Revista Cultura y Ocio

Guardar las formas, por Alberto Olmos

Publicado el 29 mayo 2016 por David Pérez Vega @DavidPerezVeg
Guardar las formas, por Alberto OlmosEditorial Random House. 132 páginas. 1ª edición de 2016.
He comentado en el blog en más de una ocasión que conozco en persona a Alberto Olmos (Segovia, 1975) y que de vez en cuando quedamos y hablamos de libros. También he leído casi todo lo que ha publicado. Sé (lo ha declarado en prensa) que cuando acabó de escribir Alabanza y cuando el libro se publicó en 2014, se sintió sin fuerzas para volver a escribir una nueva novela a corto plazo. Decidió entonces escribir un conjunto de relatos por primera vez. Ésta, que parece una decisión inocua en el itinerario de cualquier escritor, en su caso puede llegar a ser algo controvertida, debido a que hace años resultaron polémicas unas declaraciones suyas en las que afirmaba que el cuento le parecía un género menor respecto a la novela (la disciplina que siempre ha practicado él). Aquello lo publicó en su blog Hikikomori en 2009, y entre otras cosas afirmaba lo siguiente:
«La ideas no discutibles sobre el cuento y la novela son las siguientes:
1. Un cuento es más fácil de escribir que una novela.
2. Cualquiera puede escribir un cuento; no cualquiera puede escribir una novela.
3. El cuento puede leerse y escribirse de un tirón; una novela no puede escribirse ni leerse de un tirón.
4. Muchos autores empiezan escribiendo cuentos y pasan a la novela; pocos (no conozco ninguno) siguen la trayectoria inversa.
5. Las novelas pueden expurgarse hasta producir un cuento.
y 6. La suma de cuentos no equivale a una novela».
El post completo puede leerse AQUÍ
En aquella época a Alberto Olmos le gustaba provocar, creo que ahora también, aunque en la actualidad se muestra más comedido. El artículo que comento (de lectura estimulante) trajo consigo más de un comentario y alguna ofensa. Yo sé que Alberto es un lector habitual de libros de cuentos y de poesía, aunque despotrique contra los malos cuentos y la mala poesía. Sé que admira mucho la forma de escribir cuentos de, por ejemplo, Eloy Tizón.
Así que, después de Alabanza, pensando que no estaba en disposición de escribir una nueva novela, Olmos decidió asumir el reto de escribir un libro de cuentos. El conjunto, formado por doce piezas, lo envió al premio bienal de cuentos Ribera del Duero, que se falló en 2015, resultando ganador el libro Siete casas vacías de la escritora argentina Samantha Schweblin. En esta convocatoria se presentaron 850 originales, y entre los cinco finalistas (Cristina Cerrada, Vera Giaconi, Alberto Olmos, Edmundo Paz Soldán y Samantha Schweblin) estaba Guardar las formas, con el título de concurso Todos cuantos vagan.
Guardar las formas está formado por doce cuentos. Cuando me acerqué al primero, titulado Por dentro, sobre un joven que no puede salir de la casa de la chica con la que se ha acostado, tuve la impresión de estar ante el típico personaje de una novela de Olmos: alguien solitario y fascinado por la intimidad de los demás. La prosa, como es habitual en la narrativa de su autor, está muy cuidada. Olmos ha tratado de escribir –leo en prensa‒ un conjunto de relatos en los que ensaya muchos enfoques. Sin embargo, el conjunto, pese a tener, por ejemplo, cuentos realistas y otros fantásticos, acaba leyéndose con una sensación de propuesta unitaria. Así, al acercarme al segundo cuento, La botella, sobre una mujer que bebe sola en su casa, experimenté una conexión temática con el protagonista del primero, y el modo de resolver ambos relatos ‒de forma elusiva, pero con tendencia a la tragedia y el tremendismo‒ también me resulta semejante.
En el tercer cuento ‒768.786 euros‒ el tono cambia, pues se pasa de la tercera persona a la primera, y el narrador cede su voz a un ladrón de barrio marginal. El relato se lee con agilidad, y el mundo descrito tiene bastante fuerza, pero quizá, al encontrarme de nuevo con un final similar a los anteriores (como dije: “tendencia a la tragedia y el tremendismo”), me parece que el resultado pierde algo de intensidad, y se tiene la sensación de que estos tres primeros cuentos se han escrito empleando una fórmula. Aunque lo cierto es que los tres son buenos, y probablemente, 768.786 euros lo habría disfrutado más si no hubiera leído los dos anteriores.
El cuarto –Guardar silencio‒ nos habla sobre la soledad de una mujer hispanoamericana inmigrante en España, y es mi favorito del conjunto. Creo detectar en él esa fascinación por las posibilidades de los cambios tecnológicos y sus implicaciones en la vida cotidiana de las personas inspirada, o conectada, con las obsesiones de los relatos y novelas del escritor argentino Sergio Chejfec. Me parece un cuento que, pese a su concepción muy intelectualizada, acaba siendo bastante emocionante.
Los bienes, sobre la muerte de un padre, que cada año escribe una novela que nunca llegará a publicarse, es un cuento correcto sobre la condición humana y la vocación.
No me gusta demasiado Carta de una niña de cuatro años (para que la lea cuando alcance los dieciocho), porque lo que funcionaba en el anterior como contención narrativa, aquí me parece que se desliza ligeramente hacia la cursilería y la anécdota mínima. Se lee con agrado, en cualquier caso.
Tantas veces criminal es otro de mis cuentos favoritos del libro. Un español pasea por las calles de una ciudad hispanoamericana, horas antes de tener que dejarla para tomar un avión. Su mirada se va haciendo cada vez más turbia, más inquietante. El sentimiento paranoico del que observa y se siente observado me ha hecho percibir una conexión con el narrador del primer cuento, y el sutil desasosiego que generaba me ha resultado perturbador. Un cuento logrado.
En cambio, La suplantación es el cuento que menos me ha gustado del libro. Es un relato bastante corto, de apenas cuatro páginas, y a mí los cuentos que más me gustan tienden a ser largos, de 15 a 20 páginas. Es un cuento metafísico, de anécdota mínima, que me recordaba un tanto al de La botella, pero este último me ha parecido bastante más conseguido.
En VHS, el narrador cede su voz a un retrasado mental (una posible influencia del personaje de Benjy en El ruido y la furia de Faulkner, por esta idea de la primera persona cedida a una voz en principio no literaria); en él he sentido una conexión con el cuento 768.786 euros. El final tremendista también los une.
Love performance aborda la obra un tanto desquiciada de una artista conceptual, y me ha gustado bastante. Me ha recordado a la nueva cuentística argentina (Samantha Schweblin, Federico Falcón o Tomás Sánchez Bellocchio), que se adentra en el territorio híbrido entre el cuento fantástico y el realista. Se cuenta aquí algo, en principio inverosímil, pero desde una perspectiva realista. En este sentido, también el último cuento, Todos y cada uno de ellos, lugar y fecha, pertenece a ese nuevo territorio híbrido de la extrañeza.
El penúltimo relato ‒Los sentidos‒ es un claro homenaje a Julio Cortázar, y como homenaje funciona, pero la artificiosidad de la extrañeza creada me lleva a preferir el último cuento comentado: Todos y cada uno de ellos, lugar y fecha, que fluye de manera más natural.
Guardar las formas me ha resultado una lectura agradable; tiene cuentos bastante redondos, pese a alguna repetición en los efectos creados, y otros en los que el autor se arriesga y no acaba de atinar. Ya lo he dicho cuando he comentado los libros del cuentista Elvio E. Gandolfo (alguien que debería ser mucho más conocido en España de lo que es): el hecho de mezclar en un libro de cuentos los fantásticos con los realistas o expresionistas, los de ciencia ficción con los costumbristas… siempre es una riqueza.
Después de tanta provocación de Olmos sobre el tema del relato (un género que a mí siempre me ha gustado mucho), resulta que por fin se ha decidido a escribir un libro de cuentos y hay que reconocer que el resultado del conjunto ha sido notable.

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