
Escrito por Ainhoa Escarti. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que a la palabra blog se le atribuía cierta condición de literatura menor, algo así como el diario íntimo que uno dejaba abierto sobre la mesa con la esperanza de que alguien lo encontrara. Algo amateur, sin calidad, donde todos aquellos que lo deseaban podían abrir ventanas a sus mundos. Y quizás era exactamente eso: lugares donde desarrollarse de forma libre. Es parte de la democratización de internet. Pero conviene recordar que la distancia entre escribir para uno mismo y escribir para todos es, en el fondo, una cuestión de audiencia, no de calidad.
Anaïs Nin escribía para sí misma con tal ferocidad que acabó siendo lectura imprescindible. Kafka le pidió a Max Brod que quemara sus manuscritos. Ninguno de los dos habría sobrevivido al algoritmo de recomendación de una plataforma digital, y sin embargo ambos son literatura. Lo que esto nos dice sobre qué hace literario a un texto es más complejo de lo que parece a primera vista.
Lo interesante del blog, ese formato que muchos dieron por muerto antes de tiempo, es que obligó a sus mejores practicantes a algo que los talleres de escritura creativa difícilmente enseñan: la regularidad sin red de seguridad. Publicar todas las semanas o con cierta periodicidad supone un ejercicio de constancia que pule la pluma, porque para ser escritor sin duda hay que escribir. Aunque nos sorprenda, hoy vamos a hacer un repaso por escritores que comenzaron así… en un blog y que llegaron a ser publicados por editoriales.
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Hernán Casciari El caso más cinematográfico, si se puede hablar así de la literatura, es el del argentino Hernán Casciari. En 2003 creó un blog que fingía ser el diario de una ama de casa argentina emigrada en España. Marga, su narradora, hablaba de la crisis, del exilio, de los hijos y del marido inútil con una precisión tan descarnada que nadie tardó mucho en preguntarse si aquello era real. La frontera entre la ficción y el documento, tan cara a directores como Welles —que ya jugaba con ella en Fraude (1973) hasta el punto de convertir al espectador en funambulista de la duda—, se convertía aquí en el juego central. No era verdad, o no del todo, pero eso es lo que hace la buena literatura desde siempre: instalarte en la duda sobre lo que estás leyendo. Los comentarios de los lectores no contaminaban el texto; lo completaban, lo hacían crecer en una dirección que ningún proceso editorial solitario habría permitido. La escritura, por primera vez en siglos, volvía a tener algo de oral, algo de la plaza pública donde el narrador medía en tiempo real si su historia funcionaba.
Más respeto, que soy tu madre acabó siendo novela publicada en España y luego en Argentina. Pero Casciari fue más lejos, y ahí está lo verdaderamente subversivo de su trayectoria: fundó su propia editorial, Orsai, prescindiendo del intermediario tradicional, financiando sus publicaciones directamente a través de suscriptores. El blog no fue el trampolín hacia el sistema editorial; fue la demostración de que el sistema podía saltarse. Eso, en un sector tan resistente a la innovación como la industria del libro, tiene una dimensión casi política que sus contemporáneos tardaron en procesar.
Andy Weir
Julie Powell
Powell se convirtió en el símbolo de algo que el mundo editorial tardó en procesar: que la audiencia podía construirse antes del libro, y no después. Que el orden tradicional —primero escribes, luego buscas lectores— podía invertirse (nos suena mucho esta premisa a los escritores actuales). Y que esa inversión no necesariamente empobrecía el resultado literario.

Mark Manson
La pregunta que este caso abre es incómoda pero pertinente: ¿es eso literatura o es marketing ejecutado con talento? ¿Acaso la diferencia importa si el texto transforma a quien lo lee? Welles se hacía preguntas parecidas en Fraude cuando preguntaba si el falsificador que recrea con perfección técnica una obra de arte merece o no el título de artista. La respuesta que daba, o más bien la respuesta que se negaba a dar, sigue siendo válida. Quizás la diferencia entre literatura y comunicación eficaz sea más pequeña de lo que nos gustaría admitir, y quizás esa incomodidad diga más de nosotros que del texto.
Defreds
En España el fenómeno tomó formas distintas y más cercanas al verso. José Ignacio Pérez Fajardo, Defreds, construyó su voz primero en la red, con una poesía directa y emocional. Sus lectores, sin embargo, llenaron auditorios y agotaron ediciones, demostrando que la poesía, ese género que supuestamente agonizaba desde hace décadas, seguía viva siempre que encontrara el canal adecuado para llegar a quien la necesitaba. El debate sobre si eso es poesía o no es, en el fondo, el mismo debate que abrió Welles cuando preguntaba qué es el arte y quién tiene derecho a serlo. ¿Lo determina el origen, el proceso, el resultado, o simplemente el lector que lo recibe y lo hace suyo? Porque si hay algo que el blog demostró a lo largo de dos décadas de existencia es que el lector existía antes de que el sistema editorial decidiera dónde colocarlo, y que ignorar esa evidencia tenía un coste.
🔻🔻Así, el blog fue el futuro de la literatura, puso las bases de algo que sufrimos hoy en día los escritores: lectores. Porque tener seguidores o lectores en el lugar donde escribas supone ventas, y eso pone contentas a las editoriales. Actualmente la búsqueda del editor en parte pasa por estas premisas, por escritores que tienen comunidad, seguidores y lectores, porque la fórmula funciona y las ventas son casi aseguradas. En resumen, lo que parecía al principio una fuente de nuevas voces mutó en una forma de mercantilizar las letras en internet.
Queda, por supuesto, la pregunta sobre qué ocurre ahora cuando el blog como formato ha sido desplazado por Substack, los hilos de Twitter o el vídeo de treinta segundos; si los mecanismos que hicieron posible la trayectoria de Casciari o de Powell siguen funcionando en un ecosistema donde la atención se mide en segundos y la profundidad es un lujo que los algoritmos penalizan. La respuesta honesta es que no lo sabemos todavía. Lo que sí sabemos es que la escritura que ha sobrevivido a todos los cambios de soporte, desde el pergamino al códice, del códice al libro impreso, del libro impreso a la pantalla, no ha sobrevivido por adaptarse al medio, sino por tener algo que decir que valía la pena leer independientemente de cómo llegara. Eso, que parece una obviedad, es en realidad la única certeza que tenemos. Y con esa certeza, paradójicamente, es suficiente para seguir escribiendo.
Escrito por Ainhoa Escarti.
