Revista Cultura y Ocio

Galería de favoritos 75 / John Coltrane

Por Calvodemora

Galería de favoritos 75 / John Coltrane


Siempre me gustó esta fotografía. Admiro la quietud que exhibe, esa mansa evidencia de que es posible ser hospitalario con uno mismo y darse la satisfacción de no apresurarse mucho o de no tener prisa de ningún modo. Creo que todos somos John Coltrane de vez en cuando. Momentos de inspiración en los que hacemos algo que de verdad nos enriquece. A veces no tenemos esa certeza. La de hacer algo que nos haga mejores. Hay días en que te acuestas con ese runrún en la cabeza: el de haber contribuido al equilibrio del cosmos, el de haber aportado una coordenada inédita, el de estar en posesión de un frase que hasta ahora nadie ha pronunciado, el de creer que la educación, la ternura, la bondad o el amor pueden derrotar al miedo o a la injusticia o a la violencia, pero no sabes qué va a hacer Coltrane cuando se levante, si acometerá My favourite things (una versión de veinte minutos que se impregna al oído y lo separa del mundo) o se encerrará en una habitación de hotel y se meterá en el cuerpo todo ese veneno que tanto le gustaba. A veces son los venenos los que nos tienen en pie. No sabemos cuántos coltranes hubo. Es posible que muchos. El que tocaba era el que conocemos, pero es posible que otros tuviesen el mismo o mayor encanto. He escrito encanto y no parece que esté refiriéndome a Coltrane, sino a Cary Grant, pero es sólo un prejuicio. Yo prefiero éste, Coltrane el Manso, el que está a punto de ver a Dios en un solo en mitad de la noche. Eso no puede decirlo cualquiera. Coltrane es el que nos hace viajar, uno de ellos. Vamos de su mano, nos tiene cogida la nuestra.


Adoro el jazz por lo que no cuenta. A diferencia de otros registros, el jazz circunvala la información: la esquiva, la retuerce, la esconde, la elimina, la rescata y, al final, informa de su irrelevancia, de que al fin y al cabo lo que importa no es la cadena de notas, ese hilvanar arabescos en el aire, sino la vida que se origina en el vuelo, la posibilidad de agotar todas las vistas sin que se precise abandonar una favorita, la que se retoma para que exista un vínculo, una especie de refugio al que acogerse. Lo que importa en jazz es el merodeo, la periferia feliz de las cosas. El músico regala la melodía principal, nos declara solventes para retener, al menos, unas líneas tarareables, un asidero fiable, pero después renuncia a la formalidad, se declara libre y avanza (a trompicones, a capricho de su genio) sobre una mullida alfombra. El mejor jazz es el que no se agota en las primeras escuchas, el que precisa un adiestramiento, una voluntad de ahondar o de involucrarse sin reservas. Incluso un jazz liviano (el que sólo se nutre del canon, sin extenderlo, sin avanzar) tiene tramos a los que se puede regresar en la confianza de que nos reservan algún pasaje inadvertido, una nota perdida. Coltrane es el que nos hace viajar, uno de ellos. Vamos de su mano, nos tiene cogida la nuestra.

Los músicos de jazz,  los que han logrado un óptimo estado de ensamblaje sonoro, los que en su oficio visitan la excelencia, van siempre por libre: realizan piruetas melódicas que amenazan el derribo absoluto de la pieza, crean ilusiones mentales en las que uno sabe con más o menos certeza de qué lugar partió pero desconoce enteramente al lugar al que le dirigen. Es un maravilloso viaje a ciegas. Anoche, escuchando Spirituals, la pieza magistral de John Coltrane, rocé la plenitud, sentí esa comunión dulce que nos reconcilia con el cosmos o con uno mismo. En algunos casos hasta podemos encontrar piezas sin nexo con la realidad: limbos, estadios intermedios entre dos diferentes grados de belleza, el dominio de la creatividad sobre la rutina. Como si entras en una catedral y te apabulla la altura, el silencio o la imponente severidad de la piedra antigua. Coltrane es el que nos hace viajar, uno de ellos. Vamos de su mano, nos tiene cogida la nuestra.

Un disco de jazz, bien escuchado, atendiendo a todas las capas de sonidos que ofrece, puede ser inagotable. He pensando que Kind of blue (Miles Davis) es el disco más inagotable del jazz, también A love supreme, del propio Coltrane, pero confieso que me mueven motivos que no pueden ser analizados sin que el que sufraga esa opinión salga seriamente perjudicado. No soy imparcial: se me nota la devoción, el espíritu de absoluta rendición ante el tamaño descomunal de la pasión que exhibo. En esencia, soy uno que escucha a diario jazz y que procura aprender a diario en el vicio que me alegremente me administro. Si hoy fue Coltrane, mañana ya he pensado que me administraré una sesión de Joe Pass. Sé que en algún tramo del día, habrá ocasión para que me retire a mis vicios y me enchufeVirtuoso, que es el disco elegido. Ahí está Night and day o Round about midnight. Las habré escuchado decenas de veces, pero sospecho que sentiré el deslumbramiento de la primera vez. Como el amor a veces. Al modo en que el feligrés se ofrece al dios que lo observa en la homilía, la escucha del jazz es también una rendición, una a la que la razón no puede rebajarla al lenguaje que le es propio. La palabra que más se ajusta es euforia. El jazz es un secreto. Nos lo vamos confiando unos a otros como una revelación. Coltrane es el que nos hace viajar, uno de ellos. Vamos de su mano, nos tiene cogida la nuestra. 

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