Revista Cultura y Ocio

Galería de favoritos 18 / Mario Benedetti

Por Calvodemora
Galería de favoritos 18 / Mario Benedetti
Uno lee o escucha de quienes saben que Benedetti fue poeta por obligación, pero fue obrero de cien oficios aparte del dudoso de la poesía, que compaginó con el de cuentista o con el activista de la izquierda, la enfrentada contra el poder en Uruguay, la que lo hizo también exiliado. Lo eligió la literatura a Benedetti, fue el medio por el que podría ser escuchado. En el fondo, no hay otro propósito de más hondura que ése, el de escribir para que se lea. Afuera de esa evidencia casi perogrullesca está todo lo que no es literatura y ahí no está este hombre sencillo, que mira con sencillez y escribe con una sencillez laboriosa, dando la impresión de que te está hablando. Si conoces la voz de Benedetti (yo la tengo ahora en mi cabeza) sus poemas y sus cuentos son recitativos, también su labor de columnista (recuerdo leer cuando joven sus artículos en El País) junto con los de mi admirado Haro Tecglen, en el bar Platanín, a la vera de la Facultad. Suele usar Benedetti el usted para llamar al lector, lo hace sin que suene forzado, no es que ponga es una distancia, ni que le respete más de lo convenido: recurre a ese protocolo porque no sabe mucho, por prudencia, por considerar que lo que escribe camina despacio y necesita su tiempo. De ahí también los versos cortos y hasta los títulos cortos en poemas que a veces son muy largos, pero que en su mayoría son brevedades, como los cuentos, una especie de balance del lugar que le ha tocado ocupar en la vida y desde donde otea y cuenta. Porque Benedetti es un contador, un descreído también en el contar. Que hable del amor no significa que esté enamorado, pero hay mucho amor en sus palabras: amor a la patria (de la que huye) o amor a Dios, en el que a su manera cree poco o no lo precisa. Su vocación es la de aferrarse fuerte a las cosas, su estremecimiento es el de todos, solo que él tiene el don de festejarlo con la música bendita de las palabras. Este extranjero universal, que recorrió los bulevares de medio mundo como si fuesen desiertos, pensaba en su país con recelo, un país a lo lejos, respirando con fuerza, alarmado, un poco roto, pero con el alivio de la esperanza a ras de calle, en las tiendas de ultramarinos, en los desnudos en las camas de los amantes, en las reuniones en las tabernas. Quiso que nadie se rindiera: él no lo hizo. Quiso que amásemos por encima de todas las cosas: él amaba a sabiendas de que el amor es siempre un desquiciamiento, un atropello o un desvarío. Fue el que dijo que cuando teníamos todas las respuestas cambiaron todas las preguntas. Fue el poeta de la mirada tirando a triste. Debía ser el desarraigo, que te come por dentro y hace que no tengas la sonrisa a mano. Aún así, Benedetti exultaba amor y alegría. Lo cantó Serrat (un disco homenaje maravilloso que puso a Benedetti en las manos y en los ojos de muchos): defender la alegría como una trinchera (creo recordar), defenderla con entusiasmo, como si fuese una bandera y dentro de ella hiciésemos patria.

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