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Gol

Publicado el 01 abril 2014 por Algodistinto @algodistinto78
Esta semana hay partidos de Champion's League con tres representantes españoles y, como tantos otros, yo los veré por la televisión. Pero hubo un tiempo en el que yo veía esos partidos y soñaba con poderlos jugar algún día. Aquí os dejo un cuento que escribí hace veinte años y que está basado en un hecho real de un compañero de mi equipo de entonces. No he querido cambiar ni una coma... espero que sepáis perdonar los errores del adolescente que era. Se titulaba:
GOL
Corría el año mil novecientos noventa y uno, mes de mayo. Había sido un duro invierno, en el que no hubo un solo día en el que el sol se asomara, aunque fuera tímidamente, por encima de las nubes. Supongo que fue un año de grandes cosechas, pero no es por eso por lo que lo recuerdo. Por aquella época, yo tenía trece años recién cumplidos, y jugaba al fútbol en un equipo de los comparsas en la liga comarcal. Habíamos acabado en el quinto puesto de dieciséis equipos. Luego vino la Copa Federación, que viene a ser algo así como la Copa del Rey, pero en versión de fútbol base. Hasta entonces, yo había tenido pocas oportunidades de jugar de titular, apenas lo había hecho en dos partidos y porque Paco tenía un esguince de muñeca. Paco era el mejor del equipo, tenerlo a él en el campo era como un seguro a todo riesgo. Nunca le vi fallar. A pesar de ser bastante bajo, era un excelente portero, hasta tal punto que era titular indiscutible en la selección provincial y varios equipos de primera división se habían fijado en él. Aquella tarde íbamos a jugar la semifinal de la Copa con el equipo más importante de la zona, el Vetusta, filial del Oviedo. Si les ganábamos, jugaríamos la final contra el Sporting, que había vencido al Caudal de Mieres. La semifinal ya era un sueño para nosotros, y nos conformábamos con ello, pero había gente que pensaba que podíamos llegar más lejos. Comenzábamos a confiar en nosotros mismos y pensar que podíamos ganar al Oviedo, que había quedado cuarto en la liga, sólo dos puntos por delante de nosotros. Era ya el último entrenamiento cuando Fran, el delantero centro del equipo, entra con fuerza por un balón delante de Paco, que coge el balón y recibe la patada de Fran en su mano izquierda. A dos días del partido, Paco se había roto dos huesos de la muñeca, con lo que no podría jugar y tendría que ser yo el portero titular.
El entrenador decidió cambiar el sistema de juego, poniendo cinco defensas y sólo un delantero. La única opción que teníamos era mantener el uno a cero del empate de ida que nos colocaba en la final. La noche antes del partido no logré dormir ni un sólo instante. Sólo pensar en que pocas horas después el equipo entero dependería de mi, ya era suficiente, pero además nos jugábamos participar en una final contra un equipo como el Vetusta, que por muy mal que estuviera, siempre sería temible. Al poco de comenzar el partido, tuvimos que cambiar la estrategia del partido. Los de Oviedo lanzaron un corner al punto de penalty, el balón iba muy alto y salí a despejarlo, cuando tropecé con el cordón de una bota, caí y marcaron gol. A partir de ahí, sólo hice que pedir el cambio al entrenador. No me había lesionado, pero quería salir cuanto antes del campo. Sentía que conmigo sería imposible pasar la eliminatoria y que tal vez con otro lo lograríamos. En el descanso, me mandó que esperara el entrenador. Cuando estábamos solos él y yo en los vestuarios, me dijo unas palabras que nunca olvidaré: "Que pensarías si te digo que Paco sabe que eres mejor que él - volví la cara y esbocé una leve sonrisa -. Pues es cierto. Él piensa que tu eres mejor que él y yo también lo pienso - hizo una breve pausa de unos dos o tres segundos -. Ahora sal ahí y danos la razón ". Hoy sé que sólo lo hizo para que tuviera un poco de confianza, pero en aquel momento, me parecieron unas palabras totalmente sinceras, Jesús nunca me había mentido. ¿Por qué iba a hacerlo entonces?
A partir de ahí, algo dentro de mi cambió. Estaba convencido de que era, no sólo mejor que Paco, sino que era mejor que cualquier otro jugador del mundo. Recuerdo el resto del partido como un sueño.  Los defensas no tenían ese temor de que si les pasaban sería gol seguro, estaban confiados de que sería capaz de solventar cualquier jugada del equipo rival con una intervención espectacular. Por aquel entonces, mi ídolo era Paco Buyo, el portero del Madrid, y comencé a jugar en el mismo estilo que él. Cuando atacábamos, me colocaba más de diez metros fuera del área, jugando casi como un libre. El equipo se volcó sobre el área del Oviedo, pero no éramos capaces de marcar gol. Llegamos a la prórroga y allí ocurrió otra vez lo mismo. Con lo que nos vimos abocados a los penalties.
"Poco importa ya lo que yo haga. Son jugadores muy buenos, sabrán engañarme- pensé-, cualquiera de ellos podría engañar a todos los porteros. Además, su portero es muy bueno y seguro que nos para algún penalty". Entonces oí una voz que me llamaba. Era Jesús. "Escúchame bien: ahora estás en la posición más favorable. No debes de presionarte a ti mismo, ni ponerte nervioso, tú ya has cumplido con tu parte.  Si te meten gol no pasa nada, es lo más lógico- cuando tenía algo importante que decir, siempre adoptaba un tono paternal, que siempre le funcionaba-. Pero si paras algún tiro, aunque sólo sea uno, tenemos mucho a nuestro favor. Cuando se acerque el rival, fíjate en cómo colocan el balón, el pie que tenga más retrasado, es seguramente con el que va a tirar. Mira sólo al balón y a ese pie. Cuando creas que ya sabes donde va a mandar el balón, tírate hacia allí, no antes. ¿Vale?- asentí con la cabeza- ¡Suerte!".  Me acerqué al punto de penalty, camino de la portería. Allí me paré y traté de poner nervioso al ocho del Oviedo, tocando la pelota suavemente con el pie mientras hablaba con el árbitro, para luego hacerle cambiar la posición del balón porque no estaba perfectamente colocado. Cuando colocó el balón tenía la pierna derecha más retrasada, pero los pasos de la carrera los tomó hacia ese mismo lado, como si fuera a tirar con la izquierda. Traté de hacer lo que me había dicho Jesús. Me fijé sólo en el balón y en su pie derecho. Efectivamente le dio con la derecha. En el mismo instante en que golpeó salté hacia la derecha, toqué el balón con la punta de los dedos, pero no logré desviarlo. Había tirado con el empeine, raso, a pocos centímetros del poste. Al levantarme miré hacia Jesús. Asintió con la cabeza, en señal de aprobación, mientras extendía las manos con las palmas hacia abajo.

Jorge era el encargado de tirar el siguiente penalty. Salió fuera del semicírculo para tomar carrera. Se acercaba a buen ritmo al balón, pero a un paso se paró, y el portero saltó hacia el palo de su izquierda, mientras que el balón viajaba suavemente por el aire buscando el centro de la portería. El portero del Vetusta era muy alto y lo más lógico habría sido lanzarlo raso y a un palo, pero a Jorge siempre le han gustado las cosas difíciles. Se acercó a mi, que estaba en un lateral del área y mientras sonreía dijo: "A que te ha gustado". Nuevamente mi turno. El jugador con el número cuatro iba a ser el siguiente en tirar. Su puesto era el de libre y supuse que sería un tiro con el empeine, fuerte y al centro, cerca del larguero. Cuando comenzaba a retroceder, le hice parar porque tenía que atarme la bota, que yo mismo había aflojado poco antes. Jesús al verme se reía a mandíbula batiente. Siempre he creído que debes fiarte de tu intuición, puesto que pocas veces falla, y así lo hice. Amagó en tirar a mi izquierda y yo hice lo propio, pero con los dos pies firmemente apoyados sobre la tierra arenosa. No me equivoqué en cómo iba a tirar, fuerte y al centro. Logré desviar la trayectoria del balón con los puños y éste salió por encima del larguero después de golpear en él. Fran nunca se ha caracterizado precisamente por su modestia, se acercó a mi, "izquierda o derecha- dijo, no pude por menos que reírme- eso lo tomo como izquierda". Se acercó después al portero del Vetusta y le dijo "si me aceptas el consejo, creo que va a ir a la escuadra de tu izquierda". No le hizo caso y se lanzó hacia la derecha, mientras el balón fue a la izquierda, tocando suavemente en el larguero a escasos centímetros del poste.
Con una tranquilidad y seguridad de la que no sé muy bien su origen me acerqué al nueve del Vetusta y le dije "tira si quieres, pero te la voy a parar". El árbitro se acercó a mí y amenazó con sacarme tarjeta amarilla si volvía a hablar con el contrario, en ese tono. Fui a mi portería y aunque adiviné la dirección del balón, no logré ni acercarme a él. Fue un tiro perfecto. Un golpe dulce, por debajo, mandando la pelota a la escuadra izquierda de la portería. En el siguiente tiro, Alarcos mandó el balón al larguero, por la parte inferior, con lo que el balón fue hacia abajo, pero se salió después de golpear en la línea de gol. Dos a dos, después de tres penalties, en el cuarto lanzamiento, ambos equipos marcamos y nuevamente hice el numerito, diciendo que la red estaba rota, con lo que hice que el árbitro tuviera que revisar toda la red. Así llegamos al último tiro de la tanda. En ésta ocasión, tenía los guantes flojos y fui donde Jesús a que me los apretara, cuando debía dirigirme a la meta.
- Que tal lo estoy haciendo, Jesús.
- Si en esto del fútbol no triunfas dedícate a actor- los dos nos reímos
El once del vetusta lanzó el balón como lo hiciera anteriormente Jorge, suave, alto y al centro. Lo paré, y de esta forma, teníamos la eliminatoria en los pies de Quique. Su especialidad, eran los tiros rasos y cerca del palo, pero en esta ocasión no ajustó bien la cercanía al poste y el balón golpeó en este, para luego ser atrapado por el portero del vetusta. Los penalties siguieron, no fallando nadie, hasta que llegó el penalty número once, donde nos lo jugábamos los porteros. Yo sería el último en tirar, y como nunca he confiado mucho en mi puntería, prefería asegurarme de que si fallaba no nos eliminarían, así que volví a dar el espectáculo, moviéndole el balón, discutiendo sobre su posición, hablando con él para tratar de descentrarle, hasta que llegó un señor de negro con algo amarillo en la mano y me dijo que como siguiera así, me expulsaba. No quise arriesgarme y ni siquiera protesté la tarjeta amarilla. Fui hacia mi portería, pisé la cal reseca que marcaba la línea de gol y la borré un poco bajo mis pies. En esta oportunidad, no miré al balón, ni al pie, miré a los ojos del portero del Vetusta, con una sonrisa de superioridad en mis labios. Media altura a mi izquierda, hice una palomita y me quedé con el balón entre mis manos. Ya "sólo" me restaba marcar.
Era mi primer penalty. No es habitual que un portero lance muchos penalties y mucho menos si además de portero eres suplente. No sé por qué, me quité los guantes y los lancé hacia mis compañeros. Cogí el balón suavemente con ambas manos, quité parte de la cal que marcaba el punto de penalty con mi pie izquierdo y después de darle un beso al balón, lo deposité con mimo sobre la mezcla de tierra arenosa y cal. Dos, tres pasos atrás, completamente perpendicular a la línea que delimita lo que es gol de lo que se queda en un huy. En el último paso me desvié hacia la izquierda, miré al balón y golpeé con todas mis fuerzas, sin preocuparme de la dirección. Cerré los ojos, no queriendo saber lo que había hecho. Un enorme griterío hizo que los abriera, ya era demasiado tarde para rectificar, seguramente había mandado el balón fuera y habría perdido una oportunidad única para nuestro equipo. Miré hacia la portería y el balón no estaba allí.  Me dirigí hacia ella, para intentar parar el siguiente penalty, pero mi moral era nula, igual que mi autoconfianza. El griterío no cesaba detrás de mí, es más, cada vez era mas fuerte. Una lágrima brotó de mis ojos sin poder evitarlo, la sequé con la manga de mi camiseta de portero, pero a la primera le siguió una segunda y una tercera. Ya no estaba de humor ni para desconcentrar al contrario. Sólo quería que pasara cuanto antes el duro trance de enfrentarme nuevamente al reto de parar el balón. De repente, me agarran por detrás y me levantan del suelo. Eran mis compañeros, no lo podía creer, había marcado, habíamos ganado el partido.


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