Si Quentin Tarantino fuera presidente del mundo, los videos clubes serían lugares sagrados, dignos de culto y exentos de impuestos. Son la versión abarrotada, masculina y maloliente de lo que antes eran las cinematecas; y son también el semillero de donde salieron reyes de la cultura nerd como Charles Kaufman o Michel Goldin, pero sobretodo son (como los confesionarios y los consultorios médicos) lugares donde se trafica intimidad, deseos insatisfechos y oscuras pasiones personales. Eso es lo que lleva a la protagonista de Good Dick a Cine Fail, el video club al que asiste con una regularidad de adicta. Alquila siempre lo mismo: cine porno de los ochenta, ese que ya sólo puede verse en VHS. Así hasta que uno de los empleados viola dos reglas doradas de la etiqueta video club: uno, le habla y dos, le recomienda un porno mejor. “No podes hablarle a un cliente que alquila porno igual que a uno que alquila Truffaut” lo increpan sus compañeros; pero ya es tarde, el daño ya está hecho y Good Dick puede convertirse en lo que será: una comedia anti-romántica sobre dos criaturas lastimadas que no tienen donde caerse muertas.Ella tiene 24, vive sola, no habla con nadie y se alimenta a base de una dieta simple: leer a Celine y masturbarse. El duerme en el auto, carga con un pasado de drogas y no tiene otro lugar en el mundo que el video club, hasta que decide entrar en la vida de ella y hace todo para conseguirlo.Amores que duelen como abusos, violencias que enternecen y conmueven. Ahí, en la naturalidad con que despliega ese tipo de paradojas está el fuerte de la película de Marianna Palka, mezcla rara de Átame con El niño salvaje y Hight fidelity, Good Dick es una fábula contemporánea típica, uno de esos relatos morales en los que el bien no viene del bien, sino de sus alter egos más indeseables: los sótanos, los locales mal iluminados, los chiqueros o las góndolas pornos de un video club. Presentación realizada por Alan Pauls en junio 2011en el marco del ciclo Juventud, divino tesoro, Primer Plano I.Sat.