Revista Cine

Final de trayecto

Publicado el 01 diciembre 2013 por Burgomaestre
-Me he olvidado de hacerte la merienda. Soy un desastre – sonó la voz de Teresa a través del móvil.-Pero, mi vida, por Dios, no tiene importancia… Ya comeré algo cuando llegue. En la estación me compraré un bocadillo –respondió Pablo, tratando de despejar la intranquilidad de su prometida.-Debes tener hambre. Te conozco.En Pablo no cabía la menor duda al respecto: Teresa le conocía. Con toda probabilidad, mejor que él mismo. Y en aquella ocasión, la presunción de ella resultaba, como de costumbre, acertada. Pablo hizo el viaje hambriento, sentado en su butaca, anticipando el momento de deglutir el bocadillo de tortilla de patatas que solía comprarse cuando cenaba en una cafetería o un bar. Para aumentar la sensación de apetito en Pablo, parecieron conjurarse todas las circunstancias más adversas. De una parte, su compañera de asiento, una mujer de pelo negro oscurísimo, piel oleosa y voz grave, leía un libro de recetas profusamente ilustrado con fotografías de ricas viandas. De otra, durante el trayecto, al pasaje se le proyectaba el film “El festín de Babette”. Pablo llegó a su destino medio desmayado de hambre, convencido de que, en una distracción, alguien le había sustituido el estómago por una bolsa de papel agujereada de parte a parte.“Siempre viajando, siempre en tránsito… Siempre estando en dos sitios a la vez, el que dejas y el que te acoge, el que te despide y el que te recibe. Pensando en el lugar al que vas y el lugar del que vienes…” se decía Pablo al bajar del tren y dar sus primeros pasos por el andén. “Yendo y viniendo parece más difícil no confundir el presente con el porvenir, o con el pasado”. Observó que la estación estaba invadida por una espesa e inesperada niebla, misteriosa y sorprendente, que parecía posarse blanda y tenaz, como hacen esos tristes recuerdos que nos acompañan toda la vida, reluctantes a nuestros inútiles deseos de higiénico olvido. Caminando a través de aquella envolvente y húmeda miasma gris que le ocultaba el entorno y toda posibilidad de perspectiva, Pablo pensó en el solipsismo del que era militante ocasional desde los doce años, edad en la que explicó esta teoría a sus compañeros de juegos, aun antes de saber que existiera tal cosa. Los amigos de Pablo ya le tenían catalogado de chiflado antes de escuchar de su boca que ellos eran producto de su imaginación y que desaparecían en el momento en el que dejaba de percibirles, pero, en cualquier caso, aquella formulación les resultó definitiva. Pablo recordaba sus caras ahora, casi cuarenta años después, pensando en que, tal vez, en medio de aquella niebla les hubiera resultado más convincente. Final de trayectoUno podía llegar a pensar que no existía nadie más en el mundo inmerso en una atmósfera que se comportaba como una venda puesta ante los ojos. Pablo oía pasos, algunas voces confusas y el traqueteo característico de las maletas provistas de ruedas. Cuando llegó a la cafetería de la estación, al hambre que le aguijoneaba se había sumado una melancólica sensación de desamparo.
-Un bocadillo de tortilla de patatas y una cerveza –pidió Pablo al camarero, un cincuentón calvo y de ojos demasiado juntos, que servía sin dejar de mirar la pantalla de la televisión, donde se emitían los resúmenes de los partidos de fútbol de la jornada liguera.-Le cobrarán en caja –explicó el camarero a Pablo mientras hacía crujir sus mandíbulas al comprobar que su equipo, el Club Deportivo Español, había vuelto a ser bochornosamente derrotado.En la caja de la cafetería, una mujer anciana, con aspecto de haber superado hacía tiempo la edad de jubilación, esperaba a Pablo con una dulce sonrisa impresa en los marchitos labios. A Pablo le recordó a su propia madre cuando le alargó el tíquet y buscó su billetera para pagar.-No, no, hijo mío, no es necesario que me dé dinero –rechazó con un gesto la cajera-. En lugar de eso, me pagará con una confesión y una promesa. -No comprendo –respondió Pablo, perplejo -.¿Qué se supone que debo confesar? ¿Qué debo prometer? ¡Sólo quiero pagar por el bocadillo y la bebida!-Confiesa, al menos, que tienes hambre.-Está bien –concedió Pablo-, confieso que tengo hambre. Pero tengo propósito de enmienda: voy a comerme ese bocadillo, si usted me lo permite.-¿No tienes nada más que confesar? ¿Has sido bueno con tu madre?Pablo miró al exterior. La niebla parecía haber adquirido una corporeidad ominosa, como si fuera menester valerse de un machete para abrirse paso en ella.-A mi madre nunca le he escuchado. Ya sé lo que va a decir y siempre me adelanto. No le dejo hablar – confesó Pablo.La cajera, que había parecido rejuvenecer súbitamente, puso sobre el mostrador una copa colmada de un espeso licor rojo.-Has hecho una buena confesión y detecto tu arrepentimiento. Sólo falta que hagas una promesa y podrás beber el contenido de este cáliz.-Gracias, me conformo con mi bocadillo y mi cervecita… -repuso Pablo mirando con ojos anhelantes a su frugal cena, que le parecía ya inalcanzable, en poder de la intrigante empleada.-Escúchame con atención: si me haces una promesa que lo merezca, podrás beber este rico néctar y, debo advertirte, quien lo bebe, cumple, necesariamente, cualquier promesa que haga. Así que piensa bien en qué promesa tendrías especial interés en cumplir.Pablo pensó en Teresa, en la merienda que ella había olvidado hacerle y declaró, con voz firme y clara:
-Prometo que amaré a Teresa toda mi vida y que haré todo lo posible por hacerla feliz. –Y, alargando la mano, tomó la copa, que rebosaba, y la vació de un largo trago. Fuera, la niebla se disipó y Pablo caminó entonces en la noche, hacia su solitaria habitación, olvidando sobre el pupitre de la cajera su bocadillo y su cerveza.

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