
Capítulo 14"La razón de mi existencia"
Forks 1986.
—Mamá, ¿puedo comerme el bollo que está en la mesa? —Preguntó Renata, rezando internamente porque su madre le dijera que sí, que era libre de comerlo sin siquiera tener que pedirlo, como en cualquier otra familia la madre hubiese dicho.
En lugar de eso, su madre gruñó.
—Por supuesto que no.
—Ya terminé de fregar los pisos y las camas están hechas ¿Por favor, puedo comerme el bollo? —suplicó por segunda vez.
Eran apenas las diez de la mañana y la pobre niña, de no más de ocho años, ya había fregado los pisos, lavado la ropa a mano y hecho las camas de todos los que vivían en su casa sin siquiera haber probado bocado desde la tarde del día anterior. Era día escolar, pero Jane no había mandado a su hija a la escuela porque decía que era demasiado estúpida para poder aprender algo bueno en la escuela.
Jane Vulturi no era más que una madre fría y sin corazón, mala semilla de una madre aún más despiadada que ella misma.
La pequeña niña dio la vuelta para volver a sus quehaceres pero no se dio cuenta que su padre estaba detrás de ella tomando un vaso de limonada. Al dar la vuelta Renata, lista para correr fuera de la habitación, terminó estrellándose contra su padre y haciendo que éste tirase el vaso de limonada sobre sí mismo.
— ¡Eres una estúpida! —gritó su padre, sacudiendo las gotas de limonada.
— ¡Lo siento, lo siento mucho, padre! —chilló ella, ayudándolo a limpiarse. Cogió un trozo de tela de su delantal y comenzó a secar la camiseta de su padre, pero éste la apartó y la arrojó lejos, haciendo que la niña cayera al suelo.
Renata trató de valiente y mordió su pequeño labio para no llorar, pero finalmente las lágrimas la traicionaron y comenzaron su descenso. Tan pronto se dio cuenta, alzo su manita y las echó fuera; sabía cuanto odiaba su padre verla llorar.
— ¡No sabes hacer nada! —le recriminó su madre, ayudándole a su marido para que se quitara la camiseta.
—Fue… fue sin querer —susurró, Renata, bajando la cabeza.
— ¡Vas a limpiar el desastre que ocacionaste! —sentenció Jane.
—No sin antes… —agregó su padre, sacándose el cinturón del pantalón.
— ¡No, por favor! —urgió, Renata, viendo con ojos agrandados como su padre se acercaba lentamente a donde ella se hallaba.
—Manchaste mi camiseta favorita —dijo en un tono bajo—, no creías que te irías sin recibir una buena paliza ¿verdad?
La voz de su padre era un poco menos que un susurro, se acercaba lentamente… al asecho. Renata se quedó clavada en su lugar, observando con ojos grandes cada movimiento de su padre y rezando al cielo porque él tuviera un poco de piedad. Lamentablemente sus plegarias no fueron escuchadas para quien quiera que sea el encargado de responder las plegarias de los niños. El padre de la pequeña niña la tomó por el brazo con la menor delicadeza y la tironeó hasta la habitación.
Jane observó cada movimiento de su querido esposo, con ojos hambrientos. La cruel mujer ansiaba que callera el primer golpe sobre la tierna piel de la niña, quería ver como su hija era corregida como en su momento ella misma había sido corregida. En su retorcida mente ella veía aquello como lo correcto y si su esposo no hubiese decidido corregirla, ella misma lo habría hecho.
Renata chilló con fuerza cuando el primer golpe cayó sobre ella, dejando verdugones en su sensible y blanca piel. Aulló de dolor cuando el segundo golpe cayó en el mismo lugar donde había caído el primero, haciendo que esa zona ardiera terriblemente.
— ¡Por favor, por favor! —lloriqueó la niña, pero su padre no se detuvo.
Golpe tras golpe fueron cayendo sobre ella, haciéndola que se retorciera de dolor entre las manos que la mantenían cautiva.
— ¡Mamá, mamá! —gritó desesperadamente.
— ¿Crees que tu madre vendrá a ayudarte? —se carcajeó él.
Su padre la tomó por ambas mejillas y la obligó a volverse hacia el marco de la puerta donde Renata pudo ver a su madre, quien observaba la terrible escena con ojos ansiosos. Jane comenzó su andar grácil hacia su hija, en un momento creyó que venía a rescatarla de su castigador, pero pronto se dio cuenta de que ella estaba de parte del verdugo que se encaprichaba de castigarla.
Jane alzó la mano, exigiendo el cinturón para ejercer ella misma parte del castigo. Alec, su esposo, sonrió y se lo entregó con gusto; besó con pasión sus labios antes de soltar a Renata, haciéndola caer en al suelo.
—Por favor… —susurró Renata, mientras lágrimas silenciosas caían por su rostro.
—Necesitas ser corregida —comenzó Jane—. Tu abuelo me corrigió a mí y ve lo que soy ahora. Tú tienes que recibir tu merecido para que seas una buena esposa.
— ¿Buena esposa, esta? —interrumpió Alec— Pero si tu hija no sirve para nada, más que para dar problemas y hacer enojar a todos con sus estupideces.
Alec río, y Jane le siguió.
—Tienes razón, querido ¿Pero algo se debe poder hacer no? —Contestó— No puede ser inútil por siempre.
Jane afianzó su agarre entorno el cinturón de cuero y miró a Renata con una pizca de crueldad. Esa mujer era dura como una roca y fría como el hielo, no tenía compasión con nada ni por nadie; y las lágrimas de su hija no la conmovían en lo absoluto. Fue en ese instante que Renata que supo que no podía ir por la vida esperando que las personas tuvieran piedad por ella y cuando el primer golpe calló sobre ella, se prometió que llegaría el día en el que ella sería quien empuñaría el cinturón de cuero.
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Los recuerdos vivían en la mente de Renata, habían sido marcadas en su memoria y su promesa aún estaba en pie. Ella, algún día, empuñaría el cinturón de cuero y lo dejaría caer sobre la arrugada piel de su despiadada madre. Con una temprana edad, Renata pronto se volvió fría, su llama cálida y vivaz se apagó, y en su lugar quedó una amargada chica.
Renata conoció a James cuando cumplió trece años, y se enamoró perdidamente de él. A su manera, pero estaba enamorada finalmente. Se entregó a él sin pensarlo dos veces, quería ser suya con toda la extensión de la palabra… pero lo que no sabía era que James estaba lejos de estar enamorado de ella. Él aceptaba que la chica era realmente guapa, pero James no conocía el amor, igual que Renata, había crecido un hogar donde el amor no era más que un sentimentalismo barato.
La chica quedó en cinta, y cuando su madre se enteró le dio tremenda paliza que casi hizo que perdiera el producto. Ahí fue donde el odio por su bebé creció. Ella odio a la pequeña Isabella con todas sus fuerzas porque gracias a ella le había fallado una vez más a su madre y había tenido que aguantar una paliza más. Afortunadamente para Renata, en esos tiempos Charlie Swan había fijado sus ojos en ella, encontrando una débil chica que necesitaba a toda costa ser rescatada; así Charlie Swan y Renata Vulturi se casaron y le dieron un hogar a Isabella… o al menos un intento de hogar.
Renata no amaba a Isabella y nunca la amaría. Por culpa de ella también se había separado de James pues sus padres la casaron con Charlie, un hombre bueno y buenmozo al que ella no amaba en lo absoluto.
Nunca se dejó tocar por su marido, seguía anhelando el toque de su amante. Charlie jamás la obligó a nada que ella no quisiese… y el hombre murió sin siquiera haber consumado su matrimonio. Al morir su esposo, Renata no pudo sentirse más aliviada; no tendría que compartir su cama junto a un hombre que no amaba y no tendría que soportar que le hiciese lío por su comportamiento con su hija.
Había vuelto a ser libre.
Cuando James entró de nuevo en su vida, todo pareció ser un poco más llevadero. Se obligó a sí misma a forjar una relación con su hija, pero esta estaba molesta con ella y finalmente desistió, volviendo a ser la misma madre horrible que era.
James. Ese hombre era el centro de su universo. Se limitaba a trabajar y a complacerlo a él.
Entró en el porche de su casa llevando una gran sonrisa en el rostro. Acababa de cerrar un negocio que le dejaría una numerosa comisión y estaba feliz de poderse pagar unas bien merecidas vacaciones con su hombre en algún lugar exótico. Se deslizó silenciosamente dentro de la casa, eran las diez de la mañana y ella estaba segura que James estaría durmiendo en su habitación y que Isabella estaría en el colegio.
Todo estaba en completa calma, la casa casi parecía vacía. Dejó sus cosas en la sala y subió las escaleras lentamente, cuidando de no hacer ruido; entró en su habitación con cuidado pero sus hombros cayeron al encontrar la cama vacía y hecha.
¿Dónde podía estar James?
Le llamó en voz alta pero este no contestó.
De pronto escuchó un gemido lo suficientemente alto como para que llegara hasta sus oídos. Su primer pensamiento fue que quizá James habría salido y la gata de su hija había metido a algún hombre a su habitación.
Quiso dejarlo correr, al fin y al cabo ¿a ella qué le importaba? Pero antes de que se diera cuenta comenzó a caminar hacia la habitación de Isabella. La puerta estaba ligeramente entreabierta y pudo ver como Bella estaba atada a la cabecera de la cama. La estudió a conciencia y vio moretones en su cuello y en sus brazos, grandes moretones… unos comenzaban a sanarse y eran de un feo color amarillento, pero otros parecían recientes. Tenía una fina línea de sangre corriéndole de la nariz, los labios estaban hinchados y los ojos llorosos e inyectados en sangre de tanto llorar.
Renata la observó a la distancia, preguntándose en qué mierda se había metido Isabella, pero no tenía la menor intención de intervenir… hasta que vio la silueta desnuda de James subir a la cama con Isabella y besarla con pasión mientras apretaba uno de sus senos.
Sí. Ahí estaban su hombre y su hija, compartiendo la cama. ¡Viéndole la cara!
