Cuando alguien muy querido pasa por algo malo, todas nuestras preocupaciones se vuelcan en esa persona. Sufrimos con ella, nos alegramos con ella, perdemos la paciencia, lo normal. Pero no nos paramos a pensar en las personas con las que conviven: sus hijos, maridos, padres, hermanos.
A veces la vida nos hace madurar de una forma que no es la que debería, a base de dolor. Y no es que antes no hayas sido madura, que va. Es que simplemente te enfrentas a un miedo que nunca supiste que ibas a sentir. El miedo a lo desconocido, empiezas a sentir mariposas revoloteando en tu tripa y no son mariposas primaverales, son mariposas asustadas.
Y la vida te cambia el destino, el camino a seguir, pero tu sonríes y sigues siendo cariñosa (e impaciente). Y decides quedarte ahí y estar sentada en el sofá al ladito de ella. Porque la vida va más rápido que tú. El gps de la vida te redirige a otro destino, la vida es así, porque tu eres así y no puedes evitarlo.
Toda la inquietud al final será para bien. De todo se sale y ya sabemos que se va a arreglar todo. Ya ha pasado antes y sabemos que hay personas con las que un bichito no puede, ni va a poder. Con la Iglesia hemos topado.
Por eso para mi siempre serás tan chica, y tan grande.

