Revista Cultura y Ocio

Galería de favoritos 13 / Marilyn Monroe

Por Calvodemora
Galería de favoritos 13 / Marilyn Monroe
Fotografía: Bert Stern

Fueron 47 pastillas de Nembutal. También los Kennedy. Uno de ellos le prometió matrimonio; otro, que ya estaba casado, le prometió amor eterno. Hasta Hoover, el ambiguo emperador de los espías, pensaba que la actriz tenía tratos con comunistas mientras se acostaba con los hermanos. Hollywood no lloró la pérdida de un talento: lamentó el icono sacrificado al tiempo que se frotaba las avaras manos con los pingües beneficios del deceso. Lo que asombra de esta foto es su belleza vulnerada. La cicatriz perpetrada para operarla de vesícula era el verdadero propósito de Bert Stern, el fotógrafo de Vogue. El resto, la mujer rota, el espejo abierto por el que se fugaba la vida - murió días después - importa escasamente. La diva sonríe con la timidez de quien sabe que el costurón da pie a reescribir su biografía, el trayecto invisible por la fama y por el terrible dolor del desamparo. De alguna forma siempre imaginamos a Marilyn Monroe abandonada, ninguneada por los intelectuales de la época. A Marilyn nada le duró en exceso. El ojo privilegiaba su ampulosa anatomía y ella sólo era la rubia atolondrada, la explosiva actriz que reventaba los sets de rodaje con su informalidad y con su procacidad de niña mal crecida en un cuerpo lúbrico (todos a su manera lo son) e irreverente. La sesión de Stern es el epitafio creativo de una personalidad fracturada, lacerada por una infancia atormentada con el concurso de todos los tópicos posibles para narrar con eficacia una infancia atormentada. Todos sus amantes - Di Maggio, Miller, Sinatra, Montand, los Kennedy - esquilmaron su inocencia, su sencilla apariencia de muchacha rural que escalafona al estrellato por cinco portadas de Playboy, una cara juguetona y unas medidas populares, dignas de figurar en la cabina de cualquier camionero. Murió a los 36 años, pero tal vez vivió más vidas que muchos que alcanzan la dorada senectud afiliados a la rutina y al leve espasmo de no consentir asombro alguno. La instantánea revela, como pocas, el alma oculta durante años de sesiones perfectas de fotos para la memoria. El cuerpo tiene memoria (dicen por ahí que más de la que creemos) y también tiene su historia que contar. No hace falta que le pongamos nosotros la letra o que hagamos gestos para acompañar al texto: él se vale, él dice sin que a veces pidamos que lo haga. 



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