Hoy me recluyeron en un aula con varios de estos esclavos del sistema educativo. En pleno desarrollo de los exámenes de recuperación y finales -otro debate sería si esta forma de evaluar es útil para alguien, ellos y nosotros-, cansada la familia de tener adolescentes indomables e intelectualmente arruinados, reposaban calentado silla y ocupando el mobiliario escolar que otros aprovechan y pagan. El sistema (des)educativo actual no les deja abandonar, marcharse en busca de aquello para lo que, quizá esta vez sí, valgan, brillen y den esplendor. Pantalones caídos, camisetas con mensajes de esos que molan, profe, flequillo desfilado sobre los ojos y banda sonora incorporada en forma de móvil y auriculares y un futuro que no se puede escribir ya porque dejaron de creer en él en favor de un presente placentero e inmediato.
Hoy, ahora, esta mañana, me encontraba, me encuentro entre ellos y me pregunto qué será de..., si serán capaces, cuando logren la mínima madurez que las aulas les exigen y a las que ellos no llegan, de valerse por sí mismos, sin el escudo de sus familias ni la mirada de sus profesores. Ellos, que chillan su frustración y ganas de ser alguien en forma de conflictos y discusiones, derrumbados ahora -brazo, codo, hombro, dejarse llevar por una vida que no entienden- sobre las mesas verdes de esta clase. Ni silencio interior ni calma exterior, normas, dime qué tengo que hacer, pero suavemente, el mundo escondido en la funda protectora de un teléfono móvil. Es final de curso y hay que excavar firmemente para encontrar una brizna de esperanza...
