Revista Homo

Es hetero, pero igual lo amamos.

Por Arturolodetti @latitudgay

Rubén tenía 34 años, era gerente en un supermercado, docente de Administración de empresas y rematador público. El exceso de trabajo -piensa ahora- le servía de dique para contener eso que amenazaba con arrasarlo: se estaba dando cuenta de que le gustaban los hombres. Mario estaba por cumplir 29, era veterinario y tenía su orientación sexual más clara. No se conocieron en un boliche, no los presentó nadie. El origen de la relación fue una broma. Así comienza un artículo del portal argentino Infobae sobre una particular historia de amor que tiene más de 20 años y donde La República y un suplemento transgresor de ese entonces “Susurros” tiene su hilo conductor.

Es hetero, pero igual lo amamos.

Rubén López Pacilio acaba de cumplir 60 años y vive con Mario Bonilla, su marido, en Mercedes, una pequeña ciudad de Uruguay. “En el año 90, el diario La República tenía un suplemento que se llamaba ‘Susurros’, donde se podían publicar avisos y mensajes gratuitos. Cada uno decía si buscaba una amistad, una relación ocasional o algo serio, y firmaba con seudónimo. Con mi secretaria se nos ocurrió hacer una broma: nos hacíamos pasar por una pareja swinger que buscaba otras parejas para hacer intercambios”.
Tuvieron que ir a hacer cola al diario para retirar las decenas de cartas de respuesta que habían recibido. El sistema era tan discreto y tan efectivo que Rubén -en paralelo y a escondidas de su secretaria- publicó otro aviso con un seudónimo particular: “Permiso”.

Hubo 78 personas que escribieron al diario para conocerlo. “Seleccioné a dos y a la semana siguiente me fui a Montevideo. Tenía una cita a las 9 de la mañana y otra a las 11. El de las 9 era un neurólogo, el de las 11 era Mario, un joven veterinario”. La carta de Mario decía así: “Amigo ‘Permiso’: es la primera vez que hago algo de esto, me causa bastante nerviosismo (…) Te voy a dar mi teléfono para que me llames. Hacelo sólo entre las 7 y las 8.30 de la mañana. Normalmente vivo solo pero a veces están mis padres, así que ¡por favor! te pido discreción. Llamame pronto”.
Pasaron la tarde en el Mercado del Puerto conversando y tomando medio y medio, se quedaron juntos todo el fin de semana. Casi dos años después, cuando a la Ley de matrimonio igualitario en Uruguay le faltaban más de 20 años de gestación, Mario y Rubén se inscribieron como concubinos. Cuando llevaban cuatro años viviendo juntos, apareció la posibilidad de adoptar a un niño.

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“No sabíamos si estábamos haciendo bien, porque su familia biológica no podía quedarse con él, o si podíamos perjudicarlo en el futuro, por ser un chico con dos padres -recuerda Rubén-. Consultamos con una psicóloga, una socióloga, un psiquiatra y nos comunicamos con referentes de San Francisco, que conocían familias homoparentales. Todos dijeron lo mismo: si estábamos preparados para dar amor no íbamos a tener problemas”.
La decisión de base fue no mentir: que Camilo, llegado el momento, supiera sus dos verdades. Que había sido adoptado y que era hijo de una pareja homosexual. “La verdad, no hubo conflictos. Es más, cuando tenía 5 o 6 años una madre del colegio nos contó: ‘Tu sabes que Camilo tiene a los chicos convencidos de que es mucho mejor ser hijo del corazón que de la panza”, se ríe Rubén, mientras Mario atiende la veterinaria especializada en pequeños animales que manejan juntos. Camilo -que el miércoles cumplió 21 años- es el primer hijo legítimo de una familia homoparental de América Latina.

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Fuente: republica.com.uy

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