Revista Cine

Fantasia '26 - Parte 9: La mirada asiática (II)

Publicado el 04 agosto 2026 por Enprimera

Llegamos al final de nuestras crónicas de Fantasia Festival, en una edición de cuya programación hemos reseñado unos cincuenta largometrajes y cortometrajes, como una muestra destacada de una de las citas más importantes del género fantástico que se celebra cada año en la ciudad de Montreal. Pronto llegarán las cifras de asistencia y los datos de medios acreditados, pero lo cierto es que dedicamos desde hace algunas ediciones una amplia cobertura a un festival que ofrece algunos de los títulos más destacados que posteriormente formarán parte de la programación de otras muestras cinematográficas como Sitges. En nuestra última crónica hemos querido volver a la referencia de la primera que realizamos con críticas de películas, dedicada a una selección de títulos que provienen de la cinematografía asiática, tan presente en la programación de Fantasia Festival. 

Fantasia '26 - Parte 9: La mirada asiática (II)

The mouths

Takashi Shimizu

Japón 2026 | 89' | Horizon | ★★


Uno de los nombres que sin duda ha cambiado el panorama del género de terror desde los años 2000 es el de Takashi Shimizu (1972, Japón), quien con franquicias como La maldición (2002) y El grito (2004), sus secuelas y sus remakes acabó asentando un acercamiento al género que incluso llegó a influir en la forma en que Hollywood se acercaba a él. Pero, a pesar de haber realizado algunas incursiones en Estados Unidos, el realizador ha podido permanecer fiel a su propia industria cinematográfica, construyendo una carrera que le ha consolidado como una pieza fundamental en la transformación de un género como el J-Horror que ha utilizado su fórmula para repetirla una y otra vez durante más de una década. Una de las dos películas que estrena este año es The mouths (Takashi Shimizu, 2026), inspirada en el relato corto A questionnaire about the mouths (2025), del reconocido autor de terror Sesuji, del que el año pasado se adaptó su primera novela, About a place in the Kinki region (2023) en la película Kinki (Kôji Shiraishi, 2025), que cosechó un notable éxito en Japón. El trabajo de adaptación de Takashi Shimizu ha modificado algunos aspectos importantes de la historia, ampliándola hasta encajar en un largometraje de duración estándar e introduciendo otra dimensión a algunos personajes importantes. El relato de Sesuji se estructura en torno a una serie de entrevistas a diferentes grupos de jóvenes que han tenido experiencias terroríficas cuando han seguido la senda de un árbol maldito situado en un cementerio inhóspito. Los primeros son Shota Murai (Rihito Itagaki) y sus amigos de la universidad Tatsuya (Keito Tsuna) y Mirei (Momona Kasahara), acompañados por An (Ai Yoshikawa), el personaje que más ha cambiado entre la novella y la película. Estos jóvenes se graban a sí mismos mientras cada uno de ellos se adentra por turnos en el misterioso camino que desemboca en el árbol maldito, entre las tumbas del cementerio, y por supuesto en plena noche. Pero en este caso el director alterna las declaraciones de cada uno de los jóvenes en un interrogatorio posterior con la representación visual de los acontecimientos que han ocurrido en el bosque. De manera que el relato adopta la forma narrativa que toma su título de la película Rashomon (Akira Kurosawa, 1950), para contar la misma historia desde diferentes puntos de vista, pero no todos demasiado fiables. Otro relato diferente es el que cuentan otros dos amigos, Hotta (Shuto Mori) y Kawase (Tomoki Nishiyama), entre los que hay una clara dinámica de poder y sumisión, que también hicieron su propia incursión en el cementerio, el bosque, el camino y el árbol, descubriendo la presencia de una figura terrorífica femenina, de esas que Takashi Shimizu suele ir desvelando lenta y pausadamente, apoyándose en los resortes del mejor suspense. El director evita inteligentemente los sobresaltos y los sustos, para elaborar una forma de terror mucho más sutil, la que establece un ritmo pausado en el que una presencia misteriosa parece capaz de lo más imprevisible. Pero sobre todo The mouths destaca en los relatos de los jóvenes, unos interrogatorios en los que surgen los secretos y las contradicciones, pero que están planificados de una manera magistral, con primeros planos de miradas que ven lo invisible, de oídos que escuchan lo insonoro y de bocas que expresan pavor. Este estilo de dirección puede provocar un ritmo más lento de lo habitual, y casi traslada una narración experimental, lo que dentro del género de terror es un hallazgo especialmente hábil. La investigación en torno a la desaparición de An se construye, no desde una perspectiva tradicional, sino desde las verdades (y algunas mentiras) que cuentan los amigos. Pero esta narración no lineal consigue crear una atmósfera de desasosiego que está directamente conectada con la incomodidad que provoca en el espectador. Algunos podrán sentirse frustrados por la falta de efectismos en esta película, pero es precisamente esta ausencia de lugares comunes lo que plantea un acercamiento mucho más arriesgado y, en nuestra opinión, tan logrado que hay momentos en los que las imágenes provocan escalofríos, no por lo que muestran, sino por lo que sugieren. En este sentido, el diseño de sonido de la película es otro aspecto técnico destacable, aumentando el nivel de las estridulaciones de los insectos que se alimentan del árbol, elevando el ensordecedor canto que provocan las vibraciones de las cigarras, pero también utilizando el silencio como un elemento de suspense. Cuando el tercer acto revela algunas de las medias verdades y de la manipulación a la que algunos personajes han sido sometidos, contaminando la investigación a cargo del detective Kusakabe (Shido Nakamura), se entiende perfectamente por qué el director ha elegido acercar tanto los planos a los rostros. Porque las bocas no siempre expresan lo que los pensamientos están elucubrando, porque el relato no siempre es fiable y porque el misterio quizás oculta una realidad mucho más aterradora de lo que podíamos haber imaginado.    

Fantasia '26 - Parte 9: La mirada asiática (II)

Colony

Yeon Sang-ho

Corea del Sur 2026 | 122' | Proyección Especial |

Cannes '26: Fuera de concurso


El festival suele tener una fijación por algunos directores, y en el caso de Yeong Sang-ho (1978, Corea del Sur) lo ha demostrado estrenando todas sus películas recientes, desde que hace una década presentara Train to Busan (2016), que conmemorando su décimo aniversario se vuelve a estrenar en Estados Unidos a mediados de agosto. A pesar del éxito internacional y las buenas críticas, el director coreano siempre se ha negado a ampliar el universo de su película y ha preferido explorar otro tipo de zombis, como hizo en la secuela Península (2020), con bastante menos acierto. También ha abordado el formato de series con Rumbo al infierno (Netflix, 2021-2024) y otros géneros en títulos como Revelación (2025), pero su regreso a los entornos plagados por seres humanos infectados ha despertado una mayor atención, hasta el punto que Colony (Yeong Sang-ho, 2026) tuvo su estreno mundial en el Festival de Cannes. La premisa que se incluye en esta nueva incursión en el universo de los zombis es la posibilidad de que se comporten de una manera parecida a las colonias de hormigas, cuya comunicación se produce a través de la expulsión de señales químicas, las feromonas, que establecen una conexión con el resto para intercambiar información sobre la detección de comida o incluso dar instrucciones precisas. A partir de este planteamiento, durante una conferencia sobre biotecnología el científico Seo Yeong Cheol (Koo Kyo Hwan) decide tomar venganza por lo que él considera un robo a su proyecto por parte de Kang U Cheol (Kim Jong Tae), director ejecutivo de la empresa Chains Bio. De manera que se inyecta a sí mismo la única vacuna que existe contra un virus creado por él, y al director le inocula este virus que provoca una especie de moho blanco que se expande para infectar a otros seres vivos. Si alguien está pensando en The last of us (HBO Max, 2023-) puede estar en lo cierto, pero en realidad es un concepto de contagio que proviene de la propia naturaleza, especialmente el hongo llamado Ophiocordyceps, que infecta a especies como las hormigas y las arañas para manipular su comportamiento. De esta manera, la película introduce una cierta novedad dentro del género de zombis, al incorporar a un claro antagonista que es quien controla a todos los zombis. Como en sus anteriores películas, el director desarrolla la mayor parte de la historia dentro de un entorno cerrado, en este caso un centro comercial que forma parte de un rascacielos, lo que proporciona esa sensación de claustrofobia que tan bien supo manejar en Train to Busan. Entre los supervivientes de una infección que rápidamente es aislada y confinada por las autoridades coreanas, se encuentra Kwon Se Jeong (Gianna Yun), una profesora de biotecnología desempleada que ha sido invitada al evento por su exmarido Han Gyu Seong (Go Soo) con la intención de conseguirle un trabajo, y que se convertirá en la principal protagonista. Ella detecta el patrón de comportamiento de los infectados, que no solo responden a órdenes concretas sino que se "actualizan" progresivamente, corriendo a cuatro patas primero y lanzándose contra carteles con fotografías de humanos, para ir adquiriendo mayor conciencia que les permite distinguir a las personas de sus representaciones.  

A través de este concepto de infección y evolución, Colony aborda temas como la incomunicación en nuestra sociedad, pero realmente tiene pocas que decir en torno a cuestiones relevantes. Por el contrario, el director se embarca en una frenética historia de ataques y persecuciones que, aunque ofrece explicaciones científicas que tratan de justificar el comportamiento de los infectados, puede resultar más superficial que las implicaciones políticas que se podían encontrar en títulos anteriores como la película animada Seoul Station (Yeong Sang-ho, 2016). Pero hay que reconocerle su capacidad para mantener el ritmo durante sus dos horas de duración, estableciendo primero una confrontación entre un grupo de supervivientes, con algunas características algo estereotipadas, y la horda de infectados, para ir desplazándose progresivamente hacia el enfrentamiento personal entre la científica Kwon Se Jeong y el bioterrorista Seo Yeong Cheo. Los zombis de las películas de Yeong Sang-ho siempre son violentos y agresivos, pero consigue que en Colony sus movimientos resulten especialmente intensos, gracias a una coreografía de Jeon Young que utiliza bailarines, acróbatas y contorsionistas que ofrecen una imagen absolutamente impactante de la forma en que se comportan estos infectados. El contraste entre los zombis que se comunican entre sí y actúan como una entidad única, y los supervivientes, que forman un grupo disperso en el que a veces predominan los intereses personales, es uno de los planteamientos principales de la necesidad de Seo Yeong Cheo de inocular este virus para destruir a la humanidad tal como es. Es una idea parecida a la que hemos visto en Pluribus (Apple tv, 2025-): vivir como una colonia estable que siempre actúa en beneficio del grupo o disfrutar del libre albedrío que puede desembocar en decisiones egoístas. Mientras que la protagonista tiene que enfrentarse a otra decisión difícil, entre matar al único receptor de la vacuna para evitar la expansión del virus, pero exponiéndose al rechazo de la sociedad por haber eliminado la única cura que podía haber salvado a los infectados. Las comparaciones entre Colony y Train to Busan son inevitables, pero quizás también innecesarias, ya que estamos ante otra interpretación diferente del género de zombis. Por supuesto, sale perdiendo esta última incursión, pero se trata de una propuesta lo suficientemente sólida como cine comercial como para destacar en una filmografía que ha conseguido niveles de excelencia. La película también supone el regreso de la actriz Gianna Yun al cine, después de protagonizar Asesinos (Choi Dong-hoon, 2015) y dedicarse todos estos años a las series, y el estreno en Corea del Sur el pasado mes de mayo ha supuesto un récord de taquilla, haciendo pronosticar que Colony pueda superar el éxito que tuvo Train to Busan, apoyado también en las ventas internacionales a 120 países.

Fantasia '26 - Parte 9: La mirada asiática (II)

Wind breaker

Kentarô Hagiwara

Japón 2025 | 122' | Horizon |

Con más de diez millones de ejemplares vendidos, el manga publicado por Satoru Nii en el año 2021 sobre dos bandas de pandilleros juveniles enfrentadas se ha convertido en un éxito que ha traspasado lo meramente literario, con adaptaciones como serie y como largometraje en tan solo cuatro años. Wind breaker (2021-, Ed. Penguin Libros) es un shônen (subgénero para lectores entre 8 y 18 años) que ha causado furor en Japón y con el que su autor ha dado el salto al estrellato, y que todavía continúa publicando nuevas historias. El mismo Satoru Nii aparece acreditado como creador de la posterior serie que ha adaptado su obra, Wind breaker (Crunchyroll, 2024-2025), un anime formado por dos temporadas, y a finales del año pasado se estrenó en Japón la versión con actores reales en formato de largometraje, que ahora se ha presentado en Fantasia Festival y que en el mercado internacional también estrenará la plataforma Crunchyroll. La historia está protagonizada por Haruka Sakura (Koshi Mizukami), un joven marginado desde la infancia debido a su apariencia, caracterizada por la heterocromía en el cabello y los ojos, siendo rubio y moreno al mismo tiempo, una característica que el autor del manga original afirmó que había elegido para distinguir al personaje del resto, pero que también sirve para introducir el tema del pasado de acoso escolar que tuvo el protagonista. De hecho, no confía en nadie y solo se comunica mediante réplicas mordaces y su innegable habilidad para la lucha. Le encanta pelear y ha elegido la preparatoria Furin, famosa por sus formidables luchadores, para destronar a su campeón. Recién llegado a la ciudad de Makochi, se ve envuelto de inmediato en una épica pelea con una banda de matones de Shishitoren, agentes del caos que buscan constantemente el poder sobre la población. Sin embargo, se siente sorprendido por la comunidad que forma un grupo de jóvenes con los comerciantes locales de la ciudad, a través del clan Bofurin, liderado por el estudiante Hajime Umemiya (Shûhei Uesugi), que sirve como un escudo contra las oleadas de violencia y destrucción desatadas por los matones de Shishitoren, que sueñan con tomar el control de la ciudad y de la preparatoria Furin. En la película Wind breaker (Kentarô Hagiwara, 2025), el concepto de la ciudad tiene un cierto aire a los pequeños pueblos del western norteamericano, con la calle comercial Higashikaze como un lugar de encuentro, y de hecho los primeros compases de la banda sonora compuesta por Yaffle (1991, Japón), tienen un tono folk, con guitarras eléctricas y armónica, que subraya esta referencia. Frente al deseo de Haruka Sakura de luchar para tomar el liderazgo de los Bofurin, recibe una respuesta desconcertante: el grupo no está interesado en la violencia, como otras bandas que llegan a la ciudad de Makochi, sino que se sostiene en la resistencia y el pacifismo, aunque cuando hay que luchar son los mejores. La película abarca los cuatro primeros tomos de Wind breaker, que en el anime en forma de serie ocupó una temporada de 13 episodios, y aunque es relativamente larga, llegando a las dos horas de duración, esta ambición de resumir tanta historia en un solo largometraje se hace notar en la falta de profundidad de los personajes y un cierto desequilibrio en la forma de desarrollar las diferentes tramas, desde la conversión de Sakura en un miembro de los Bofurin siguiendo sus propias reglas hasta el enfrentamiento con la banda rival Shishitoren, liderada por Kōki Yamashita (Derek Snow). La novedad del manga Wind breaker es que ofrecía una historia para adolescentes con protagonistas pandilleros que sin embargo no trataba a los personajes tan claramente como protagonistas y antagonistas, aunque se establezca un conflicto entre ellos. Y el hecho de que una de las pandillas se base en el pacifismo antes que en la violencia para resolver sus problemas aporta una perspectiva diferente a lo habitual en este tipo de historias, aunque acabe en un enfrentamiento por las calles de Makochi. La puesta en escena juega con el colorismo del manga, con los Bofurin representados con el color verde que hace referencia la naturaleza y los Shishitoren adquiriendo en la película el color amarillo, un cambio respecto a la obra original en la que el rojo era el color que les representaba. Pero aunque el director Kentarô Hagiwara (1980, Japón) intenta centrarse en los diferentes arcos narrativos de los personajes principales, algunas de sus decisiones parecen demasiado aleatorias. La dificultad de trasladar el universo de un manga o un anime a una historia con actores reales está sobre todo en dar credibilidad a los personajes y sus apariencias, que en una animación pueden tener cierta justificación, pero resultan más ridículas en imagen real. Y no siempre Wind breaker consigue que sus personajes se sientan como algo más que representaciones más o menos fieles a los personajes de la historia original. En el apartado de las luchas, funcionan bien las coreografías, pero hay una falta de experiencia en la dirección de estas secuencias, a veces tomando planos más cercanos que no terminan de encajar dentro de la escena completa, y en general con poca habilidad para elaborar una propuesta visual que resulte atractiva, a pesar del colorido y una adecuada ambientación, creando un distrito comercial en Okinawa. Wind breaker capta el tono del manga, pero profundiza menos en sus personajes y elabora secuencias de lucha menos espectaculares de lo que se podría esperar, aunque se trata de un entretenimiento adecuado que tampoco toma demasiados riesgos. 

Fantasia '26 - Parte 9: La mirada asiática (II)

The Specials

Eiji Uchida

Japón 2026 | 110' | Horizon |

Fantasporto '26: Premio del Público


Desde el éxito de su película Midnight swan (2021), el director Eiji Uchida (1971, Brasil) ha llevado una carrera tan prolífica que el año pasado estrenó tres películas y este año también ha dirigido otras tres, dos de las cuales se han presentado en Fantasia Festival. La más comercial es The Specials (Eiji Uchida, 2026), una comedia que hace constantes referencias al género de yakuzas, mezclándolo con una especie de comedia social al estilo Full Monty (Peter Cattaneo, 1997). La excusa para este planteamiento tan singular es más o menos sencilla: un miembro de la yakuza llamado Kumashiro (Kippei Shîna) contrata a cuatro asesinos independientes para eliminar al jefe Honjō (Renji Ishibashi), el poderoso líder del sindicato rival Honjō-gumi. Hasta el momento, ejecutar el asesinato ha sido complicado porque Honjō usa frecuentemente dobles, lo que genera constantes dudas sobre su paradero. Sin embargo, Kumashiro ha descubierto una debilidad en su rival: Honjō jamás faltará a la actuación de su nieta  en una competición de baile. El improbable plan consiste en que los asesinos, todos ellos inexpertos en coreografía excepto Daiya (Daisuke Sakuma), formen un grupo de baile que pueda competir para llegar a la final del concurso donde, aprovechando que están sobre el escenario con Honjō sentado en primera fila, poder dispararle a quemarropa sin posibilidad de fallar. Son tantas arbitrariedades las que pueden dar al traste con el plan que éste parece inconsistente, pero en una comedia como The Specials tampoco importa demasiado. Los asesinos acabarán consiguiendo a una instructora muy particular en Asuka (Urara), una niña huérfana que considera a Daiya como un padre después de que éste la salvara de un ataque a su familia en el que él mismo había participado, traicionando a su líder. La comedia radica en la primera parte de la película en estos torpes mafiosos que son expertos asesinos capaces de disparar a su objetivo a gran distancia, pero no tienen el más mínimo talento en coordinar su pie izquierdo con su mano derecha. En esta edición de Fantasia Festival hemos visto otra muestra de mafiosos metidos a bailarines en la película Break free (Yu Nakamoto, 2026), así que parece un subgénero muy transitado últimamente por el cine japonés. En el caso de la que comentamos, hay una clara referencia a las películas yakuza clásicas, sobre todo a través de guiños procedentes de un reparto en el que encontramos algunos habituales actores de las películas de mafia de Takeshi Kitano y Takashi Miike, lo que añade una especie de capa de nostalgia hacia la época de esplendor de este género cinematográfico. Y ver a actores como Hitoshi Ozawa, que fue uno de los iconos del cine de yakuzas desde sus primeros trabajos en los años ochenta y ha dirigido varias de ellas, tratando de coordinarse con las coreografías de baile, añade un toque hipertextual al sentido del humor de la película. 
Sin embargo, The Specials acaba resultando no solo bastante previsible sino algo cursi en el desarrollo de sus personajes, especialmente en relación con la niña Asuka que le da un perfil algo infantil a la propuesta. Incluso en las coreografías que se proponen para el concurso, marcadas por otro toque nostálgico que añade la inclusión de canciones pop de los años ochenta, la presencia de dos jóvenes músicos y bailarines como Daisuke Sakuma, del grupo de J-pop Snow Man, y Yuta Nakamoto, del grupo de K-pop NCT (Neo Culture Technology), tratan de compensar las debilidades coordinadoras del resto de miembros del cuerpo de baile. Pero también parece una descarada estrategia comercial para hacer más exitosa la película. Las secuencias de acción son claras deudoras de dos de los principales referentes del director Eiji Uchida: por un lado, el cine de John Woo y por otro lado las películas de John Wick. Pero la combinación de cine de acción con muertes violentas y comedia musical con trasfondo social no termina de encajar bien, creando un híbrido bastante extraño en el que la presencia de la niña Asuka en medio de algunas secuencias muy sangrientas puede resultar un tanto incómoda. Incluso hay elementos del guión que no están lo suficientemente cohesionados, dejando el descubrimiento de Asuka de que los componentes del grupo de baile The Specials son realmente sicarios, como una especie de subtrama que no parece merecer una conclusión adecuada. El cine coreano quizás debería reflexionar sobre la  discutible introducción de personajes (y por tanto actores) infantiles en películas de alto contenido violento, no solo como elementos adyacentes, sino formando parte de las secuencias más sangrientas, porque quizás no son tan necesarios como parecen reflejar. En todo caso, The Specials puede funcionar como una comedia con sentido del humor básico que tiene su mayor virtud en la mirada admirativa hacia el género de yakuzas que tuvo momentos de mayor esplendor. Para los aficionados al cine de acción oriental, es demasiado blanda y excesivamente cursi como para resultar siquiera entretenida.

Fantasia '26 - Parte 9: La mirada asiática (II)

Suzuki=Bakudan

Akira Nagai

Japón 2025 | 137' | L'Ecran Fantastique | ★★

Hochi Film Awards '26: Mejor actor secundario (Jirō Satō)

Academia del Cine Japonés '26: Mejor Actor secundario (Jirō Satō)

Cuando a una película se la compara constantemente con Se7en (David Fincher, 1995) puede surgir cierto interés, pero también cierta aprensión hacia lo que vamos a ver. En relación con la comparación, este thriller japonés no decepciona, porque hay una evidente influencia: al igual que John Doe (Kevin Spacey) era un seudónimo que utilizaba para el personaje el nombre que se le asigna a las personas anónimas, en el caso de Tagosaku Suzuki (Jirō Satō) también resulta un nombre demasiado común como para levantar sospechas (Suzuki en japonés es tan habitual como Rodríguez en España), y todas sus escenas, más de la mitad de la película, se desarrollan en una sala de interrogatorios. Al principio, todo parece normal cuando los agentes Sara Koda (Sairi Ito) y Taito Yabuki (Ryota Bando) arrestan a un hombre sin hogar por destrozar una máquina expendedora de refrescos. Pero cuando es interrogado, Suzuki revela que es capaz de predecir lo que sucederá en el núcleo comercial de Akihabara, en el centro de Tokio. Cuando un artefacto explosivo detona en el este lugar, y una segunda bomba explota en otra zona que había descrito Suzuki, es enviado a la Unidad de Crímenes Violentos, considerado como un posible terrorista, porque afirma que otros artefactos van a seguir explotando a lo largo de toda la ciudad, aunque él no se hace responsable de ellos. Conforme se desarrolla Suzuki=Bakudan (Akira Nagai, 2025), un intenso thriller lleno de giros de guión, el extrovertido mendigo se va transformando en una figura oscura que parece disponer de información privilegiada, mientras el negociador Teruji Kiyomiya (Atsuro Watabe) y su asistente Ruike (Yuki Yamada) tratan de averiguar cuáles son las verdaderas intenciones de Suzuki y su grado de implicación en los artefactos explosivos. Ciertamente, la tensión de la película es sobresaliente, aunque la mayor parte de ella transcurra dentro de una sala de interrogatorios, con un trabajo de interpretación de Jirō Satō que ha sido reconocido en los premios de la Academia de Cine de Japón, el único galardón de las 12 nominaciones que consiguió la película. Alrededor de este personaje surgen otras subtramas que quizás alargan demasiado la duración, como la de los dos agentes de policía que lo detuvieron, o la de un veterano policía caído en desgracia, llamado Yugo Hasebe (Masaya Katô), que podría tener alguna relación con el interrogado. La película funciona perfectamente como un retorcido thriller psicológico en el que los detalles en el comportamiento y los gestos de Suzuki son incluso más importantes que sus respuestas, aunque a veces pierde el ritmo y parte del suspense. 

Uno de los problemas que surgen dentro de un guión que retuerce las tramas y elabora giros constantemente, es que la resolución no llega a ser demasiado clara, y se vuelve confusa en el tercer acto. La historia está basada en la novela Bomb (Bakudan) (2022), del autor Katsuhiro Go (1980, Japón), que fue un gran éxito de ventas, y en el que ya se destacaban las influencias de la película de David Fincher. En el terreno visual, hay un contraste interesante entre la planificación cerrada, casi claustrofóbica y opresiva, que el director Akira Nagai utiliza en la sala de interrogatorios, con las tomas aéreas para mostrar el bullicio de las zonas comerciales de Tokio donde el antagonista ha anunciado que van a explotar las bombas, estableciendo momentos de tensión y de suspense muy logrados. Dentro de una trama que se sostiene en el enfrentamiento psicológico entre Suzuki y sus interrogadores, sobre los que ejerce cierto control al elegir quién es el más adecuado para él, sabiendo que necesitan urgentemente de la información que pueda aportar, el director también deja espacio para introducir elementos relacionados con el comentario social. Para el personaje de Suzuki, el orden social establecido no existe, teniendo en cuenta la forma en que son tratadas las personas sin hogar, sufriendo una progresiva invisibilidad que él ahora subvierte al disponer de una ventaja sobre sus interrogadores. Hay que señalar que buena parte de los componentes de la Unidad de Crímenes Violentos parecen demasiado jóvenes como para ejercer funciones de tanta responsabilidad, algunos de ellos casi tienen aspecto de estudiantes en vez de investigadores profesionales. Pero algunos de estos detalles de la película que resultan inverosímiles no enturbian su capacidad para crear tensión con elementos relativamente sencillos, gracias a una buena planificación y un montaje notables. A pesar de sus defectos de ritmo, Suzuki=Bakudan es un thriller elegante y efectivo, que consigue ir más allá del puro entretenimiento para construir una red de mentiras y de medias verdades que acaban elaborando una muestra lo suficientemente sólida de cine de género. 

Fantasia '26 - Parte 9: La mirada asiática (II)

The last footage

Arkar Soe Oo

Myanmar 2026 | 88' | Horizon |


La modesta industria cinematográfica de Myanmar (Birmania) solo ofrece algunos destellos de talento, como el director taiwanés Midi Z (1982, Myanmar), con películas como The road to Mandalay (2016), que denunciaba la discriminación de la población birmana en Taiwán, y Nina Wu (2019), que recibió una Mención Especial en el Festival de Sitges, realizando una denuncia de los resortes que protegen a los abusadores en la industria del cine internacional. Pero, al margen de esas muestras, realizadas desde la diáspora, el cine que se hace en Myanmar tiene escasa repercusión internacional, producido principalmente para un mercado local a través de películas de género que no suelen estar disponibles en los mercados de fuera del país, a no ser que pasen por secciones específicas como Open Doors del Festival de Locarno. Aunque no hay muchas muestras de cine de terror, 
quizás porque el verdadero terror ya se vive en la inestabilidad política del país. En 2021, una junta militar dio un golpe de Estado, deteniendo a la presidenta Aung San Suu Kyi, hija de un conocido héroe de la revolución contra el colonialismo británico, y ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1991, cuando los galardones estaban dotados de auténtico significado. Desde entonces permanece detenida y se la ha dado por muerta en varias ocasiones, aunque en mayo de este mismo año sus abogados confirmaron que su situación había cambiado a arresto domiciliario. El ex-general golpista Min Aung Hlaing se convirtió en presidente del país en marzo de 2026, tras unas elecciones controladas por el ejército después de eliminar a todos los partidos de la oposición y controlar a los partidos que se presentaban. En medio de esta situación, el joven director Arkar Soe Oo ha producido con escasos recursos y un grupo de amigos la que se anuncia como primera película birmana de "metraje encontrado", ese subgénero del horror que puso de moda El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999), una de las referencias más claras de esta historia. Curiosamente, la otra película que el director menciona como muy influyente en el tipo de terror que quería construir es la española [REC] (Jaume Balagueró, Paco Plaza, 2007). Quizás la característica más singular de The last footage (Arkar Soe Oo, 2026) es que es una de las primeras que utiliza para justificar el punto de vista en primera persona unas gafas inteligentes que se ha comprado uno de los protagonistas, Aung Khant (interpretado por el propio Arkar Soe Oo), al que solo le vemos en tercera persona en algunos momentos. Cuando se compra unas gafas con cámara 4K Pro, el mismo formato en el que está dirigida la película, decide grabar el viaje que realiza con sus amigos Mya (Lain Maw Thee), Wa Na (Thiha Tin Aung Soe), Linn (Li Li Kyaw Khaing), Daisy (Adira Oo) y Thu Ya (Charlie Nyein) a una cabaña remota en un apartado bosque, el lugar idóneo para que aparezcan fantasmas y criaturas relacionadas con el folclore local. La intención del director es introducir al espectador en una experiencia inmersiva a través de la perspectiva en primera persona de las gafas Pro 4K, siguiendo principalmente el esquema de El proyecto de la bruja de Blair, pero no termina de conseguirlo porque esta elección de punto de vista se acaba convirtiendo en su principal desventaja. Hay que reconocer algunas ideas interesantes que pueden, o no, haber surgido de la falta de presupuesto, pero que al final acaban siendo efectivas. El director ejerce como operador de cámara, adoptando por tanto la mirada de su personaje, lo que hace que la interacción con el resto de personajes no parezca demasiado artificial. Mientras que la narrativa entre el primer acto y los dos restantes cambia de manera consistente y justificable, pasando de una estructura entrecortada que introduce elipsis para presentar a los personajes a través de los momentos que realmente interesan a la historia, mientras que, cuando se adentran en el bosque y surgen las criaturas, la narración visual se sostiene sobre todo a través de largos planos secuencia mostrados únicamente desde el punto de vista de Aung Khant, lo que por otro lado requiere que el personaje esté presente en todas las secuencias, tenga o no una función clara más que mirar los acontecimientos. The last footage, aunque consigue salvar con mayor habilidad la justificación de grabarlo todo a través del recurso de las gafas, no puede evitar caer en todos los tópicos del género de metraje encontrado, y también en todas sus flaquezas. Pero es quizás el empeño del director por aportar una puesta en escena que se parezca a la de sus referentes cinematográficos lo que acaba complicando el desarrollo de la propuesta. Sobre todo en un tercer acto en el que los supervivientes son perseguidos por un demonio local, al que se enfrentan en una secuencia final bastante amateur, ejecutada con mucha imprecisión y con un ritmo francamente mejorable. A la representación de la criatura con pocos recursos se le añade una coreografía de lucha que a veces resulta bastante ridícula, y el guión no se esfuerza demasiado en que los hilos narrativos expuestos con anterioridad terminen de encajar. Al final no le queda claro al espectador cuál es el origen ni el objetivo de la bruja, los demonios y la criatura, y la historia se siente tan empeñada en centrarse en el enfrentamiento físico que se olvida de explorar los entresijos psicológicos. A pesar de todo, The last footage no es una película descartable porque contiene algunos buenos hallazgos y resulta meritoria su pretensión de abordar un género comercial con escasos medios. El director ya tiene rodada su siguiente película, que pretende presentar a la selección del próximo Festival de Cannes, así que ambiciones no le faltan. 

_____________________________________Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):La maldición se puede ver en Prime Video.El grito se puede ver en Lionsgate+.Rashomon se puede ver en Acontra+, Filmin, Plex, Prime Video y Tivify.Train to Busan y Seoul Station se pueden ver en Acontra+, Filmin y Prime Video.Península se puede ver en Acontra+ y Tivify.Se7en se puede ver en Filmin y HBO Max. The road to Mandalay y Nina Wu se pueden ver en Filmin. El proyecto de la bruja de Blair se puede ver en Lionsgate+, Netflix, Plex y Rakuten.

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