Uno ve a Poe con un poco de lástima. Hay una caricatura suya, una especie de estampa triste de la que no es posible desembarazarse. Sobrevuela junto al cuervo del famoso poema mientras, al cobijo de un sillón de orejas, una cualquiera, mejor si es cerca de una chimenea y es una noche de invierno crudo, leemos una vez más sus cuentos. No sé la de veces que los he leído. Gana el peso del cuento, la voracidad con la que uno alcanza el final. Los de Poe son admirables, por eso tal vez se regresa a su literatura, se concibe como una novedad, aunque hayan sido muchas las visitas y sepamos de memoria trozos de esos cuentos. Una de las más festivas tuvo que ser la primera. La recuerdo con imprecisión. Me gustaba ese deslumbramiento que produce el miedo. No ha dejado de perturbarme nunca. A la literatura se le encomienda en ocasiones que nos perturbe. Poe era un perturbado por lo que no debió costarle mucho verter ese desquicio. En cierta ocasión, me preguntaron alumnos de un Instituto al que acudí para hablar sobre escritura y sobre lecturas (una en singular, otra en plural) sobre qué autor recomendaría. No dudé en elegir a Poe. Lo hice con entusiasmo, lo vendí con absoluta convicción, tenía la entera seguridad de que hay cuentos suyos que no defraudan nunca. Da igual que hayas leído mucho o poco o incluso que sean los primeros con los que te topas. En los cuentos de Poe, más que en la poesía o en su condición de ensayista, se produce un milagro: el de la cancelación de la realidad. Además es una cancelación verosímil, una suspensión deliberada de la memoria y del porvenir, de todo lo que hemos sido o lo que hemos hecho o de cuanto ronda en nuestra cabeza en el bosquejo de lo que podamos hacer en el inminente o lejano futuro. No sé dónde leí que la escritura de Poe era hipnótica. Ejerce un hechizo pecualiar, que sólo he encontrado en Lovecraft, si es la literatura de horror y de misterio de la que hablamos. Se lee sin que se haya conciencia de que se está leyendo. No siempre es fácil ese logro. Andamos sin saber que lo hacemos o respiramos en idéntica ignorancia, pero leer es un esfuerzo intelectual, algo en lo que se nos adiestra, una impostura, si se desea. Poe es el barril de amontillado, el gato negro, Ligeia, Annabel Lee (hace muchos años en un reino junto al mar), Berenice, María Roget, el enterramiento prematuro, el señor Valdemar, la casa Usher, el escarabajo de oro. Poe es también el prólogo y la traducción que hizo Baudelaire y más tarde Julio Cortázar, es la admiración del primer Borges y del primer Bioy Casares, es una edición de Alianza que cayó en mis manos a principio de los ochenta y que mantengo, entre otras, gastada y amada, convertida en un pequeño tesoro bibliográfico. Tiene una calavera quemada, un poco azul sucio. Cosas de Alberto Corazón, el de las portadas de Alianza Editorial.