Revista Cultura y Ocio

Gota fría – @virutl38

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

Recuerdo la taberna. Con sus olores y sus penumbras.

Teníamos poco tiempo. Y aún así parecía una eternidad. Envuelta en un momento que se nos antojaba inacabable. Yo con mi camisa blanca. Remangada hasta los codos. Como en la fotografía que sostengo. De aquel día. Recuerdas. Y tú con aquella camiseta de tiras de color verdoso. Que dejaba tus preciosos hombros desnudos. Lo ves. Era ésta. Aquí estás. Apoyada en mi espalda. Y ese cartel es el de la taberna.

El calor y la humedad tan fuerte hizo que tan pronto nos sentamos pedimos el vino. Quería un blanco fresco y armonioso a juego con tu espectacular sonrisa. Como no podía ser menos me incliné por un Terras Gauda de hacía un año. El vino de O Rosal en copa helada va fantástico con mis ganas. Te dije. Y reímos.

El corcho sobre el mantel. Tu ansia reflejada en tu rostro. Tus dedos envolvieron el cristal de la copa. La sensación placentera del frío de aquel vidrio y el asfixiante ambiente de la ola de calor. Sentía que tu piel rezumaba humedad ambiental. Y todo me hacía temblar. Como si fuese un adolescente. En plena pubertad.

Llevaste el borde de la copa a tus labios. Y el líquido dorado se precipitó a tu garganta. Recuerdo el gruñido gratificante que salió de ti. Y que yo recordaba de momentos más íntimos y muy profundos. Me dieron ganas de abalanzarme sobre aquella mesa y beber aquel vino de tus propios labios. Desgañitaría mi voz gritando al techo de aquel mesón que amaba aquella boca que gruñía de gusto con el sabor afrutado y ácido de aquel vino helado.

Y mientras levantaba mi copa te observé a través del vidrio y del vino. Al otro lado de aquel absurdo picassiano tu figura resultaba tan atrayente que me sentí poderoso. Y al mismo tiempo agradecido. Bebí un trago largo y pude comprobar que aquel líquido tenía algo de tu sabor. Poseía la esencia misma de la vida. Envuelta en alcohol macerado y dorado.

Fue cuando comprobé la gota. Aquella solitaria. Fantástica. Increíble gota de vino. Que se mantenía en la comisura de tu labio inferior. Aquella milésima de duda. Un momento en el que la gota inició un camino descendente por tu barbilla. Y descubrió la suave curva de tu mentón. Se lanzó vertiginosa por tu cuello. Aquel maldito cuello. Digno de un estudio sesudo sobre espacios artísticos para la reflexión y la lujuria.

Observé extasiado aquella gota. Que descendía valientemente por aquel espacio escénico de mis sueños. Y se situó a las puertas de un Himalaya escarpado. Pugnando por entrar sin llamar en un espacio vedado al extraño. Y reservado a mis ansiedades. Y no lo pude remediar. Mi dedo índice paró su loca carrera. Subí la gota a mi huella. Te miré a los ojos. E hice que tus labios entreabiertos recuperasen la meta inicial de aquella rebelde.

Sentí mi dedo dentro de tu boca. La gota fría había vuelto a su lugar de destino. Y mi mente volaba con alcanzar metas menos díscolas. A base de buscar los caminos emprendidos por la gota. Pero repasados como autopistas. Por mi lengua.

No se ve en la foto. Pero recuerdo con nitidez. Morirme de amor. Y de ganas de ti. Y de felicidad absoluta. Sin más necesidad que sentir que aquella gota estaba donde le correspondía. Como yo. En tu boca.

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