Cuando me pregunten por qué cuento o qué mágico poder tienen las historias hablaré de HAMNET. Les diré que salí del cine llorando con la imagen de ese pequeño valiente dejando tras de sí tanto dolor y silbando al cielo, o las de esa madre fuerte y tierna a la vez que extendió su mano en medio de una obra de teatro para tocar al que le devolvió a Hamlet.
Pero esas lágrimas no habrían sido posibles sin la increíble novela de Maggie O’Farrell en @librosdelasteroide que narra un episodio de la vida de Shakespeare transitando entre la ficción y la realidad a partir de lo que condiciona la obra de cualquier artista: su familia y las grandes cuestiones de cualquier existencia que nos conectan con el dolor, la pérdida, el amor puro.
Y Maggie no habría podido escribir Semejante obra maestra, supongo, si William Shakespeare, al que se intuye humilde en película y libro, no hubiera conectado tanto lo que sentía con su forma de entender el teatro y así ser capaz de subir sobre el escenario auténticos hitos de la imaginación. No sé a quien tengo que agradecerle tantas emociones: al teatro, a la novela o al cine. O quizás al tiempo que uno se toma simplemente en disfrutarlas.
