El último fin de semana de Fantasia Festival ofrece las proyecciones finales regresando a los cines Concordia Hall y JA de Sève, con proyecciones y eventos adicionales en el Cinéma du Musée de Montreal. Pendientes todavía de los Premios del Público, que se darán a conocer la próxima semana tras el recuento de votos, y que incluiremos en nuestra crónica dedicada a los premios de esta 30ª edición del festival en cuanto se conozcan, los espectadores locales y los visitantes que han disfrutado de estas dos semanas y media han disfrutado del ambiente que este tipo de muestras consiguen crear. Fantasia Festival tiene la peculiaridad de ser un festival largo que es complejo cubrir durante tanto tiempo, pero nuestra selección de unos cincuenta películas que han formado parte de la programación ofrece una panorámica adecuada del nivel conseguido este año. En esta penúltima crónica, nos acercamos a los de demonios interiores a través de películas de diferente procedencia y género, pero que tienen en común una mirada a lo más profundo de la psicología de sus personajes.

God skin
Paween Purijitpanya
Tailandia 2026 | 127' | Horizon | ★★★☆☆
Con un estreno previsto para finales de agosto en Tailandia, esta ambiciosa producción cyberpunk de luchas clandestinas ofrece todos los ingredientes necesarios para convertirse en un éxito, aunque a veces transmite la sensación de que no tiene muchas cosas que decir más allá de una notable coreografía de luchas, creadas por Panna Stunt Team, los responsables de los combates en la exitosa franquicia que se inició con Ong Bak: El guerrero Muay Thai (Prachya Pinkaew, 2003). Al comienzo de esta historia, Marwin (Sutthirak Subvijitra) es un joven repartidor de Bangkok cuyo trabajo apenas le alcanza para pagar el alquiler, y mucho menos para permitirse las medicinas que necesita su madre enferma. Cuando una de las entregas a domicilio es en el Mirage Stadium, un lugar frecuentado por apostantes y luchadores, el joven se reencuentra con su amigo Itt (Itkron Pungkiatrussamee) y su ex-novia Praewa (Phantira Pipityakorn), que trabajan en las peleas que se llevan a cabo en la arena, a la manera de los gladiadores romanos. Marwin siempre ha sido un buen luchador, así que acepta la propuesta de introducirse en este mundo de combates cuerpo a cuerpo para afrontar las deudas y poder mantener a su madre. La característica distintiva de Mirage es que cada luchador recibe un tatuaje especial conocido como God Skin, que permite a los espectadores introducir nanobots que restauran la fuerza de los competidores y reproducen habilidades de diferentes espíritus de animales. De manera que un luchador puede adquirir la fuerza de un león frente a la astucia de un tigre en otro de sus competidores, aunque el uso excesivo de estos nanobots acaba produciendo daños irreparables en los cuerpos de los luchadores. Hay algunos elementos de comentario social en la descripción de la vida del protagonista, perteneciente a una clase social baja a la que le resulta casi imposible penetrar en la escalera social, excepto a través de sacrificios personales. Pero esta vertiente más crítica tampoco está demasiado desarrollada y God Skin (Paween Purijitpanya, 2026) se entrega principalmente a la elaboración de escenas de luchas que tienen lugar en la arena, no especialmente sangrientas pero bien coreografiadas. El añadido de los espíritus de animales y la sensación de realidad virtual que adoptan algunos de los combates aporta elementos visuales más espectaculares, pero siempre da la sensación de que se está reproduciendo la textura visual de los videojuegos, desde Virtua Fighter (1993, Sega) hasta Street Fighter (1987, Capcom). También hay que señalar que la versión proyectada en Fantasia Festival no estaba terminada: los efectos visuales sin acabar (todavía se podían ver los cables que impulsaban a los luchadores), y la banda sonora estaba formada sobre todo por temp tracks de otras películas, una técnica habitual para dar ritmo al montaje antes de incorporar la banda sonora original.
Quizás por esta circunstancia nos hemos podido perder algo de la espectacularidad de las secuencias de acción, pero en todo caso la narrativa de la película es clara. La intención del director Paween Purijitpanya (1978, Tailandia), que había estrenado anteriormente en el festival uno de los segmentos de la película antológica Phobia (4BIA) (Banjong Pisanthanakun, Paween Purijitpanya, Yongyoot Thongkongtoon, Parkpoom Wongpoom, 2008), parece ser la de introducir a su protagonista en un sistema en el que conforme avanza en la competición está cada vez más atrapado, aunque en su caso tiene una cierta libertad para elegir, que sin embargo acaba siendo falsa, como la elección de la que se supone que disponen los ciudadanos de cualquier sociedad, aunque en realidad se encuentren igualmente atrapados por sus circunstancias vitales. Para Marwin, su libertad de salir del círculo de las luchas supondría el abandono de la estabilidad de la enfermedad de su madre, de manera que su decisión siempre es seguir combatiendo en la arena, especialmente cuando encuentra al patrocinador Nerdass (Tanawat Cheawaram), un personaje que alivia, a través del sentido del humor, los momentos dramáticos de la historia. God skin también pierde en el tercer acto algo del efecto que ha ido construyendo a lo largo de la trama, aunque introduzca algún giro de guión que pretende ser sorprendente e incluso cruel, desvelando la verdadera naturaleza de los combates que se celebran en Mirage Stadium. Pero aunque estas decisiones de un guión elaborado por tres guionistas pretendan aportar cierta profundidad al comentario social, en realidad acaba siendo absorbido por el interés en ofrecer una espectacularidad más superficial, y ese es uno de los defectos de una película lo suficientemente intensa en lo visual, pero decepcionantemente plana en sus elementos más narrativos.

Ancestral beasts
Tim Riedel
Canadá 2026 | 102' | Septentrion Shadows | ★★★☆☆
Como muchos otros países, Canadá se enfrenta constantemente a las huellas de un pasado en el que los abusos sistematizados contra las poblaciones indígenas nunca terminan de encontrar una reparación adecuada. En Canadá concretamente hasta 1998 permanecieron abiertos siniestros internados controlados por la iglesia católica, a los que eran llevados los niños literalmente secuestrados de sus familias por las autoridades, bajo pretexto de ofrecerles una educación, pero en realidad como parte de un proceso premeditado de aniquilación cultural de la identidad indígena. El director Tim Riedel (1978, Canadá) pertenece a la nación Métis de Red River, y su propia familia ha experimentado en el pasado este tipo de traumas, que ha trasladado a una película de género en la que precisamente la huella generacional de los abusos forma parte de la esencia principal de la historia. La protagonista es Elyse Poitras (Morgan Holstrom), una joven que no ha conseguido recuperarse de la muerte de su madre hace cuatro años, lo que unido a los conflictos constantes con su hermana Nikki (Darla Contois) la llevan a tomar la decisión de regresar a una antigua cabaña perteneciente a su tía, situada en un bosque más o menos aislado, en el que sin embargo tiene como vecino a Max (Josh Strait), un tipo bastante insoportable y racista. El aislamiento que se supone que le proporcionará una mayor tranquilidad, sin embargo, comienza a transformarse en una pesadilla cuando Elyse descubre un extraño agujero debajo de la cama que se introduce en los cimientos de la casa, una representación de sus propios miedos interiores, sobre todo cuando tiene que enfrentarse a la criatura que habita el agujero. El terror como reflejo de los traumas personales y la enfermedad mental representada a través de un monstruo son recursos relativamente habituales, pero el director comentaba en una entrevista que no cree que la alegoría del trauma y el terror sea un elemento diferente al que tienen la mayor parte de las películas del género, y por tanto no se trata de una tendencia demasiado utilizada en la actualidad. Lo que tiene Ancestral beasts (Tim Riedel, 2026) es que sabe delimitar bien las fronteras entre el terror que experimenta la protagonista y la mirada interior a través de un trauma generacional que es asumido de diferente forma por ella y por su hermana. Conforme Elyse conoce mejor el comportamiento de esta criatura, también la asume como una parte de sí misma, encontrando los puntos de conexión igual que el trauma emocional debe ser asumido para convivir con él, más que combatirlo. En el desarrollo de la historia es donde encontramos algunos de los principales desequilibrios de la película, que tiene una idea clara pero no termina de definirla con la precisión necesaria. La creación del personaje del vecino Max es uno de los elementos más superficiales, como una especie de representación algo burda de la mirada occidental, que no termina de traspasar el dibujo meramente caricaturesco de una metáfora poco sutil.
En lo que sí acierta Ancestral beasts es en la creación de un monstruo que necesariamente debe adoptar forma física para que funcione como historia de terror, pero lo hace de una manera que consigue representar solo una parte de este horror corporal, de manera que no se muestra como una forma completa, sino como una parte de ella. Esto le permite al director utilizar la alegoría con un sentido mucho más complejo, provocando que la amenaza no solo sea externa, sino también interior. Las puertas parecen dejar paso a diferentes rincones de la memoria, y cuando revela aspectos del pasado, y sobre todo de la relación entre la madre y sus hijas, esta información adquiere una dimensión mucho más complicada de lo que parece en un principio. Hay buenas ideas en la película que quizás no están del todo desarrolladas, pero le beneficia la posibilidad de haber contado con un presupuesto medio frente a la intención primera de producir la película con recursos propios. Esto provoca que Ancestral beasts traspase la frontera del cine independiente para sentirse mucho más compacta en la forma de poner en escena la historia, y la aportación de algunos de los programas de producción y narrativa dirigidos a cineastas indígenas que existen en Canadá proporciona la oportunidad a los directores noveles de afrontar sus historias en las condiciones más apropiadas. El tercer acto es un poco más previsible y la aparición de la hermana Nikki parece un recurso para impulsar los acontecimientos que le suceden a la protagonista, al igual que algunos personajes secundarios parecen solo pretextos para incorporar víctimas propiciatorias para demostrar que el monstruo no es solo interior, sino que también provoca daños reales. Pero en general la película consigue elaborar un tipo de horror que se encuentra más allá de las habituales atmósferas inquietantes, y que acaba formando parte de la narrativa de una forma que conecta adecuadamente con los traumas generacionales que siguen azotando a las poblaciones indígenas en Canadá.

Romin
Anthony Dionne, Jassen Charron
Canadá 2026 | 97' | Les Fantastiques Week-ends du Cinéma Québécois | ★★★☆☆
Sigue siendo habitual que se estrenen durante el verano películas o series de aventuras para un público juvenil, una práctica que continúan alimentando las televisiones públicas de los países nórdicos, este año con el estreno de Summer of 1985 (SVT, 2026), miniserie basada en un libro del conocido autor sueco John Ajvide Lindqvist, autor de la novela Déjame entrar (2004, Ed. Espasa). Las características de estas historias suelen ser parecidas: un grupo de amigos, generalmente adolescentes, que pasan un verano en una zona costera y se ven envueltos en una aventura que tiene reminiscencias con el pasado de la localidad. Y es exactamente el punto de partida de Romin (Jassen Charron, Anthony Dionne, 2026), una propuesta juvenil aventurera que tiene previsto su estreno en las salas de Canadá el próximo 28 de agosto y que logra adoptar ese espíritu de los relatos clásicos de aventuras, aunque la historia no está adaptada de ninguna novela, pero está claramente influida por muchas de las más conocidas. Dirigida por dos de los actores protagonistas, se trata de un proyecto independiente que supone su primer trabajo como guionistas y directores, en el que además han invertido su propio dinero, llevando a cabo una propuesta personal que tiene su origen en la ausencia de producciones de este género en una industria cinematográfica de Quebec en la que una generación como la de Anthony Dionne (1999, Canadá) y Jassen Charron (2000, Canadá) ha crecido viendo largometrajes como Matusalem (Roger Cantin, 1993) y series como Les aventures de la Courte Échelle (Télé-Québec, 1996-1997), basada en unas populares novelas publicadas por la editorial quebequense La Courte Échelle. Romin comienza como una película de piratas, en el año 1701 en Las Bahamas. Tres hermanos, con la esperanza de resucitar a su padre mediante un artefacto misterioso, se dirigen a una cueva para realizar un ritual en el que cada uno se corta la palma de la mano. Pero descubren que uno de ellos expulsa sangre negra de la herida, por no haber cumplido las reglas de la profecía, lo que les depara una maldición que traspasará el tiempo. Más de tres siglos después, el adolescente Romin (Anthony Dionne), afectado por la repentina muerte de su padre, encuentra por casualidad el artefacto en un bosque de Quebec, sin saber que trae consigo la maldición del siglo XVIII a aquel que lo toque. Romin se ve envuelto en una carrera por intentar conocer el origen de la maldición y luchar contra ella, contando con la colaboración de su hermana Maya (Rosalie Pépin), su amigo rebelde Jeff (Jassen Charron) y el joven huérfano Booker (James Edward Metayer). El primer destino es un pueblo del Norte de Quebec, donde se encuentra el arqueólogo Francis DeMario (Sylvain Larocque), que podría disponer de información sobre el artefacto, pero cuando le encuentran se dan cuenta de que también está detrás de esta búsqueda Lincoln (Emmanuel Auger), un fanático despiadado que pretende utilizar el artefacto para adquirir el poder de la eternidad. Rápidamente, se encuentran referencias en el argumento a películas como En busca del arca perdida (Steven Spielberg, 1982) o La isla del tesoro (Byron Haskin, 1950), aunque alguna de ellas no sean influencias directas de los cineastas. Trabajando como actores desde su adolescencia, los ahora directores conocen el oficio y tienen la suficiente valentía como para afrontar un proyecto de manera independiente, tan ambicioso que parte de la historia se ha rodado en Las Bahamas, donde transcurre el tercer acto, una persecución entre Romin y sus amigos y Lincoln y sus secuaces por llegar antes al origen del artefacto maldito. Esta es quizás la mejor parte de la historia, cuando se dirige hacia un conflicto claro entre los dos grupos y se centra en la leyenda de la maldición. Anteriormente, la película se siente algo desequilibrada en la manera en que introduce todos los elementos que conforman la trama que conecta con el pasado, al mismo tiempo que intenta construir el entorno del protagonista. Pero éste nunca parece lo suficientemente desarrollado, como si el guión tuviera prisa por embarcarse en la aventura, sin que la muerte del padre sea el elemento psicológico que termine por definir adecuadamente al personaje principal. En realidad, una vez que comienza la búsqueda y la persecución, los trasfondos de los personajes se diluyen para centrarse únicamente en estos elementos. Sin embargo, Romin es lo suficientemente entretenida como para no ser del todo fallida, tiene ritmo y unas hermosas vistas de las aguas turquesas de Las Bahamas, lo que le proporciona un toque de espectacularidad a la aventura. Los antagonistas son demasiado básicos, como si el enfoque a un público mayoritariamente juvenil necesitara simplificar la historia, pero Romin consigue apropiarse y transmitir ese toque aventurero que tenían las novelas de Robert Louis Stevenson o Emilio Salgari.
_____________________________________Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):En busca del arca perdida se puede ver en HBO Max, Netflix y SkyShowtime.La isla del tesoro (1950) se puede ver en Disney+.