Revista Cultura y Ocio

Gana el ojo

Por Calvodemora
Gana el ojo

Una de las pocas certezas que manejo es la de no dar casi nada por sentado. Cree uno estar en posesión de la verdad y luego, vista la realidad, usados ciertos instrumentos para descerrajarla, se descubre que no la había. O incluso llegamos a la idea de que la verdad no es nada en lo que podamos confiar. Es mejor involucrarnos en la ficción. Pensar lo real como si alguien lo fabulara y fuésemos meros espectadores. Como si el azar lo cubriese todo. Como si disponer de alguna certidumbre no valiese más que no disponer de ninguna. Tener fe en la ficción. A veces he pensado en lo aburrida que sería la vida sin historias. Precisamos que nos narren. En la antigüedad, había un fervor por la palabra. Al principio, la palabra la tuteló la Iglesia. Ese rapto la hizo perdurar en una época en que gobernaba la barbarie. La literatura se arrogó la posibilidad de instruir. De instruir deleitando, nos dijeron, una pedagogía de lo ameno o de lo conveniente. En ese deleite, en el arrobo puro de la historia, el pueblo edificó sus mitos. Algunos rivalizaban con los forjados en los evangelios. Otros los secundaban. Ahora es la imagen la que conduce las historias. Nos hemos convertido en espectadores, hemos dejado de ser (en parte, afortunadamente) lectores. Contra la imagen no hay batalla posible. O la hay trabajosamente. El novelista lo es en la medida en que ha recibido una educación visual. Hay más referencias a John Ford que a Marcel Proust. Nada que objetar a ese viraje en las preferencias estéticas. Este es el tiempo del relativismo. Moral, estético, intelectual. Gana el ojo. Por ahí se abre paso, sin esfuerzo aparente, la fascinación por el arte. Seduce lo que vemos. Luego vestimos ese vértigo con la divina palabra. Como muchas noches, una vez que se apoltrona uno en el sillón, pensé en qué hacer. Leer, ver cine. Ganó el séptimo arte. Me dejé llevar por la imagen. Al acostarme, mecido por los vapores del sueño, imbuido en una especie de placentera quimera, en ese instante en el que la conciencia se abisma en el sueño, me he prometido leer como un poseso (como antes, no tengo ya esa virtud) esta noche. Como una expiación. Como si lavase alguna culpa. Es muy probable que a eso de las diez me deje caer en el sillón y vea algo de Hitchcock. Sí, creo que esta noche toca Hitchcock. El gordo contaba las historias como nadie. 


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