
En casa nunca faltaron libros. Ocupaban un par de baldas altas de un mueble grande de salón pensado para que escondiera vajillas, mantelerías y botellas de licores variados. Recuerdo una Biblia escandalosamente voluminosa (con el albarán de pago entre sus páginas, a modo de recordatorio del precio de la fe) y algunas novelas de Agatha Christie publicadas en España por la editorial Molino. Me acompañan algunos títulos, pero he borrado la mayoría: Tres ratones ciegos, El asesinato de Rogelio Ackroyd y, más rutilante que las demás, por ser la primera que leí, El misterio de las siete esferas. Puestos a afinar, quizá sea la primera novela de la que tengo memoria, la primera leída y disfrutada, probablemente. Si se me pregunta, no tengo ni idea de qué iba, tampoco voy a desmontar mi ignorancia buscando la información que me falta. Está bien esa nebulosa, un poco imprecisa y un poco sentimental, que no me ha abandonado en todos estos años. Luego leí muchas más hasta que esa literatura, previsible y encantadora, me cansara y mi voracidad lectora deseara nombres de más peso o de más pedigrí, no sé. No le falta peso ni pedigrí a Miss Christie, ni mucho menos. Hizo por muchas generaciones algo maravilloso: fomentar la lectura. No es fácil ese asunto; no es fácil ahora, pero tampoco antes, en mi época, cuando había menos distracciones de ocio electrónico (por no decir ninguna) y abundaba la calle, que era la restitución más fidedigna de la épica que ahora sólo es posible encontrar en los videojuegos. Agatha Christie odiaría estos tiempos, no le producirían nada más que repulsión. Los muertos de ahora no son como los de antes; por supuesto, los muertos de la novela policiaca (no llegaba a negra) de Agatha Christie no se parecen en nada a los que la pueblan ahora. Los muertos en la literatura son un indicador de su matrimonio con la sociedad: cada una tiene los suyos, más o menos extraídos de ella, consecuencia de su vértigo y de su fiebre, del estado criminal de las cosas. Siempre hay muertos en las novelas, aunque no haya cadáveres, pero en las de la Agatha Christie son muertos estupendos. De esa presencia rumbosa de muertos (asesinatos, ya entienden ustedes) procede una larga tradición posterior, la del whodunnit, ese quién lo hizo que nos convierte en Poirots o en Miss Marples o en el precursor Dupin de Edgar Allan Poe.. A mi amigo K. le cansaron en su tiempo las novelas de pesquisas, en las que te ponen a pensar más de lo que sueles, por si eres capaz de encontrar al asesino. En todas las tramas de Agatha Christie importa menos la naturaleza del infractor, las razones por las que cometió el delito o su peso moral que la puesta en práctica de un método científico, que viene de atrás, que viene de Chesterton o de Conan Doyle. Yo, cuando pienso en Agatha Christie, pienso también en Mark Twain. No hay un porqué. Arguyo, por el placer de argüir, que en la balda de aquel mueble del salón de mi casa andaban a la gresca Tom Sawyer y Huckleberry Finn, pero no podría afirmarlo. La memoria tiene trampas, la memoria hace que creas cosas que no fueron, la memoria es un mal bicho. Leí, también ahí es posible que la memoria me engañe, que esta señora escribió 60 novelas, de las que he leído muchas, y que ha vendido más libros que nadie, si exceptuamos a Shakespeare y ese libro que no es un libro, sino algo más, la Biblia. A Raymond Chandler no le parecía la buena autora que otros perpetradores de novela policíaca decían, pero yo soy más de Hercules Poirot que de Philip Marlowe, por mucho que me encandile el cine negro.
