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Esfacteria, cuando los espartanos se rindieron

Por Historicon @elhistoricon

" Regresa con este escudo, o sobre él". Esta frase atribuida a una madre espartana equipando a su hijo resume de forma extraordinaria la mentalidad de los espartanos en combate. Regresar sin el escudo equivalía a haber huido de la batalla (el escudo de los hoplitas griegos, llamado hoplon, era muy pesado, por lo que lo primero que hacían los que huían era desembarazarse de él), y regresar sobre él era igual que morir en la batalla de forma heroica (en caso de ser herido o morir, y siempre que se encontrasen cerca de su base, el escudo servía de camilla improvisada para transportar el cuerpo, pero esta práctica sólo se aplicaba a los que habían destacado en la lucha). Así pues, la frase que encabeza este artículo equivaldría a " vuelve victorioso o muerto ".


La rendición no era una opción a considerar por los espartanos, pues hacerlo equivalía al rechazo social de sus conciudadanos. Por eso se cree que ningún ejército de Esparta se rindió jamás; pero esa creencia es errónea. En el año 425 a.C., en la isla de Esfacteria, un ejército de hoplitas espartanos se rindió ante los atenienses en los primeros compases de la Guerra del Peloponeso. Y lo más llamativo de todo es que las tropas de Atenas estaban compuestas en su mayor parte por infantería ligera. De este modo, la Batalla de Esfacteria no sólo supuso la primera vez que los espartanos se rindieron, sino que también fue la primera vez que la infantería ligera griega logró vencer a la infantería pesada.

Las estrategias al comienzo de la Guerra del Peloponeso

En el año 431 a.C. estalló la Guerra del Peloponeso por la supremacía dentro del mundo helénico. Por una parte estaban Atenas y sus aliados, coaligados en la llamada Liga de Delos, y por otro Esparta y los suyos se unían en la llamada Liga del Peloponeso. Largos años de desencuentros y rivalidades entre estas dos ciudades desembocaban en una lucha a muerte en la que sólo podría quedar uno. Sin embargo, esta guerra supuso a la postre el fin del esplendor griego en el Mediterráneo. El conflicto devastó regiones enteras, se destruyeron ciudades por completo y marcó una etapa en la que las guerras civiles entre ciudades se convirtieron en algo cotidiano.

La estrategia de ambos bandos en esta primera fase de la guerra (llamada Guerra Arquidámica) era simple y se basaba en sus puntos fuertes. Esparta, sabedora de que su ejército no tenía rival, lanzaba continuas ofensivas en tierra. En sus incursiones en la región de Ática, saqueaban todo lo que podían, devastaban campos y tierras de cultivo y amenazaban a la propia ciudad de Atenas, mientras sus habitantes sólo podían contemplar desde detrás de sus muros cómo sus cosechas eran destruidas. Estas invasiones no duraban mucho, ya que los espartanos debían regresar a sus tierras para la cosecha y para controlar a los ilotas, sus esclavos. Además de usar esta táctica, Esparta se dedicaba a atizar el fuego de la rebelión en las ciudades aliadas de sus enemigos, confiando en que un levantamiento a gran escala debilitara a los atenienses.

Atenas por su parte, sabedora de que su ejército no era rival para los bien entrenados espartanos, se mantuvo a la defensiva en tierra y confió en su punto fuerte: la flota. Escuadras de barcos atenienses partían sin cesar atacando las costas del Peloponeso, controlando los conatos de rebelión en sus aliados y financiándose mediante el tributo de sus colonias. Continuó con el comercio, a la vez que debilitaba el de sus enemigos. No sufriendo mucho por las invasiones espartanas debido a su corta duración (la más larga apenas se prolongó por 40 días) y a la capacidad de abastecerse por mar, los atenienses confiaban en estrangular la economía de sus enemigos como forma de asegurarse la victoria.

La flota que se refugió de una tormenta

En la primavera del año 425 a.C., y fieles a su estrategia, los espartanos ayudaron a la ciudad siciliana de Mesina a rebelarse contra Atenas a la vez que sus tropas, al mando del rey Agis, invadían la región de Ática. Como ya hemos visto, los atenienses se refugiaron tras sus murallas sabedores de que no tendrían problemas para abastecerse gracias a su poderosa flota. A la vez, y para controlar el conato de rebelión en Sicilia y en la isla de Corcira (la actual Corfú), una escuadra de 40 naves atenienses partió hacia allí al mando de los generales Eurimedonte y Sófocles. A ellos se unió en el último momento el general Demóstenes.

Sin embargo, una tormenta obligó a esta flota a refugiarse en la bahía de Navarino. Esta bahía constituía un excelente puerto natural. Cerrada casi por completo (salvo dos pequeños canales) por la isla de Esfacteria, y situada a apenas 75 km. de Esparta, Demóstenes vio en el retraso una excelente oportunidad de establecer allí una base avanzada que le permitiera realizar incursiones en territorio enemigo y alentar posibles rebeliones de ilotas (los esclavos de los espartanos, que mantenían su economía). Así pues, ordenó la construcción de un fuerte en la acrópolis de la antigua ciudad de Pilos, un enclave abandonado que podía ser fácilmente abastecido por mar dado su proximidad a la costa.

El resto de los comandantes consideraban esta acción una pérdida de tiempo y dinero, pero no se opusieron a ella. En apenas 6 días, los atenienses habían terminado las fortificaciones. La flota partió entonces hacia Corcira, dejando una guarnición en la fortaleza y cinco naves al mando de Demóstenes (a la que posteriormente se unieron otras dos más de su aliado Naupacto). Naturalmente, a los espartanos no les hizo mucha gracia que los atenienses ocuparan un enclave tan cerca de ellos, así que retiraron su ejército del Ática y enviaron a las tropas a desalojar a los atenienses de sus posiciones. Llamaron también a su flota (de unas 60 naves), que en ese momento se dirigía a Corcira, para apoyar la acción. Estaba a punto de comenzar un asalto anfibio, un tipo de maniobra extremadamente raro en la antigüedad.

El ejército espartano se basaba principalmente en los espartiatas, la élite de la ciudad entrenada desde su niñez para ser unos feroces guerreros, y en aquel momento su número era aproximadamente de unos 2.000 efectivos. El resto del ejército se componía de tropas aliadas e ilotas. Así pues, cada pérdida de uno de estos guerreros era irremplazable. De modo que para minimizar las pérdidas los espartanos optaron por una estrategia de bloqueo esperando que la falta de suministros hiciera que pronto los atenienses se rindieran. Colocó el grueso de su ejército frente a las fortificaciones atenienses, apostó la flota en los canales de acceso a la bahía para evitar que los barcos de Atenas escaparan y desembarcó una fuerza de 420 hoplitas, con sus respectivos ilotas, en la isla de Esfacteria para evitar que la fortaleza pudiera ser abastecida desde allí (de esos hoplitas, entre 120 y 180 eran espartiatas, según la fuente).

Sin embargo, el ateniense Demóstenes se había adelantado a la acción y envió dos de sus barcos a avisar al resto de la flota de la situación. Los pocos hoplitas de los que disponía (unos 60) los colocó en el punto más débil de las fortificaciones, mientras que protegía el resto con marineros. Los espartanos pronto se cansaron de no hacer nada y comenzaron el asalto. Por tierra, los espartanos se lanzaron contra las fortificaciones, y por mar las naves se iban turnando para ir desembarcando tropas. El asalto por tierra comenzó el 25 de mayo y fue fácilmente repelido (las tropas de Esparta ni siquiera habían llevado escalas, y los atenienses habían realizado un buen trabajo en las fortificaciones); por mar, sin embargo, la defensa fue más difícil: los barcos espartanos lanzaban pasarelas por las que desembarcar a las tropas, por lo que los atenienses trataban de empujarlas mientras les lanzaban toda clase de proyectiles. Lograron repelerlos con gran dificultad.

Al tercer día de asedio, las tropas espartanas de tierra se retiraron a buscar madera con la que construir maquinaria de asedio, mientras la flota entraba en la bahía dejando los canales desguarnecidos. Fue entonces cuando la flota ateniense, que había dado media vuelta ante el aviso de Demóstenes, apareció. Los barcos espartanos fueron cogidos por sorpresa y toda la flota capturada o hundida. Las tropas espartanas de la isla de Esfacteria se encontraron entonces totalmente aisladas y sin posibilidad alguna de escapar o ser abastecidos, pues la victoriosa flota ateniense se desplegó para evitarlo. Los espartanos se encontraban en una situación desesperada.

Esparta pidió una tregua y envió emisarios a Atenas, dejando en garantía lo que quedaba de su flota. Comenzó entonces una dura negociación. Los espartanos querían recuperar el contingente de la isla a toda costa debido a la escasez de hombres en su ejército, y para ello ofrecieron entregar a los atenienses 60 trirremes y acabar con las incursiones en el Ática a cambio de que las tropas atrapadas pudieran regresar a Esparta. Durante la tregua, los atenienses permitieron que se enviara a la isla una cantidad fija de alimentos y vino (curiosamente, a cada hoplita le correspondía el doble de lo que recibía un ilota).

La facción ateniense que encabezaba Cleón exigió a los espartanos que, además de los barcos, debían entregar los puertos de Megara y Trecén, así como la región de Acaya. En realidad, Cleón sólo buscaba hacer encallar las negociaciones para poder humillar a los espartanos capturando y matando a sus tropas de Esfacteria. Los emisarios espartanos no aceptaron las condiciones que se les ofrecían y abandonaron Atenas, y los atenienses se negaron a devolver las naves espartanas dejadas como garantía. Como el envío de comida a los sitiados se había interrumpido, los espartanos trataron de abastecerlos con la ayuda de nadadores.

En realidad, los atenienses no estaban en mucha mejor posición que los espartanos. Los bosques de la isla de Esfacteria no permitían a los sitiadores saber cuántos ni dónde estaban situados los espartanos, por lo que no se atrevían a atacar. Además, tampoco les resultaba fácil abastecer la flota y la guarnición de Pilos, y la llegada del invierno amenazaba la presencia ateniense allí. Tras más de cincuenta días desde que los hoplitas espartanos quedaran atrapados en la isla, la situación estaba estancada. Fue entonces cuando un incendio fortuito (producido por un fuego de campamento mal apagado) quemó durante dos días gran parte de la vegetación de Esfacteria, dejando al descubierto la posición de los espartanos. Cuando la noticia llegó a Atenas, Cleón se jactó de rendir a las fuerzas sitiadas en menos de 20 días. Sus detractores le desafiaron a hacerlo. La batalla era inminente.

Las fuerzas espartanas estaban divididas en tres contingentes. El grueso de sus tropas estaba en el centro de la isla, custodiando un pozo salobre que era la única fuente de agua, y el resto se encontraba en dos puestos avanzados, uno a cada extremo, vigilando los movimientos de los atenienses a través de los canales. En total eran 420 hoplitas y 400 ilotas, que luchaban como infantería ligera. Las fuerzas atenienses ascendían a unos 800 hoplitas, unos 2.000 hombres de infantería ligera (entre arqueros, honderos y peltastas) y unos 7.000 remeros. A esta fuerza había que añadir otros 800 soldados mesenios que buscaban liberar su región de los espartanos. La ventaja numérica era ateniense, pero las fuerzas espartanas eran consideradas las mejores de Grecia.

El 10 de agosto, antes del alba, el primer desembarco tuvo lugar al sur de la isla. Los atenienses tomaron el puesto avanzado espartano por sorpresa y acabaron con todos. Poco después, el grueso de las tropas atenienses desembarcó en el centro de la isla, encontrándose la falange espartana ya formada y dispuesta a luchar. Las tropas ligeras atenienses tomaron los puntos elevados a ambos lados de la falange, masacrando a los espartanos con flechas, jabalinas y proyectiles de honda e impidiendo que salieran a luchar contra los hoplitas atenienses (que se mantuvieron quietos durante toda la batalla). El incesante bombardeo acabó con la vida del general espartano Epitadas, así que el resto de las tropas decidieron replegarse hacia el norte, a las ruinas de un fuerte abandonado, sin dejar de ser acosados por las tropas ligeras atenienses.

Teniendo en cuenta que el número de proyectiles lanzados era muy elevado, las bajas espartanas eran pocas. Sin embargo, estaban en una posición desesperada. Rodeados, sin agua ni comida, pero con la protección de un barranco tras ellos, los espartanos decidieron permanecer y resistir allí. Fue entonces cuando las tropas mesenias ascendieron el barranco a través de un pequeño sendero y terminaron de rodear a las tropas espartanas por todas partes. Los generales atenienses no querían una masacre, de modo que hicieron una oferta de rendición. El comandante espartano no quería tener la responsabilidad de la decisión, por lo que pidió enviar un emisario a Esparta para pedir instrucciones. La respuesta de la ciudad no tardó en llegar: " Esparta os ordena que toméis vuestra propia decisión, siempre que sea honorable ". La decisión que tomaron en común fue tirar sus armas y rendirse. Nunca antes ningún ejército espartano había hecho algo así, pues siempre habían preferido la muerte antes que el deshonor. Tras cincuenta días en la isla (de los que sólo veinte recibieron alimentos) y un total de 128 bajas (los atenienses tuvieron menos de 50), un ejército espartano se rendía por primera vez en la historia.

El impacto de la noticia en las ciudades griegas fue inmenso. Se había roto el mito de la invencibilidad de las tropas espartanas. También se había demostrado que con tropas ligeras, fáciles y baratas de equipar, podía derrotarse a tropas más pesadas basándose en la versatilidad y la movilidad. Los 292 supervivientes espartanos fueron llevados a Atenas, donde sufrieron la vergüenza de haberse rendido hasta el año 421 a.C. en que se acordó la Paz de Nicias. Cuentan que uno de los espartanos fue preguntado por los atenienses si creía que sus compañeros muertos en la batalla eran más valientes, a lo que contestó: " Mucho sería de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines ". Fue el único consuelo que les quedó, haber sido derrotados por enemigos que atacaban a distancia con piedras y flechas, no cuerpo a cuerpo.


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