
Desde la cumbre del Cerro de San Pedro, con la Cuerda Larga al fondo.
El Cerro San Pedro sabe mucho del mundo porque ha vivido la historia desde su modesta altura de mil cuatrocientos veinticinco metros, apenas cuatrocientos de desnivel desde el inicio de la subida junto a la desvencijada edificación que preside su falda. El Cerro San Pedro se sabe un pequeño pico en medio de las inmensas alturas de las que ha oído hablar a sus visitantes.
Cuando yo subo hasta su cima nunca le recuerdo su tamaño, prefiero resaltar la grandiosidad de su redondez, la majestuosidad esbelta de las dehesas que se extienden como raíces desde su falda, de la pequeñez veloz del tren que sale de sus entrañas camino de Segovia, del brillo de vida que germina cada instante en la multitud de sus enebros y más arriba del sosiego en apagada luz que entregan las escasas retamas que encontramos a nuestro paso más arriba del Cerro de la Prestancia.
Y desde la cumbre, el túmulo altivo construido en piedra sobre el que se yergue silencioso y pausado el vértice geodésico reclama para su cúspide un momento de atención y de agradecimiento. Desde allí, las vistas hacia Gredos son extensas, hacia las llanuras de Madrid y los embalses intermedios aparecen brillantes de frondosas encinas y de continuado verdor, la vista se extiende más allá del monte Abantos y las Machotas sobre El Escorial, la Sierra de Guadarrama en otra dirección con Ayllón al fondo y sierras y más sierras… y valles y pueblos y puertos y collados…
El Cerro de San Pedro es inmenso en su pequeñez, luminoso y transparente porque entrega el mundo a la vista del paseante que llega hasta su cumbre; el mundo entero, como si fuera un cajón de verde y de luz, de promesas y de libertad, de igualdad y de paz, de canciones y de trinos, de constancia y de esfuerzo, de trabajo y de oración, de silencio y de sosiego…
Javier Agra.
