. He escrito opinión, relatos y textos de todo tipo antes de atreverme con una novela. No hubo un día concreto en el que decidiera «quiero ser escritor»; más bien llegó un momento en el que me di cuenta de que llevaba mucho tiempo escribiendo y que aquello ya formaba parte de mí.

¿Cómo te inspiras? ¿Haces algo antes de empezar a escribir para entrar en situación?
No tengo ningún ritual especialmente sofisticado. Normalmente parto de una imagen, una conversación, una emoción o una situación que se me queda dando vueltas en la cabeza. A partir de ahí necesito imaginar bien la escena antes de escribirla: dónde están los personajes, qué sienten y, sobre todo, qué se están callando. Me interesa mucho más eso último que lo que dicen expresamente. Cuando consigo entrar ahí, escribir suele salir de una forma bastante natural.
¿Autor/a favorito/a? ¿Por qué?
No tengo un autor favorito en sentido estricto, porque depende mucho del momento y de lo que esté buscando como lector, pero si tuviera que señalar a uno probablemente diría José Saramago. Me gusta mucho su forma de observar al ser humano, de plantear grandes preguntas sin necesidad de dar respuestas sencillas y esa capacidad suya para convertir una situación aparentemente imposible en una reflexión sobre cosas muy reales. Tiene además una voz muy reconocible, y eso es algo que admiro mucho en un escritor.
¿Libro favorito?
Tampoco tengo un libro favorito. Leo bastante literatura clásica y hay libros que me han marcado por razones distintas. El corazón de las tinieblas, por ejemplo, me impresionó por esa sensación de descenso hacia algo cada vez más oscuro, no solo físicamente, sino también dentro del propio ser humano. Y Noches blancas me gusta muchísimo por todo lo contrario: por su intimidad, por la soledad, por los vínculos que surgen de repente y por todo lo que puede suceder emocionalmente entre dos personas en muy poco tiempo. De hecho, ambas obras, de maneras muy distintas, están entre las influencias que terminaron entrando en Tierra que devora.
Tierra que devora
Se trata de tu primera novela, ¿qué te animó a dar el paso?
Precisamente las ganas de comprobar si era capaz de sostener una historia durante cientos de páginas. Había escrito muchísimo antes, pero una novela exige convivir con unos personajes durante mucho tiempo y construir un mundo que siga funcionando cuando pasa la emoción inicial. Tierra que devora nació también porque sentía que la historia de Darío y Lara necesitaba ese espacio. No podía contarla en diez páginas. Necesitaba tiempo para que se equivocaran, se hicieran daño, cambiaran y crecieran.
La DANA, ¿por qué? ¿Por qué querías que fuera un evento canon en la novela?

Porque no quería que fuese simplemente un decorado. La DANA tenía que transformar la historia igual que transforma físicamente todo aquello que toca. El barro, la pérdida, la incertidumbre y esa sensación de que en unas horas puede desaparecer lo que dabas por seguro encajaban perfectamente con lo que les ocurre a los personajes.
En Tierra que devora hay una tormenta exterior, pero también varias tormentas personales. Darío y Lara llegan allí como periodistas para contar lo que les está sucediendo a otros y terminan obligados a enfrentarse también a ellos mismos. Por eso la DANA no podía ser sustituida por cualquier otro escenario: forma parte del ADN de la novela.
Nuestros protagonistas viven una situación un tanto delicada en el barro, ¿es algo ficticio o basado en hechos reales?
Es ficción. Aunque, como sucede muchas veces al escribir, la ficción se alimenta de emociones, comportamientos y situaciones que uno conoce o ha observado en la vida real. Lo que ocurre concretamente entre Darío y Lara pertenece a ellos.
Además, me interesaba precisamente el contraste: dos personas rodeadas de destrucción, barro y una realidad durísima que, al mismo tiempo, están viviendo algo profundamente íntimo. Ese choque entre lo terrible y lo humano atraviesa buena parte de la novela.
¿Qué sientes al volver a leer lo que escribiste?
Es extraño, porque conviven dos sensaciones. Hay fragmentos que releo y todavía siento exactamente lo que sentía cuando los escribí; y otros en los que aparece inevitablemente el escritor que soy ahora y pienso que cambiaría una palabra, una frase o incluso una escena.
Pero también intento no corregir mentalmente todo el tiempo. Tierra que devora pertenece al momento en el que la escribí y a la persona que yo era entonces. Y hay algo muy bonito en volver a determinadas páginas y descubrir que siguen siendo capaces de emocionarme aunque conozca perfectamente lo que va a ocurrir.
¿Cuál dirías que es tu personaje favorito, o a cuál le tienes más cariño?
Creo que Darío y Lara ocupan lugares distintos. Son los dos pilares de la historia y sería difícil elegir a uno sin hacerle una pequeña traición al otro.
Pero el cariño por un personaje no siempre depende de que sea el que más se parece a ti o el que mejor se comporte. A veces quieres especialmente a aquellos a los que has visto equivocarse más, romperse y reconstruirse. Y en ese sentido creo que los dos tienen mucho de eso: no pretendía escribir personajes perfectos, sino personajes humanos.

Si quieres añadir cualquier cosa, ahora es el momento.
Me gustaría que quien se acerque a Tierra que devora no piense que va a encontrar únicamente una novela sobre una catástrofe, ni únicamente una historia de amor. La DANA es esencial, pero en el fondo la novela habla de algo bastante más cotidiano: de lo difícil que puede ser querer bien a otra persona cuando uno todavía está aprendiendo a convivir consigo mismo.
Y quizá también de que hay momentos que parecen arrasarlo todo y que, paradójicamente, terminan obligándonos a reconstruirnos de otra manera.
Y con este gran cierre solo me queda darte las gracias por darme la oportunidad de descubrir esta increíble historia. No dejes de crear.
