Algo de todos nosotros se esta perdiendo en el tiempo, esa necesidad imperiosa de cuidar a nuestros niños sigue presente en el imaginario colectivo, pero no logramos hacerlo.
En los últimos 40 años de democracia ininterrumpida logramos un gran triunfo: la ampliación de derechos y presupuestos en políticas para la infancia y la adolescencia, pero el resultado es vacuo. Sin importar el esfuerzo que hacemos como Estado y como sociedad los números son crueles al soltarnos a la cara la realidad: nuestros niños son pobres y su educación se deteriora.
Nos diría Jorge Drexler con su música hermosa: el velo semitransparente del desasosiego / Un día se vino a instalar entre el mundo y mis ojos / Yo estaba empeñado en no ver lo que vi, pero a veces, la vida es más compleja de lo que parece.
La pobreza infantil castiga duramente a los chicos de entre 0 y 17 años: los niveles de pobreza son superiores al 60% y más aterrador resulta ver, que más de cuatro millones de nuestras niñas, niños y adolescentes, debió dejar de comer al menos una de las cuatro comidas principales.
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