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Es La India, tío: confusiones, paradojas y falsos amigos

Por Mundoturistico

A donde fueres, haz lo que vieres. De sabios es seguir la sabiduría del refranero, hija de la experiencia y de las lecciones del tiempo. Y más cuando se viaja a un lugar distante y distinto como aún lo sigue siendo en gran medida la India. Su cultura ancestral, compendio de antiguas civilizaciones, intensa vida comercial a diestro y siniestro, colonialismo histórico y amalgama de pueblos, lenguas y creencias, choca en muchos aspectos con nuestros prejuicios occidentales y en ocasiones nos llevan a la incomprensión, a la perplejidad y al error, cuando no a la prepotencia, la decepción o la simple metedura de pata. Veamos algunos botones de muestra: las confusiones, paradojas y falsos amigos más comunes en La India.

En los templos indios, aparece la cruz gamada del nazismo

Eso parece, pero nada tiene que ver con el distintivo hitleriano. La esvástica, cruz de brazos acodados en ángulo recto, es un símbolo muchísimo más antiguo cuyos orígenes se pierden en la milenarias culturas euroasiáticas, que triunfó luego con carácter religioso en el Indostán y que aparece en la simbología mítica de muchos pueblos en todo el mundo, con las pertinentes variantes locales (como el trisquel céltico o el lauburu vascón, por ejemplo).

Es La India, tío: confusiones, paradojas y falsos amigos

En la India de hoy es un signo sánscrito que proviene de los libros sagrados del hinduismo, los Vedas, extendido a otras religiones hermanas, como el budismo o el jainismo, y que está relacionado con los astros, la reencarnación y los dioses, con un significado positivo de protección, felicidad y buena suerte. O sea, todo lo contrario de la nefasta hakenkreutz o cruz ganchuda del fascismo alemán, ¡qué cruz!

Esos indios vestidos de blanco van de fiesta

Pues no: van de entierro o de luto. Quizá su visión de la muerte, menos dramática o más naturalmente aceptada que la nuestra, como un mero paréntesis antes de volver a encarnarse en otro ser vivo, humano, animal o planta, hace que la representen con el no color, el color de la pureza, el blanco. Para el que cree en la reencarnación, la vida no termina nunca, solo se cierra el ciclo para los grandes santos que alcanzan el descanso definitivo del moksa, la liberación del nirvana budista. Por eso, las viudas, consideradas tradicionalmente propiedad del marido y su familia, llevan el sari blanco (ahora ya se ve en algunas novias, pero en la boda dominan los de color, rojo y azafrán sobre todo), no pueden cocinar el día del entierro y desconectan de la vida social y familiar. Por eso existió entre los hinduistas la terrible ceremonia del sati, la inmolación “voluntaria” de la viuda en la pira del marido muerto. Y por eso aún son actualidad las pobres viudas pobres, desahuciadas, abandonadas por su propio entorno, que, con humildes ropajes blancos, humilladas y anónimas, vagan como muertas en vida por pueblos y ciudades, privadas de colores y fiestas, a expensas de la limosna, la solidaridad o el auxilio público. Mezquino alivio.

El palacio hindú del Taj Mahal es una de las modernas maravillas del mundo

Pues sí, pero ¡ni palacio ni hindú! Porque ni todos los indios son hindúes, y son unos cuantos millones los que no, ni viceversa. El prodigio arquitectónico de Agra, al pie del caudaloso río Yamuna, es un simple panteón funerario musulmán (no hay cremación entre los islámicos, solo enterramiento), si bien es cierto que su elegante diseño, su grandiosidad y su indiscutible belleza le otorgan, a primera vista, un refinado carácter palaciego.

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El Imperio mogol, de cultura islámica, dominó la India durante más de tres siglos. Uno de sus emperadores impulsó la construcción de esa obra extraordinaria, nacida del amor y el despilfarro, a la muerte de su esposa preferida. Su interior es un espacio vacío, ricamente decorado con piedras preciosas, que hoy solo contiene las tumbas sencillas (son simples copias: las originales se conservan en el sótano) de esos dos románticos personajes, inhumados mirando a La Meca. Dentro de un recinto amurallado, el Taj Mahal es un soberbio mausoleo octogonal de lograda simetría y mármol blanco, esplendoroso en sus cúpulas, agujas, arcos, columnas y minaretes, exuberante en los mosaicos, taraceas y caligrafías coránicas de sus pórticos y paredes, que preside una amplia zona verde de jardines, estanques y paseo arbolado.

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Una joya que ahora reivindican como propiedad (es patrimonio nacional y un lucrativo negocio) las dos religiones mayoritarias en el país: los musulmanes alegando su origen, que los enterrados son islámicos y que la escoltan mezquitas, todo ello indiscutible; los hinduistas, sin pruebas aparentes, que se construyó sobre un viejo templo de Shiva o un palacio real. Es de esperar que la cosa quede como está: un milagro del arte mogol en pleno corazón del territorio indio. ¡Una pasada!

El Mahatma Gandhi es el personaje más querido en la India

Sentencia matizable, cuando menos. Para muchos hinduistas, la gran mayoría religiosa, ya no es así. Aunque mantienen en Nueva Delhi encendido el fuego de su memoria, ha surgido en torno a su figura y su obra una leyenda negra: lo critican, incluso, por hipócrita, oportunista y traidor. No cabe duda de que, en Occidente al menos, M. K. Gandhi es mayoritariamente aceptado como el “padre de la India”, el indio más famoso y el líder indiscutible de la independencia y la constitución de la República, con el permiso de Nehru y compañía; y como paladín de la ahimsa o no violencia, de la huelga de hambre y la desobediencia civil como medios de reivindicación política.

Pero esa fachada de santo varón de dhoti y veganismo ha ocultado interesadamente la otra cara del contradictorio personaje: político hindú nacionalista mantenedor de las castas, machista con las mujeres, racista con los africanos, pacifista con los nazis y belicista con los pakistaníes. Y ha ocultado, sobre todo, la figura de su alter ego, B. R. Ambedkar, un contemporáneo suyo perteneciente al estrato social más bajo, el de los dalits o intocables, que, saliendo de la nada llegó a la universidad, a la política y al gobierno, ocupando altos cargos y alcanzando el título de “padre de la Constitución”.

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Abogado, filósofo y economista, se opuso al sistema de castas y luchó por los derechos civiles de los más necesitados: parias, indígenas, obreros, minorías. Desengañado de la patriotería monopolizadora del hinduismo y de la anacrónica intransigencia del islam, se convirtió al budismo, más abierto e integrador, y lo impulsó por todo el país, especialmente entre las clases menos favorecidas. Sea como sea, la polémica viene de lejos y va para largo. Nunca es oro todo lo que reluce. La Historia decidirá.

Un té, por favor

Si pides un té en España, te traerán una tetera con agua caliente y la clásica bolsita de contenido vegetal para la infusión, azúcar aparte. Es el té negro (el verde, mejor, dicen) que se sirve y bebe en nuestras cafeterías. Pero si en la India pides té (tea en el obligado inglés) y no concretas ni te aclaran nada, lo más seguro es que no te traigan lo mismo sino un chai (variante asimilada pronto por los británicos y cuyo origen está en el portugués chá, herencia colonial), esto es, una infusión de té con leche, especias y azúcar, de sabor alegre y color café con leche.

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Es el masala chai o té mezclado, muy popular entre la población india, sabroso y nada extraño al paladar hispano. Para que te sirvan el primero, el té de bolsa que nosotros consumimos aquí, basta con que pidas un black tea, rodajitas de limón aparte. Sea como sea ese brebaje de indostánica solera, con o sin leche, tu salud se verá enriquecida con las propiedades beneficiosas del providencial arbusto asiático. A chai, please.

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Ese añorado sabor de los nombres familiares

Saldrás con destino a Bombay, Bangalore, Madrás, Calcuta o Benarés, pero llegarás a Mumbai, Bengaluru, Chennai, Kolkata o Varanasi. No, el avión no ha extraviado el rumbo ni ha sido abducido por extrañas energías, tranqui, el milagro es simplemente toponímico: esas localidades y muchas más han cambiado sus nombres por otros términos, parecidos o no, más locales. Muchas han sido las propuestas y menos, aunque numerosas, las mudanzas, que comenzaron en los primeros tiempos de la descolonización y la proclamación de la nueva República, que aún continúan y que han sido oficialmente sancionadas tras largas disputas lingüísticas, históricas y políticas. El motivo inicial, razonable, era la adaptación de las grafías coloniales a la pronunciación real en hindi u otras lenguas vernáculas, la usada por la mayoría de la población.

Pero la novedad atrajo, como suele pasar, otros criterios más particulares: religiosos, históricos, identitarios, partidistas, todos a la caza del voto y barriendo para sus privativos intereses, con todo lo que supone de confusión y gastos. Se admiten sugerencias.

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Estos monumentos son para quitarse el sombrero

El sombrero, no, pero sí los zapatos (y, a veces, los calcetines y el cinturón). Hablamos, claro está, de las construcciones religiosas relacionadas con la milenaria cultura hindú, algunas impresionantes y con un enorme tirón de visitas. A la entrada de esos templos, oratorios y cenotafios de la India, el suelo parece siempre una muestra callejera de variopinto calzado, toda vez que es obligatorio entrar a ellos con los pies descalzos, al margen de la suciedad, las humedades o la temperatura abrasadora del piso.

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Ocurre con los hindúes, budistas, jainas y sijs, principalmente. También se exige recato y compostura en el vestir, con el cuerpo debidamente tapado. Pero lo que está bien visto, al contrario de la costumbre occidental, donde descubrirse es un símbolo de respeto social y religioso, es entrar de gorra. Y en los dos sentidos de la expresión: en muchos de ellos no cobran la entrada; en todos se puede entrar con la cabeza cubierta, trátese de turbante local, elegante sombrero, boina de rabillo o visera deportiva. Completa la curiosa paradoja el hecho de que solo los sacerdotes pueden exhibir sus carnes con su característico seminudismo gandhiano de andar por casa, lo máximo permitido. Hay para ver.

Las cinco K que son cinco P

En las cartas o en el deporte, estaríamos hablando de un repóquer, pero en la India es algo muy serio y distinto. Se trata de los cinco símbolos que, según su tradición, debe llevar consigo un buen sij, cuyos respectivos nombres comienzan, en su lengua, por la letra K: kesha, kangha, kara, kachha y kirpán, es decir, pelo, peine, pulsera, pantaloneta, puñal. Para nosotros serían, pues las cinco P, oclusiva coincidencia. Pero, además, hoy, que ya la daga sijista apenas se exhibe fuera de los templos, fiestas o ceremonias, a todos sus seguidores masculinos se les reconoce más que nada (junto al típico turbante colorista de su condición) por su negra y tupida barba, que no entraría en ese quinteto de condiciones, al menos en apariencia.

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La paradoja se rompe si concedemos que la barba es parte del pelo, que no deben cortar ni retocar so pena de apostasía. Religión originaria del Punjab, nacida para purificar el hinduismo, el sijismo secunda a un solo dios, a un solo libro sagrado y a un solo código de conducta: ausencia de jerarquía sacerdotal, disciplina, esfuerzo, no a las castas y a la dote, derechos de la mujer, igualdad y solidaridad, auxilio social. ¡Qué lejos de las tres kkk extremistas del profundo sur norteamericano!

*Si te ha gustado este post, te invitamos a recorrer la India con nosotros durante algo más de tres semanas y a conocer nuestras primeras impresiones acerca de este genial país.


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