Respirar tranquilidad, tener aceras y calles peatonales es algo a lo que no estamos acostumbrados aquellos que transitamos frecuentemente las calles salvadoreñas, por lo que la sensación fue placentera hasta unos niveles insospechados. El gaznate se refrescó con unas cervezas Toña y dormimos muy agusto preparados para el nuevo día.
Al medio día salimos hacia la isla de Ometepe, desde el embarcadero de Granada, por el que antaño transitase todo el oro del Perú, dato que yo desconocía y que me hizo volar mucho tiempo atrás. Impresionante el lago Cocibolca y las vistas de los volcanes Maderas y Concepción, que se iban haciendo cada vez más grandes según nos aproximábamos a la isla. Finalmente llegamos a un lugar llamado Finca Magdalena, al pie del volcán Maderas, al que subiríamos a la mañana siguiente.
La subida al volcán no fue una tarea muy sencilla, pero se pudo lograr, después de cuatro horas cuesta arriba entre cafetales y luego bosque húmedo tropical para finalmente bajar hasta el cráter, que tiene una lagunita en la que algunos atrevidos se llegan a bañar. La bajada, aunque menos costosa, fue la que nos destrozó las rodillas y nos hizo estar en el estado que nos encontramos actualmente; completamente doloridos por las agujetas. En la bajada, nos rodearon varios grupos de monos congo, o monos aulladores, que con sus berridos nos llamaron la atención y logramos localizarlos colgados de un árbol cercano.
Para paliar los dolores y descansar, nos bajamos a la playa de agua dulce Santo Domingo, donde nos asoleamos y tomamos unos roncitos Flor de Caña Gran Reserva.
Al medio día salimos hacia la isla de Ometepe, desde el embarcadero de Granada, por el que antaño transitase todo el oro del Perú, dato que yo desconocía y que me hizo volar mucho tiempo atrás. Impresionante el lago Cocibolca y las vistas de los volcanes Maderas y Concepción, que se iban haciendo cada vez más grandes según nos aproximábamos a la isla. Finalmente llegamos a un lugar llamado Finca Magdalena, al pie del volcán Maderas, al que subiríamos a la mañana siguiente.
La subida al volcán no fue una tarea muy sencilla, pero se pudo lograr, después de cuatro horas cuesta arriba entre cafetales y luego bosque húmedo tropical para finalmente bajar hasta el cráter, que tiene una lagunita en la que algunos atrevidos se llegan a bañar. La bajada, aunque menos costosa, fue la que nos destrozó las rodillas y nos hizo estar en el estado que nos encontramos actualmente; completamente doloridos por las agujetas. En la bajada, nos rodearon varios grupos de monos congo, o monos aulladores, que con sus berridos nos llamaron la atención y logramos localizarlos colgados de un árbol cercano.
Para paliar los dolores y descansar, nos bajamos a la playa de agua dulce Santo Domingo, donde nos asoleamos y tomamos unos roncitos Flor de Caña Gran Reserva.