
Entre las páginas de Ferdydurke, de Gombrowicz, parecen entrometerse de pronto unas palabras del narrador de El caballero inexistente, de Italo Calvino. Hablan de Agilulfo, protagonista de este libro, cuya voz llegaba metálica desde dentro del yelmo cerrado, como si no fuera una garganta sino la propia chapa de la armadura la que vibrase. En efecto, la armadura estaba hueca, porque Agilulfo no existía. Detrás de su máscara no había nadie, pero ninguna persona le creía. O había algo, imagino que objetaría Gombrowicz: los que los demás querían ver en este inexistente caballero que llegó icluso a robar el corazón a la altiva amazona Bradamante. En esta línea ha escrito Gombrowicz en "A propósito de Ferdydurke", texto contenido en Contra los poetas, publicado en Ediciones sequitur, Madrid, 2009:
Esto puede darse en virtud del hecho de que uno es siempre "para el otro", que el otro me imagina, que existo de manera definida solo gracias a alguien y para alguien y que existo, en cuanto forma, a través del otro.
Gombrowicz no se refiere a la consabida concepción sobre las convencionesque impone un determinado contexto social. Lo que quiere es
mostrar el contacto de un hombre con su semejante y el carácter inmediato, fortuito, salvaje de ese contacto; (...) mostrar cómo, sobre la base de esas relaciones accidentales nace la forma, a menudo una forma absolutamente inesperada, absurda.
La forma o la máscara sirve, pues, para que el otro pueda vernos, sentirnos y experimentarnos. El individuo en lo profundo de su ser depende, tal y como dice el protagonista de Ferdydurke, de la imagen de sí mismo que se forma en el alma ajena, aunque esa alma sea cretina.
En palabras de Juan Lancastre en Aire de Dylan, de Enrique Vila-Matas:
Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es. Te explican tantas veces quién eres y de formas tan distintas, que al final uno acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen de ti algo diferente. Incluso uno mismo está siempre cambiando de opiniones. Si a eso añadimos que uno se esfuerza por sorprender a los otros siendo varias personas al mismo tiempo, lo que en verdad acaba sucediendo es que terminamos no teniendo ni la menor noción de quién somos o podríamos haber sido.
La forma, según Gombrowicz en Ferdydurke, nos penetra y aprisiona no solo desde fuera, sino también desde el interior. Y es esa lucha contra la madurez, entendida como fosilización o degradación, la que emprende Pepe, el protagonista de su libro. En vano, pues todos somos irremediablemente actores. Si el artificio o la forma nos es consustancial, a lo único que, por tanto, se podría aspirar es a tomar conciencia de esta inevitabilidad. Sin embargo, piensa Gombrowicz que, aunque no podamos ser nosotros mismos, cabe desear serlo, una y otra vez, asumiendo esa rebelión tan desesperada como trágica. Siempre hay fisuras a través de las cuales se puede asomar la inmadurez, concebida esta como el lado no pulido de uno o la vida más auténtica. Escribe Ernesto Sabato en Ferdydurke (Edhasa, Barcelona, 1984):
Para Gombrowicz el combate del hombre se libra entre dos tendencias fundamentales: la que busca la Forma y la que la rechaza. La realidad no se deja encerrar totalmente en la forma, pero esa forma es siempre excedida por el caos. No hay pensamiento ni forma que pueda abarcar la existencia entera (...). Y esta lucha entre esas dos tendencias supuestas no se realiza en un hombre solitario sino entre los hombres.
De todos modos, Gombrowicz no persigue en este libro una solución. En sus propias palabras, de nuevo en "A propósito de Ferdydurke",
(...) Y claro está, no se les ocurra esperar de mí algún remedio contra enfermedades incurables como esta. Ferdydurke se limita a constatar ese íntimo desgarro entre el hombre y sí mismo - nada más.
Y termina defendiendo en este texto la literatura seria frente a la literatura fútil que pretende resolver los problemas de la existencia.
¿La literatura seria? No está ahí para facilitarnos la vida, sino para complicárnosla.
Tanto la complica, que el protagonista de su libro es un hombre de treinta años embelesado de su inmadurez ("esclavo de lo informe, un ser no pulido", que pretende "crear la forma propia que nazca del interior", dice de sí mismo en un pasaje de Ferdydurke) y en lucha constante en nombre de su madurez, una forma más de degradación.
Entre tanto, los colegiales de dieciséis años, junto a los cuales asiste a clase este hombre obligado a aparentar la edad de ellos, son tildados de ingenuos por los profesores, y actúan de manera ingenua luchando en contra de su ingenuidad; las tías del protagonista lo acosan incitándolo a ser esclavo de la forma, siendo alguien:
Sé alguien, Pepe, si no quieres ser médico, sé por lo menos mujeriego o coleccionista, pero sé alguien.
Los maestros de la escuela, carentes de un solo pensamiento propio, enseñan en su propio beneficio y solo lo que aprenden ( amar al poeta x porque es un gran poeta, porque se dice que es un gran poeta, porque el profesor tiene mujer e hijos y ha de proporcionarles el sustento), "infantilizando a los alumnos y a todo el mundo". Y entre los colegiales, los maduros atacan a los inmaduros y viceversa.
El protagonista termina escapando de la escuela y embarcándose en nuevas aventuras en contra de la madurez, llegando a la conclusión de que tampoco al vulgo y a los esclavos de los amos les gustan las desviaciones de la norma. En cierto pasaje casi al final del libro, exclama:
La normalidad es un equilibrista sobre el abismo de la anormalidad. ¡Cuántas ocultas demencias contiene el orden cotidiano!
Condenado a ser perseguido por la forma, no renuncia a huir, sabiendo que huye de unos hombres en otros hombres:
¡Llegad y acercaos a mí, comenzad vuestro estrujamiento, hacedme una nueva facha para que de nuevo tenga que huir de vosotros en otros hombres, y correr, correr, correr a través de toda la humanidad. Pues no hay huida ante la facha sino en otra facha, y ante el hombre solo podemos refugiarnos en otro hombre. Y ante el culito (se refiere en este caso a la luna. La apostilla es de quien firma este texto), ya no hay ninguna huida. ¡Perseguidme si queréis! Huyo con mi facha en las manos.
