Revista Cómics

Final Feliz

Publicado el 06 noviembre 2020 por Airin

 Esta es la historia de Paquita y de cómo un final feliz puede ser también un final fatal. La estrella de nuestra historia es Paquita, una abuela de 70 años de lo más entrañable, al menos lo era antes. Me explico. Paquita se llamaba Francisca y vivía en un remoto pueblo perdido en las entrañas de la estepa de Toledo. Había estado felizmente casada con Remigio, el único hombre depositario de su amor hasta que éste se murió de un día para otro por un inexplicable dolor de pezones. Paquita era muy querida en su pueblo, siempre tenía buenas palabras para todo el mundo y dispuesta a ayudar al prójimo, como bien dice la Biblia, ese libro tan venerado por los cristianos. Paqui y Remigio habían tenido tres hijos y tres hijas, todos muy normales menos Pepín, que salió un poco tonto pero buena persona, que es lo más importante. Ahora en su vejez, Paquita tenía muchos nietos y ella estaba muy feliz, ya que así podía tejer bufandas y gorros a todos sus nietos y hasta a los amigos de éstos. Los domingos iba a misa y luego se tomaba un vermutillo con los demás feligreses en El rincón de Loli donde se ponía al día de los cotilleos del pueblo, los cuales estaban en esos momentos copados con el Sálvame Deluxe.

Paquita era una abuela adorable, de esas que salen en los anuncios anunciando turrones por Navidad y desearías que fuera tu propia abuela. Ese tipo de abuelas que hacen mantitas de varios colores, llevan bolsos pequeños, tardan un montón en pagar en el supermercado, cruzan casi sin mirar la carretera y opinan sobre tu soltería con verdadera preocupación. Como vemos, nuestra protagonista vivía en paz y armonía su anodina vida. O eso creía todo el mundo. Por que Paquita siempre tuvo un secreto. A pesar de ser muy feliz con su vida y familia, se sentía incompleta. Necesitaba romper ciertas reglas para poder ser la persona que ella realmente quería ser. Su gran secreto, hasta ahora oculto, es que quería convertirse en estrella del porno. Todo comenzó un día navegando por el internet del centro social del Ayuntamiento de su pueblo. Allí clicó por casualidad en una pestaña de publicidad sobre porno hentai y lo que vió fue realmente revelador. Al día siguiente, Paquita se hizo poner internet en su casa (hasta ahora no lo tenían ni lo necesitaban) y el resto ya es historia. Mientras Remigio dormía plácidamente la siesta, Paquita se veía todas las películas que caían en los distintos canales y daba rienda suelta a su desbordante imaginación. Ahora que estaba viuda vio la oportunidad de cumplir su sueño hasta ahora inconfesable. La señal definitiva vino un día cuando leyendo le periódico, vio que en Barcelona se iba a celebrar la primera Convención Internacional de Hentai. Así que armándose de valor y dejando de lado todos los comentarios de la familia y feligreses del pueblo, hizo su maleta, cogió su Ford Fiesta rojo de los años 90 y se dispuso a ir a Barcelona como si fuera una niña con zapatos nuevos. Para comenzar su nueva vida, lo primero que hizo Paquita fue cambiar de nombre. Ahora se llamaría Kim y vestiría como una adolescente nipona. Sabía, por diferentes entrevistas a estrellas del porno que había visto, que era una industria difícil, pero ella sabía que tenía talento, que valía para ello. Era su misión en la vida.

Una vez en el camino, Kim recogió a un autoestopista bastante raro que se llamaba Calloso, el cual era buena persona pero después de unos cuántos kilómetros, tuvo que bajarse del coche por que empezaba a oler a sobaco rancio. Al cabo de dos días, Kim llegó a Barcelona, la gran ciudad que la vería resurgir como una gran estrella. Después de buscar en páginas amarillas un hostal barato en el barrio del Raval, vació su maleta, se vistió de colegiala y se dispuso a ir a la Convención. Kim era muy valiente por que no conocía a nadie. Además, estaba el factor de la edad, que ya sabemos todos que nos es lo mismo tener dieciocho que setenta. Pero bueno, el porno es lo que tiene, que hay gente para todo.

Los primeros días se los pasó haciendo contactos aquí y allá, conociendo productores, actrices, haciendo shootings (que para quien no lo sepa es hacerse fotos varias, en este caso bastante picantes) y yendo de party loca por las noches. Al tercer día, Kim tuvo la oportunidad de estrenarse por fin. Era un espectáculo en vivo. De esos en los que estás en un escenario haciendo guarrindongadas mientras que un montón de gente te graba con el móvil mientras se ponen bravucon@s. La protagonista del número era, como no podía ser de otra manera, Kim y estaría con dos fornidos jovenzuelos de veinte años. Kim era feliz.

Su número era  un gran éxito, todo el mundo estaba loquísimo y se palpaba en el ambiente el nacimiento de una nueva estrella. Y llegó el momento álgido, ese clímax tan bonito en el que los hombres descargan sus fluidos y las mujeres viajan por unos instantes al paraíso de la felicidad. Fue en este momento cuando Kim, anteriormente conocida como Paquita, experimentó un orgasmo múltiple tan intenso, que ya no pudo volver nunca más de su particular oasis. Kim murió sobre el escenario como sólo lo hacen los grandes. Desnuda pero con los tacones puestos.


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