
Los primeros planos de Extraño río (2025) nos muestran imágenes de árboles y sus hojas difuminados por la velocidad con la que va la bicicleta del protagonista, Dídac -Jan Monter, nominado al Goya al mejor actor revelación-, e inevitablemente nos acordamos de los impresionistas y sus vibrantes pinceladas que buscaban captar el momento antes que registrar fielmente la realidad. En esa primera secuencia, Dídac mira de reojo a la cámara, como lo han hecho muchos modelos en la historia del arte, creando una conexión íntima con el espectador. Poco después, Dídac y su familia se bañan en un río y bajo el agua aparece un misterioso cuerpo desnudo que nos hace pensar en los niños en la playa de Sorolla. El cuerpo desnudo es uno de los temas más presentes en la historia de la pintura y en esta ópera prima cinematográfica de Jaume Claret Muxart -nominado al Goya a la mejor dirección novel- es el núcleo estético y dramático, porque Dídac, de 16 años, está descubriendo su sexualidad. El realizador catalán, junto al director de fotografía Pablo Paloma, apuestan por un look visual pictórico en esta película rodada en 16 mm y el resultado es precioso, sobrecogedor y atmosférico. El argumento, que firman el propio Claret Muxart y Meritxell Colell, nos cuenta el viaje de una familia desde la perspectiva adolescente de Dídac. Viajan sus padres -Nausicaa Bonnín y Jordi Oriol- y sus hermanos menores -Bernat Solé y Francesco Wenz- y como en toda familia, hay momentos compartidos y momentos íntimos, de reflexión, en los que el viaje es interior. Dídac está revuelto por dentro por las dudas, el deseo y las primeras frustraciones amorosas, y todo esto lo expresa Claret Muxart a través de las interpretaciones y los diálogos, pero también utilizando el lenguaje cinematográfico de una forma tan hermosa como narrativamente eficaz. En una secuencia, Dídac camina por el camping en el que su familia hace noche. La cámara adopta su punto de vista, está oscuro y el fondo casi no tiene luz. Un joven se cruza en su camino, pero no lo vemos, porque su identidad no importa. Su contorno es borroso porque solo es un cuerpo, una tentación sexual para Dídac, que pronto desaparece del plano. Enseguida, sin corte, aparece de fondo otro joven, también borroso, que parece llamar a Dídac. Pero este siente miedo y huye. El desconocido le sigue, pero también desaparece. Más que personajes entrando y saliendo de un plano secuencia son manchas impresionistas que surcan la mente de Dídac reflejando sus miedos, sus anhelos, su deseo sexual. El trabajo visual de Claret Muxart y Pablo Paloma es sobresaliente, en una película que acaba abandonado lo narrativo y el tono costumbrista para dejarse llevar por las imágenes y las sensaciones del viaje que hace Dídac por ese río que sirve de metáfora, claro, de la propia vida. En su segundo tramo, Extraño río se expresa a través de imágenes misteriosas, de miradas y silencios entre los personajes, que acaban haciéndonos reflexionar y que demuestran que una mirada profunda no requiere necesariamente de profusos diálogos o excesos interpretativos. Las imágenes también cuentan la historia y quizás son más efectivas.
