Revista Sociedad

Fidel Castro: ni dictador, ni tirano

Publicado el 29 noviembre 2017 por Tomarlapalabra

Fidel Castro: ni dictador, ni tirano

Por Emilio Ichikawa

En sentido estricto, nunca ha existido una revolución en el mundo: Ni en Francia, ni en Rusia, ni en Haití… Tampoco en Cuba. 
Si vamos a creer a Albert Hisrchman, que a su vez le creyó a Alexis de Tocqueville, lo que llamamos revolución es la precipitación, por la indignación de las masas o la impaciencia de un caudillo, de tendencias que se venían desarrollando (incubadas con discreción) en las entrañas del régimen anterior. Del Estado precedente.

De ahí que personas juiciosas crean que los cataclismos revolucionarios son tan inevitables como fútiles: Al final, conducen a donde mismo hubiera desembarcado serenamente la evolución. ¿No ha llevado la historia de Cuba, después de medio siglo, a muchas de las cosas que la Revolución de 1959 se intentó cargar por no saber o no querer “reformar”, aliviar?

Cuando se hace una revolución, la Historia premia a sus demiurgos y cómplices con el alegrón de la novedad. Kant decía que con una ola de febril entusiasmo. Las revoluciones enervan el sexo y disparan las tasas de natalidad. Pero todo este júbilo tiene su precio: Hay que pagar el cheque de la descomunal autoridad que emana de los revolucionarios vencedores; del caballo de fuerza que dio el último jalón para que la evolución estallara mutada en revolución. Hay que pagar la ansiedad del caudillo. 

Virgilio Piñera decía que en la policía de Batista había agentes sádicos, pero que la polícía de Batista no era sádica por definición. Batista fue un dictador, pero no por malo, ingrato, avaro u otra condición moral. Ni siquiera por la forma en que se hizo del poder el 10 de marzo de 1952. En Roma, la artífice de esta forma de gobierno, el poder dictatorial no era un poder usurpado sino conferido, en toda regla. Sila fue un dictador distinguido, un guerrero valeroso y ayudó a reconstruir las instituciones que le dieron el poder absoluto.

Lo que tipifica a la alta concentración de poder (unipersonal o grupal) en una dictadura es su excepcionalidad y su temporalidad. Se es dictador para resolver uno o dos puntos, en un tiempo crítico: Una epidemia, una invasión externa, un desastre natural.

Los teóricos de la “dictadura del proletariado” fueron unos descarados, pero se atuvieron a concepto: La dictadura era “solo” hasta que se llegara al comunismo.

 El argumento no es hipócrita, aunque sí ambiguo. Batista dijo que había tomado el mando en Columbia el 10 de marzo de 1952 para “restaurar” el orden y terminar con la corrupción; pero: ¿Cuándo se acaba con la corrupción? ¿Se refería a la corrupción de un gobernante, a la corrupción de Prío, o la corrupción de una República? Si la corrupción es una cualidad personal de un gobernante, entonces no hay problema: con eliminar físicamente la figura (apresándola o desterrándola), se terminó el mal.  Pero si la corrupción no depende de la persona sino de las instituciones, si la corrupción es generada por el orden, el régimen o el Estado vigente, entonces ya no basta con una dictadura para eliminarla. Entonces el dictador, que era un sanador temporal del malestar político, debe convertirse en tirano.  A diferencia de la dictadura, que es una técnica latina, la tiranía es un concepto helénico. Tenía poco prestigio en algunas polis, por ejemplo en Atenas. Pero no en todas. Diógenes no tuvo reparos en defender la tiranía. Y Platón se puso a su disposición. Existen decenas de excusas para justificar el “intercambio académico” entre Platón y los tiranos de Siracusa; pero el caso es que viajó a verles.   El tirano, y esto se enseña en los libros de textos de cualquier nivel, tiene dos características fundamentales: Se ha hecho con el poder contra las “leyes” y desprecia las “costumbres” vigentes.  La inmensa mayoría de los revolucionarios, y Fidel Castro lo era, aplican para el primer parámetro: No respetan las leyes vigentes; todo lo contrario, las desprecian hasta el punto de que es precisamente contra ellas que hacen la revolución.  Por otra parte: ¿actuó Fidel Castro contra las costumbres establecidas? Por supuesto: Era su propósito. Y se lo dijo a Ignacio Ramonet bien claro: que cuando llegó a la Universidad de La Habana entendió que había que revolucionar la política cubana, y que no había otra forma de hacerlo que por la vía de las armas.   ¿Cuánto tiempo le llevó a Fidel suplantar las costumbres políticas antiguas por otras nuevas? No mucho tiempo: Ya en 1976 tenía una Constitución. De modo que ahora el problema se repite: No nos enfrentamos a un fidelismo que quiere deshacer las costumbres (como decían los griegos): nos enfrentamos a las costumbres del fidelismo. Al fidelismo hecho costumbre, hecho reflejo, hecho historia. En Cuba, pero también en Miami.  Y volvemos al inicio: Para cambiar el Estado desovado por la Revolución de 1959 no basta con una reforma, es necesaria otra revolución. Una revolución no contra un gobierno, sino contra un Estado. El estado creado por Fidel. ¿Alguien se anima?  Después de más de medio siglo de vida política, costumbres no son las que deshizo Fidel sino las que maduraron bajo su rutina. La tiranía es, pues, otro concepto imperfecto (falible) para aplicárselo al recién fallecido Comandante.  Existen otros conceptos a mano en el vocabulario político que se usan para indicar a personas con mucho poder: Autócrata, déspota, autoritario, cacique, rey, emperador, etc. No le entallan a Fidel Castro.  Lo que sí está fuera de dudas es que Fidel Castro no fue un demócrata. No le importaba. No creía en la democracia.  Siempre he dicho que los teóricos de la revolución residentes en la isla, en lugar de tratar de meter la fuerza de que Fidel Castro era defensor de una “democracia singular” (cuando más de una vez desdeñó la democracia), hubiera sido más interesante que rastrearan minuciosamente el discurso sobre los diagnósticos negativos acerca de la cubanidad, y a partir de ahí justificaran que un material humano como “el cubano” no se puede gobernar sino con “mano dura”. Pero son muy cobardes; demasiado moralistas.  Cuando se quiera usar un paradigma de político demócrata ante un auditorio, no es necesario obligarse a citar a Fidel Castro. Tampoco a Adenauer, porque bastantes males del nazismo tuvo que embarajar (que lo diga el Fiscal Bauer) para poder conseguir una transición que no pocos consideran una farsa. Pero igual prevengo: Si está ante un aula, y escoge a Fidel Castro como modelo de dictador o tirano, puede malograr su teoría por apelar a un hecho perfectible.   Fidel Castro fue un caudillo revolucionario latinoamericano. No es idéntico, pero está en la línea de Zapata, de Sandino, de Torrijos. Lejos de la tradición caudillista europea de Mussolini y Franco. Fidel Castro no alcanzó a ser como Martí, que no pudo llegar al poder. Ni como Gómez, que no lo quiso (el poder).  Cuando Lenin y Stalin murieron dejaron problemas de poder sin resolver porque aún tenían resortes en sus manos.   Al morir Lenin aspiraban a heredar su poder el propio Stalin, Bujarin, Piatakov, Trotsky, Zinoviev, Kamanev y otros prospectos del Partido. La regla de la conspiración comunista en Rusia era básicamente una: ¿Quién podía presentarse, sobre los otros camaradas, como el más fiel heredero y mejor conductor de las ideas y la obra de Lenin?  Lenin advirtió de tantos peligros sobre unos y otros, que la propia tradición stalinista en el movimiento obrero internacional optó por argumentar que Stalin era el dirigente bolchevique del que “menos peor” había hablado Lenin. Que “solamente” le había objetado cuestiones de personalidad. Gran puntería. Cuando murió Stalin, el nuevo Secretario General del Partido Comunista Ruso, Nikita Kruschov, se fue por un atajo similar: Los crímenes de Stalin habían sido el fruto de una errónea interpretación de las ideas de Lenin, que ahora quedaba bajo su patrimonio.   ¿Qué poder político fáctico, de hecho, deja Fidel Castro al morir, que pudiera crear división en el gobierno, el Ejército, en la empresa, el Partido o el Estado cubano? Solo uno: El asiento de Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular por la provincia Santiago de Cuba, que le otorgaron las elecciones a la VIII Legislatura hasta el 2018.  Teniendo en cuenta que los demás “títulos honorarios” de Fidel Castro, y el grado de Comandante en Jefe, son intransferibles, ¿puede usted creer que el régimen comunista de Cuba vaya a implosionar por disputarse la representación de la circunscripción de El Cobre, Santiago de Cuba, en el Parlamento presidido por el Diputado por Arroyo Naranjo Esteban Lazo?
Fidel Castro: ni dictador, ni tirano
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