EsconditeEl primer castor contuvo el aliento antes de pedir ayuda al segundo. Al saber que había sido el primer elegido, quiso saborear la sensación de iniciar él sólo la búsqueda pero no fue capaz de hacerlo sin respirar: abría la boca y juntaba la lengua con fuerza sobre el paladar, quería empujar el aire de dentro hacia fuera, soltarlo como siempre pero no tuvo éxito. El castor tuvo que pedir ayuda.
Con la llegada del segundo castor, el primero recuperó la respiración, recordó cómo había que hacer para tragar el aire y devolverlo al ambiente que lo rodeaba. En cuanto comenzó a encontrarse mejor y a sentirse cómodo también se hizo cargo del problema que lo había convocado a aquella hora y en aquél sitio: la búsqueda de Clara, a quien nadie había visto por Tulipa desde hacía más de tres días.
Pero el segundo castor llegó creyendo que él solo no iba a ser capaz de ayudar a nadie si no le acompañaban por lo menos diez de sus semejantes y fue así, como se juntaron los doce animales y arrancaron la carrera tras las huellas de la muchacha.
Por el camino, hubo un castor que sorprendió a una ardilla asomada entre las ramas de un roble bicentenario. Sus miradas se cruzaron y ella comprendió que doce castores eran pocos para descubrir el sitio en donde Clara debía de estar escondida; trepó unos metros por el tronco, justo hasta llegar a las hojas que bailaban con el viento sin importarles lo que estaba sucediendo por el suelo y explicó, indignada, que también ellas tenían que ponerse manos a la obra con el asunto, porque Clara había desaparecido.
Las hojas miraron de reojo a la ardilla sin comprender los motivos de su enojo. Ellas bamboleaban sus cantos, crujían unas contra otras y dejaban que el viento les silbara viejos piropos y se deslizara entre unas y otras, agitando las ramas y contagiando al bosque entero con su frenética danza de tormenta. De nuevo les pidió ayuda: doce castores estaban persiguiendo a Clara sin tener siquiera la certeza de que se encontrase todavía en Tulipa.
Las hojas parecieron ablandarse ante los lamentos de la ardilla. Entre todas, unieron sus fuerzas, se dejaron caer hasta el suelo y se arrimaron solidarias a las que ya secas y marrones, habían asumido desde hacía varias semanas, su condición de mantillo para la siguiente estación.
El bosque era ahora un mar de distintos tonos de verde sucio y rojo oxidado que en lugar de flotar allá arriba en las copas cercanas al sol y a los pájaros, cubría la superficie en contacto con el suelo y se elevaba hasta la mitad de cada uno de los troncos. Habían conseguido ceder más luz al sendero pues los rayos se colaban sin problema atravesando las ramas desnudas que colgaban de cada tronco. El avance de la tropa de castores hacia el escondite secreto donde Clara debía de estar ocultándose del mundo, se estaba simplificando por momentos.
Al ver que ya no había hojas en las copas de los árboles, ni piedras ni restos de alimentos cubriendo los caminos, las aves se asustaron, silenciaron sus trinos y bajaron a informarse de lo que estaba sucediendo en Tulipa. Vieron a las ardillas arrimadas a los troncos, sin frutos secos que poder llevarse a la boca y esperando a que los castores continuaran persiguiendo a alguien que no sabían dónde podía estar.
En apenas trece días y pese a las dificultades derivadas de la sequedad del terreno, doce castores recorrieron las calles de Tulipa en busca de Clara. Buscaron entre los cubos de basura, tras los montones oscuros y malolientes que formaban los restos de los desayunos, las comidas y las cenas de los restaurantes, peinaron parques y jardines, se arrastraron bajo las escombreras que esperaban silenciosas en las inmediaciones de la ciudad y no la encontraron. Ella no estaba allí. Clara no había dicho adónde iba porque sabía que no iba a querer estar de vuelta.
Y la naturaleza siguió su curso.
