Revista Historia

Halloween y Todos los Santos, la calabaza vacía de una tradición de ida y vuelta

Por Ireneu @ireneuc

Llega la festividad de Todos los Santos y, con ella, llega el gran debate de todos los años...¿ castañada o Halloween? Es en esta época cuando los que tienen la cadencia a seguir la tradición de comer castañas, boniatos y panellets, se enfrentan acérrimamente contra aquellos que, dando la espalda a las costumbres de toda la vida, se disfrazan de muertos, se dedican a vaciar calabazas y, haciendo el "truco o trato", celebran Halloween como si fueran auténticos granjeros de las llanuras de Oklahoma. Personalmente siempre he tenido tendencia a seguir las tradiciones locales antes que las novedades más o menos impostadas, pero este "enfrentamiento" entre unos y otros resulta absolutamente vacío porque, cuando vemos el origen, en vez de una novedad, en realidad es una vuelta a los orígenes. ¿Que le cuesta creérselo? Sígame e intentaré aclarárselo.

El culto a los muertos es un culto que es inherente a la Humanidad misma. Desde lo más remoto de la antigüedad, el ser humano ha tenido la necesidad intrínseca de homenajear a sus seres queridos que, tras su muerte, desaparecen físicamente, pero permanecen bien vivos en la memoria de los que les sobreviven. Hindúes, chinos, japoneses, africanos, indígenas americanos, aborígenes australianos... todo el mundo tiene sus tradicionales rituales funerarios que se han seguido desde la noche de los tiempos. Europa no es una excepción y, siguiendo las tradiciones grecorromanas en las orillas del Mediterráneo o las tradiciones de las tribus centroeuropeas, todos los grupos humanos que pulularon por estos andurriales tenían sus cultos particulares a los muertos.

La introducción de los ritos cristianos, significó la desaparición de los ritos paganos que existían previamente en beneficio de los nuevos rituales. No obstante, el culto a los difuntos era lo suficientemente potente como para que la Iglesia no pudiera eliminarlos de un plumazo, por lo que se adaptó a ellos, y uno de los antiguos ritos relacionados con los muertos, que ni tan solo la romanización había podido substituir en buena parte de la Europa Occidental era la festividad celta del Samhain (pronunciado "sawin").

El Samhain que se celebraría entre el 31 de octubre y el 1 de noviembre, correspondía con el final del año celta, momento equidistante entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno en que comenzaba el periodo más oscuro del año y en que toda la naturaleza "moría" hasta la llegada de la primavera. Ello hacía que esta época, en que las tareas agrícolas cesaban y en que los últimos frutos de la temporada se habían cogido (castañas, calabazas, bellotas, nabos...), se convirtiera en el momento idóneo para recordar a los muertos. Muertos cuyas almas volvían a las casas de sus familiares durante este día.

Justo entonces, la tradición marcaba que los vivos rindieran homenaje a sus muertos vaciando calabazas o nabos, dibujándoles una cara y poniéndoles una vela dentro, representando con ellas las almas de los difuntos, así como ofreciéndoles algo de comer (de aquí la tradición de dar a comer castañas, boniatos o elaboraciones como los "panellets" o los " panes de ánimas") para que en su paseo anual por entre los vivos se encontrasen acogidos. Por su parte, en el conocido " Trick or Treat" anglosajón, los niños, representando a las ánimas de los difuntos que acuden a las casas durante la víspera de Todos los Santos, reclaman sus viandas (las golosinas) y amenazan a los vecinos con asustarlos si no lo hacen, como forma de castigo a aquellos que no tuvieran el correspondiente respeto con las almas en pena. Formas complementarias de la misma simbología.

Desde un punto de vista más científico, se piensa que la costumbre de la calabaza se relacionaría con los fuegos fatuos que se producen en los cementerios por la combustión espontánea de los gases de putrefacción (más evidentes en las épocas de menos luz solar) y que se creería que eran las almas de los finados allí enterrados. A modo de ejemplo de esta tradición, que entroncaría con las raíces celtas milenarias, hay que saber que en Galicia se mantiene esta costumbre ancestral e, incluso, en Catalunya, documentado desde finales del siglo XVIII y hasta mediados del siglo XX, se vaciaban nabos y calabazas por Todos los Santos. Una tradición que, visto lo visto, de nueva no tiene nada.

Ante la fuerza de tal creencia (tócame lo que quieras, pero no me toques los muertos) la Iglesia acabó adaptando la celebración de Todos los Santos -mártires, se entiende- al 1 de noviembre, llamándose la festividad en inglés antiguo " All Hallows' Even", nombre que, por economía lingüística, acabó contraído en "Halloween" y que, por mucho que nos suene a extraño o exótico simplemente significa " Víspera de Todos los Santos". O, como decimos en catalán, "roda el món i torna al born", es decir que la tradición que salió de Europa para llegar a América de la mano de los colonos europeos que fueron allí hace 500 años, simplemente ha vuelto -con un buen marketing, eso sí- al punto de partida.

En definitiva que, en una cultura que es fruto del mestizaje de musulmanes, celtas, romanos, griegos, iberos, fenicios y el sursum corda que ha pasado por aquí, preocuparnos por la supuesta "pureza" de unas u otras tradiciones, no deja de ser más que la reedición del "cuando el diablo se aburre, con el rabo espanta moscas". Y es que, cuando la tradición es siempre la misma, y lo que se homenajea es exactamente lo mismo, no tiene porqué haber ningún inconveniente en que, mientras te pones hasta el culo de panellets, salvas un alma del Purgatorio con cada castaña que te comes y brindas con moscatel por el recuerdo de los difuntos, los críos recuerden simbólicamente a los adultos sus "obligaciones" para con sus muertos y vacíen una calabaza para ponerle una vela en recuerdo a las almas de todos aquellos que nos dejaron.

El mundo interior, por más que nos parezca lo contrario, no es incompatible con el mundo exterior, sino complementario. Al fin y al cabo, la vida y la muerte, la risa y el miedo, la luz y la oscuridad, son las dos caras de la misma y misteriosa moneda que es nuestra existencia.

Carpe diem, memento mori. No hay más.


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