Revista Cultura y Ocio

Galería de favoritos 57 / Teniente Ripley

Por Calvodemora
Galería de favoritos 57 / Teniente Ripley
La teniente Ellen Ripley es la suboficial a bordo de la Nostromo, una nave de carga propiedad de la compañía Weyland. Sólo ella y nada más que ella podía destruir al monstruo, no una vez sino cuatro, las que haga falta. Cada una de esas veces más extraordinaria que la anterior. No importa que la clonen o que en su vientre (por obra de la genética interestelar) anide una reina alien para que prospere, una vez se produzca el feliz alumbramiento, una colonia de monstruos, de la que ella es la madre secreta, la madre amantísima y la madre perturbada, la que prenderá fuego a todos los huevos y mandará al infierno la infame camada.
Hubo noches en que la teniente Ripley se me aparecía en sueños. Unas veces portaba un arma más grande que un piano Steinway y su boca era sucia como la sala de turbinas de la Nostromo. En otras, recorría la nave entera, pese a que faltan dos minutos, tres, para que se acabe la cuenta atrás y reviente en la oscuridad de la noche galáctica (ya sabes, en el espacio nadie puede oír tus gritos) y se vaya la franquicia a la mierda. Sólo al final encontraba a un gato, al que rescataba con la heroicidad prevista, constituida así como ejemplo de la épica humana. Igual que la Ilíada tiene 24 cantos, uno para cada letra del alfabeto griego, el poema llamado Alien tiene cuatro y en cada uno de ellos, a cual más antológico, la teniente Ripley, Dios la tenga a su derecha y lo proteja de criaturas blasfemas, libra al mundo de la invasión extraterrestre. Porque eso es lo que pasaría si el bicho vence: llegaría a las alcantarillas de la Quinta Avenida y haría una escabechina con todos los yonkis y con todos los policías y con todos los accidentales transeúntes que tuvieran la mala fortuna de bajar al inframundo y vérselas con ellos.
Nada de eso pasa, no podría suceder: es Ripley la elegida para que prevalezca el orden y la vida siga tal y como la conocemos, sin que un mal venido de las estrellas arruine la función. Ya tenemos mal aquí, en la Tierra, parece pensar la teniente cuando está a punto de mandar al bicho al espacio exterior. Estará ahí flotando, eternamente mecido por el swing del cosmos, como si todos los violines de todos los valses de Strauss tocaran una pieza sólo para él y no acabe jamás su diáspora entre los astros y los agujeros negros. Esta noche, si miras con atención el negro del cielo, podrás ver al polizón de la Nostromo. No es empresa fácil, pero se franquea con facilidad si no miras de verdad, sino que imaginas que estás mirando. La ciencia-ficción pide que seas crédulo. Si no abandonas esa resistencia, nunca podrás aceptar que el hombre ha llegado al confín de la Vía Láctea (hace años que no uso esa expresión, Vía Láctea) y que tiene intención de ir más allá todavía y hacer de Marco Polo del futuro y traernos a la vuelta las sedas y espacias astrales.
Sigourney Weaver, la mujer dentro de la teniente Ripley, dijo no a la película de Ridley Scott y también no a todas las demás, un no sin entusiasmo, por supuesto. Era una franquicia muy grande, habría demasiados compromisos, no se salvaría nunca de la etiqueta de matabichos. Todo eso debió pensar en ese no rotundo. Luego se dejó convencer, suele suceder. Entendió que era la primera vez que se rodaba una historia como aquella. Antes de Alien, Sigourney sólo había rodado un par de escenas en Annie Hall. Woody Allen no le ponía la cámara en la cara y la hacía sudar como Ridley Scott. Aún así, no hay actriz más convincente. En el momento en que uno siente la amenaza extraterrestre (en forma de marcianos o de parásitos residentes en vainas cósmicas o de monstruos sanguinarios y feos como un lunes amanecido con lluvia), pedimos a gritos (en el espacio no se pueden escuchar, pero aún así gritamos, por desahogo, por no salirnos del guion) que venga Ripley en ayuda y dé caza a todos esos repugnantes y babosos engendros que nos han hecho temblar y gritar.

Volver a la Portada de Logo Paperblog