Revista Religión

Hawking, Dios y los científicos

Por Joseantoniobenito

Hawking, Dios y los científicos

Ante las declaraciones de Hawking, presento tres artículos muy clarificadores. Uno de la editorial http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?IDNodo=-3&Id=49349,  “Dios y la ciencia: un diálogo del filósofo Jean Guitton con los científicos” y  otro del célebre P. Manuel Carreira, que a pesar de escribirlo hace años tiene plena validez. Buen provecho.

1.   ¿Tiene algo de sorprendente que un científico ateo como Hawking niegue la Creación?

Redacción - 04/09/2010  Stephan Hawking, uno de los pocos científicos vivos que se declaran ateos, ha abierto de nuevo un debate que parecía rebasado por la lógica, la razón y la propia ciencia, al afirmar sin rubor algunos que “Dios no creó el Universo” y que, por lo tanto, el mundo que conocemos surgió de la nada de manera espontánea, sin necesidad de que “nadie” lo creara. De esta manera, acaso sin pretenderlo, Hawking se ha convertido en el mayor “descubridor” de la Historia…

Por supuesto, el “hallazgo “no ofrece materia alguna de polémica pues nada más natural que un científico que nunca ha tenido la menor inquietud espiritual ni se ha interrogado sobre el sentido de la vida, tan solo crea en el “cientificismo”, esa corriente filosófica moderna que niega la posibilidad de un sentido último y global y que no admite como válidas otras formas del conocimiento que no sean las propias de las ciencias positivas. Esta corriente, como ya denunció Juan Pablo II en su encíclica “Fe y Razón”, relega a la mera imaginación del hombre tanto el conocimiento religioso como teológico y filosófico.
Es bien sabido que la crítica tanto científica como filosófica ha desacreditado esta corriente de pensamiento aunque resurja de cuando en cuando, como ahora ocurre con el “descubrimiento” de un reconocido ateo al que no debiera importarle mucho si Dios creó o no creó el Universo. No obstante, si hasta ahora no había llegado a esa conclusión, la simple duda le debería haber llevado a pensar que antes del “big bang” había “algo” más que la pura nada, es decir, el Creador. Pero, en fin, el cientificismo tiene esas carencias ya que su objetivo es relegar a meros “productos de la emotividad” humana, como decía Juan Pablo II, la fe, la filosofía, la teología y el propio sentido de la vida y las cosas.
El llorando Papa recordaba a este propósito que la ciencia “se prepara para dominar todos los aspectos de la existencia humana a través del progreso tecnológico” de acuerdo con una mentalidad “cientificista” que parece no encontrar límites, lo que, paradójicamente, conduce a un empobrecimiento de la reflexión humana al despreciar hasta la reflexión ética y considerar que “todo lo que es técnicamente realizable es moralmente admisible”. En todo caso, no puede olvidarse que la inmensa mayoría de los científicos a lo largo de la historia, incluidos los tiempos modernos, han sido creyentes.
Los científicos y Dios
A este respecto hemos recogido algunas frases célebres de destacados científicos sobre su creencia en Dios: Son las siguientes:
A. EINSTEIN: «A todo investigador profundo de la naturaleza no puede menos de sobrecogerle una especie de sentimiento religioso, porque le es imposible concebir que haya sido él el primero en haber visto las relaciones delicadísimas que contempla. A través del universo incomprensible se manifiesta una Inteligencia superior infinita».
Ch. DARWIN: «Jamás he negado la existencia de Dios. Pienso que la teoría de la evolución es totalmente compatible con la fe en Dios. El argumento máximo de la existencia de Dios, me parece, la imposibilidad de demostrar y comprender que el universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre, hayan sido frutos del azar».
N. COPÉRNICO: «¿Quién, que vive en íntimo contacto con el orden más consumado y la sabiduría divina, no se sentirá estimulado a las aspiraciones más sublimes? ¿Quién no adorará al Arquitecto de todas estas cosas?».
T. A. EDISON: «Mi máximo respeto y mi máxima admiración a todos los ingenieros, especialmente al mayor de todos ellos, que es Dios».
HATHAWAY: (padre del cerebro electrónico «La moderna física me enseña que la naturaleza no es capaz de ordenarse a sí misma. El universo supone una enorme masa de orden. Por eso requiere una Causa Primera, grande, que no está sometida a la segunda ley de la transformación de la energía y que, por lo mismo, es sobrenatural».
W. VON BRAUN: «Por encima de todo está la gloria de Dios, que creó el gran universo, que el hombre y la ciencia van escudriñando e investigando día tras día en profunda adoración».
A. M. AMPERE: «¡Cuán grande es Dios, y nuestra ciencia, una pequeñez!».
I. NEWTON: «Lo que sabemos es una gota, lo que ignoramos, un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del universo no ha podido salir sino del plan de un Ser omnisciente y omnipotente».
K. F. GAUSS: «Cuando suene nuestra última hora, será grande e inefable nuestro gozo al ver a Quien en todo nuestro quehacer sólo hemos podido columbrar».
G. MARCONI: «Lo declaro con orgullo: soy creyente. Creo en el poder de la oración y creo no sólo como católico, sino como científico».
C. LINNEO: «He visto pasar de cerca al Dios eterno, infinito, omnisciente y omnipotente, y me he postrado de hinojos en adoración».
E. SCHRÖDINGER: (premio Nobel de Física, creador de la Mecánica Ondulatoria) «La obra maestra más fina es la hecha por Dios según los principios de la mecánica cuántica».
K. L. SCHLEICH: (célebre cirujano, descubridor de la anestesia local) «Me hice creyente por el microscopio y la observación de la naturaleza, y quiero, en cuanto esté a mi alcance, contribuir a la plena concordia entre la ciencia y la religión».
J. KEPLER: «Si Dios es grande, grande es su poder, grande su sabiduría. Alabadle, cielos y tierra. ¡Mi Señor y mi Creador! La magnificencia de tus obras quisiera yo anunciarla a los hombres en la medida en que mi limitada inteligencia puede comprenderla».
Sir Fred HOYLE: (gran astrónomo y matemático) «El universo de las galaxias se dilata, y se crea continuamente en el espacio nueva materia para mantener constante la densidad media del universo, y esto exige la existencia de un Creador».
A. S. EDDINGTON: (astrónomo y matemático inglés) «Ninguno de los inventores del ateísmo fue naturalista, sino filósofos mediocres. El origen del universo presenta dificultades insuperables, a no ser que lo consideremos sobrenatural».
J. barón VON LIEBIG: (químico y fisiólogo alemán) «La grandeza e infinita sabiduría del Creador la reconocerá realmente sólo el que se esfuerce por extraer sus ideas del gran libro que llamamos naturaleza».
E. WHITTAKER: (investigador y catedrático de la Universidad de Edimburgo) «Cuando se investiga profundamente sobre el origen del universo, no hay más opción que convertirse al catolicismo

Declaraciones de algunas personalidades religiosas
"Creer en Dios no consiste en taponar un agujero para explicar cómo unas cosas se relacionan con otras en el Universo, sino que es la creencia de que hay un agente inteligente y vivo de cuya actividad depende en última instancia todo lo que existe", declaró ayer el líder anglicano al diario 'The Times'. "La física por sí sola no resolverá la cuestión de por qué existe algo en lugar de nada", agregó Williams.
Por su parte, el rabino jefe, Jonathan Sacks, señala en un artículo por el mismo diario que "la ciencia trata de explicar y la religión, de interpretar. A la Biblia sencillamente no le interesa cómo se creó el Universo”. La ciencia desarticula las cosas para ver cómo funcionan. La religión las junta para ver qué significan. Son dos empresas intelectuales distintas. Incluso ocupan diferentes hemisferios del cerebro", señala Sacks.
El arzobispo de Westminster y primado de la Iglesia católica de Inglaterra y Gales, Vincent Nichols, dijo suscribir totalmente las palabras del rabino jefe sobre la relación entre religión y ciencia. También el presidente del Consejo Islámico de Gran Bretaña, Ibrahim Mogra, atacó las tesis de Hawking y dijo que "si uno mira el Universo, todo apunta a la existencia de un creador que le dio origen".

Adelanto del libro
En su libro, 'The Grand Design', del que 'The Times' adelantó el jueves algunos extractos, Hawking afirma que las nuevas teorías científicas hacen redundante el papel de un creador del Universo. El Big Bang, la gran explosión en el origen del Universo, fue consecuencia inevitable de las leyes de la física, argumenta el científico británico, que ha escrito el libro al alimón con el físico estadounidense Leonard Mlodinow. Según Hawking, el primer golpe asestado a la teoría sobre la intervención de Dios en la creación del Universo fue la observación en 1992 de un planeta que giraba en órbita en torno a una estrella distinta de nuestro Sol.
En opinión del conocido astrofísico, es probable que existan no sólo otros planetas, sino también otros universos, y si la intención de Dios era simplemente crear al hombre, esos otros universos serían perfectamente redundantes. Para Hawking, la teoría-M, proposición que unifica las distintas teorías de las supercuerdas, es la teoría unificada con que soñaba Einstein, capaz de reconciliar la teoría cuántica, que da cuenta del mundo subatómico, con la de la gravedad, que explica la interacción de los objetos a escala cósmica.
'El golpe de gracia'
El biólogo y ateo militante Richard Dawkins, autor del libro 'El Espejismo de Dios', declaró a ''The Times que "el darwinismo expulsó a Dios de la biología, pero en la física persistió la incertidumbre. Ahora, sin embargo, Hawking le ha asestado el golpe de gracia". Por el contrario, para el astrofísico y teólogo David Wilkinson, "el Dios en el que creen los cristianos es un Dios íntimamente involucrado en todo el momento de la historia del universo y no sólo en sus comienzos".
A su vez, el presidente de la Sociedad Internacional de la Ciencia y la Religión, George Ellis, rechaza el argumento expuesto por Hawking en su libro en el sentido de que la filosofía no tiene ya sentido al haber sido suplantada por la ciencia. "La filosofía no está muerta. Todo punto de vista está imbuido de filosofía. ¿Por qué la misma ciencia merece la pena? La respuesta es filosófica y emocional. La ciencia no puede responder a la pregunta sobre sí misma", explica Ellis.

2.   Dios y la ciencia: un diálogo del filósofo Jean Guitton con los científicos

Mariano Artigas, en la revista "Nuestro Tiempo" - 03/09/2010 Recuperamos de la revista “Nuestro Tiempo” (nº 468, junio 1993) un artículo del profesor Mariano Artigas en el que recoge las reflexiones del filósofo y escritor francés Jean Guitton, de la Academia francesa, en su libro "Dios y la ciencia : hacia el metarrealismoen" en el que aborda los logros de la ciencia actual que, a juicio del escritor, llevan hacia Dios. Las sugerencias de Guitton se basan en ideas ampliamente discutidas por científicos y filósofos en la actualidad.

Desde la antigüedad más remota hasta nuestros días, los pensadores han estudiado la posibilidad de tender puentes entre el mundo visible y el invisible. Siempre han existido dos grandes bloques: unos niegan que existan tales puentes y sostienen posiciones que van desde el materialismo hasta el agnosticismo, y otros afirman que los puentes existen y son transitables. En la época moderna, estas discusiones se encuentran frecuentemente relacionadas con el progreso de las ciencias.

El prestigioso pensador francés Jean Guitton pertenece al segundo bloque, el de quienes afirman la existencia de puentes, y pretende fundamentar sus razonamientos en los conocimientos científicos actuales. En su reciente libroDios y la ciencia mantiene un amplio diálogo con dos astrofísicos, los hermanos Igor y Grichka Bogdanov, que comparten las ideas de Guitton y les prestan la base científica.

El problema del puente

No son pocos quienes, en estros días, afirman que existen puentes entre la ciencia y la religión. Sin embargo, no todos los puentes son sólidos y ni siquiera llevan siempre al mismo lugar. Por ejemplo, Paul Davies escribía en 1983 que en la actualidad la ciencia proporciona un camino más seguro para llegar a Dios que el ofrecido por la religión tradicional, pero el puente de Davies conducía, en aquellas fechas, a una especie de panteísmo en el que se venían a identificar el universo y la divinidad en una mezcla incoherente y explosiva. Davies admite en la actualidad que el puente puede llevar a un Dios personal. Son abundantes las publicaciones en las que científicos, filósofos y teólogos tratan estas cuestiones con éxito desigual.

El puente de Guitton está diseñado para conducir hasta un Dios personal creador. Esta construido sobre pilares firmes: sobre la convicción de que el progreso científico manifiesta la existencia de un orden muy notable, y el orden del universo remite a un Creador inteligente. Lo que resulta problemático es el rigor de las argumentaciones, el paso de la física a la metafísica, o sea, el puente mismo.

En la contraportada del libro se dice que en la actualidad , la ciencia plantea cuestiones que, hasta una fecha reciente, pertenecían a la teología o a la metafísica, y se añade que esto es unaevidencia. Es lo mismo que en los últimos años viene repitiendo Stephen Hawking. Las respuestas de Hawking y Guitton son muy diferentes, incluso opuestas, pero en ambos casos se tiene la sensación de que se lleva a la ciencia demasiado lejos, haciéndole decir cosas que realmente no está en condiciones de afirmar.

En efecto, como todo mortal, el científico se plantea problemas metafísicos, que a veces le vienen sugeridos por su trabajo, sobre todo si estudia el origen del universo, de la vida o del hombre. Pero no está claro que esos problemas pertenezcan a la propia ciencia. El motivo es que cada disciplina científica adopta puntos de vista particulares y los interrogantes metafísicos, en cambio, se dirigen a las cuestiones más radicales de la existencia; por tanto, exigen un tratamiento especial que supera las posibilidades del método científico. Cuando no se distinguen suficientemente las dos perspectivas, el puente se queda a medio hacer; en consecuencia, el transeunte que no se detenga caerá en el vacío. En el libro de Guitton, los tres autores exponen reflexiones interesantes, pero en más de una ocasión da la impresión de que pueden caer en el vacío: a veces, porque hacen decir a la ciencia cosas que no está en condiciones de decir, y en otros casos, porque aventuran explicaciones cuya coherencia es dudosa.

El origen del universo

En el primer capítulo se plantea el problema de la creación, a raíz de las explicaciones cosmológicas centradas en la Gran Explosión acaecida hace unos 15.000 millones de años. Casi todo el diálogo consiste en una divulgación de las teorías científicas generalmente aceptadas en la actualidad. De pronto, Guitton dice que ese panorama le hace experimentar un vértigo de irrealidad, como si al aproximarnos al comienzo del universo el tiempo se dilatase hasta llegar a ser infinito, y añade la siguiente reflexión: "¿no es preciso ver en este fenómeno una interpretación científica de la eternidad divina? Un Dios que no ha tenido comienzo y que no tendrá fin no está forzosamente fuera del tiempo, como a menudo se lo ha descrito: él es el tiempo mismo, a la vez cuantificable e infinito, un tiempo donde un solo segundo contiene la eternidad entera. Yo creo precisamente que un ser trascendente accede a una dimensión a la vez absoluta y relativa del tiempo: incluso me parece que esto es una condición indispensable para la creación".

El problema al que alude Guitton es importante, ya que se refiere a la relación entre nuestro mundo, inmerso en el tiempo, y la acción de Dios que está por encima del tiempo. Pero su reflexión no resulta muy clarificadora. ¿Cómo es posible que Dios sea el tiempo mismo, a la vez sujeto a medida (cuantificable) y eterno?, ¿es posible afirmar que Dios es el creador del mundo, como sin duda lo afirma Guitton, añadiendo a la vez que Dios no está fuera del tiempo?

Es importante advertir además que la cosmología científica, en su propio terreno, nada tiene que ver con el vértigo que lleva a Guitton a pensar en una dilatación del tiempo que, cuando se aproxima a la Gran Explosión, se dilataría hasta el infinito. Incluso es posible que la Gran Explosión nada tenga que ver con la creación del universo. En todo el capítulo, tanto Guitton como sus interlocutores pasan por alto esta posibilidad que, sin embargo, resulta crucial.

Ciencia y creación

Por el momento, poco sabemos acerca del origen de la Gran Explosión. Pudiera ser que coincidiera con la creación, pero la ciencia no puede asegurar que así sea. Más aún: nunca lo podrá asegurar. En el terreno de la física, siempre cabrá formular hipótesis sobre posibles estados anteriores del universo; desde luego, si realmente no han existido, no se conseguirá probar su existencia: pero siempre será posible pensar que quizá hayan existido y que, simplemente, no disponemos de teorías bien comprobadas acerca de ellos.

En resumen, la física no puede demostrar que un suceso concreto ha sido el origen absoluto del universo, o sea, la creación. Podemos concluir, mediante razonamientos filosóficos de otro tipo, que debe haber existido la creación, pero no podemos probar que haya tenido lugar en un momento que podamos fechar.
En el curso de sus reflexiones, Guitton cita a John Archibald Wheeler y a David Bohm. Se trata de dos físicos importantes que se han adentrado en especulaciones filosóficas tan discutibles como las que el propio Guitton aventura cuando añade que, en el comienzo de la Gran Explosión, pudo haber "una forma de energía primordial, de una potencia ilimitada. Creo que antes de la Creación reina una duración infinita. Un Tiempo Total, inagotable, que todavía no ha sido abiertoo partido en pasado, presente y porvenir. A ese tiempo que todavía no ha sido separado en un orden simétrico cuyo presente no sería sino el doble reflejado, a ese tiempo absoluto que no transcurre, corresponde la misma energía, total, inagotable. El océano de energía ilimitada, eso es el Creador. Si no podemos comprender lo que ocurre detrás del Muro, es porque todas las leyes de la física pierden pie ante el misterio absoluto de Dios y de la Creación".

El valor de las metáforas

Estas reflexiones resultan sugerentes, pero sólo tienen valor como metáforas que no pueden interpretarse al pie de la letra. Hablar de Dios como duración infinita, tiempo total oenergía primordial resulta más bien confuso, porque en Dios no hay duración, tiempo ni energía, y la eternidad divina no se despliega en el tiempo.
El lenguaje metafórico es legítimo. Nuestro lenguaje está lleno de metáforas, que se utilizan para explicar de modo figurado algo difícil de expresar, recurriendo a comparaciones con lo que nos es más familiar. Pero Guitton las utiliza en un sentido bastante fuerte, estableciendo una cierta continuidad entre lo que sucede en la naturaleza y lo que podemos decir acerca de Dios, como si la duración, el tiempo y la energía de que habla la ciencia fuesen una prolongación, a escala limitada, de lo que sucede en Dios mismo.

Está fuera de dudas que Guitton admite la trascendencia divina. Lo afirma expresamente al final del libro, a modo de conclusión. Lo que no está claro es el valor de sus metáforas, que además se apoyan en unos hechos que se dan como definitivamente adquiridos por la ciencia cuando, en realidad, caen fuera de su competencia. Guitton da por supuesto que el modelo de la Gran Explosión conduce a la creación absoluta del universo, y sobre esa precaria base afirma que, a través de ese viaje hasta los confines de la física, tiene la certeza indefinible de haber tocado el extremo metafísico de la realidad.

Al final del primer capítulo, Guitton afirma que "el más grande mensaje de la física teórica de los últimos diez años se refiere al hecho de que ha sabido descubrir que en el origen del universo se encuentra la perfección, un océano de energía infinita". En realidad, la física no dice nada semejante. La reflexión de Guitton puede resultar sugerente, pero no pertenece al ámbito de la ciencia y, desde la perspectiva filosófica, plantea dos serias dificultades: por una parte, identifica la Gran Explosión con el origen absoluto del universo, lo cual es inseguro, y por otra, identifica a Dios con una infinitud de energía, lo cual resulta confuso si se habla de energía en el contexto de la física.

Vida, orden y azar

Si las teorías físicas sobre el origen del universo llevan a pensar en un principio ordenador primordial, algo semejante ocurre, según Guitton, cuando estudiamos el origen de la vida. La fantástica aventura que habría dado lugar a los vivientes primitivos a partir de sus componentes químicos, no se explica recurriendo al puro azar, ya que supone que se han dado unas combinaciones sumamente improbables de los componentes. Si se supone que la naturaleza ha dispuesto de todo el tiempo necesario para probar todo tipo de combinaciones químicas hasta que, por azar, se acertó con la correcta, deberá admitirse, por ejemplo, que en esos ensayos se habrían formado un cantidad de compuestos químicos mayor que el nùmero de átomos que existe en el entero universo.

Los argumentos en contra del puro azar son, en efecto, serios, a menos que se admita la existencia de tendencias que se combinarían con una cierta aleatoriedad. A lo largo de los capítulos segundo y tercero, los Bodanov y Guitton exploran los datos científicos que indican la insuficienca del puro azar como explicación del orden natural. En el curso del diálogo, los hermanos Bogdanov exponen las teorías de Ilya Prigogine acerca de la formación de estructuras ordenadas a partir de otras menos ordenadas, así como sus repercusiones para explicar el posible origen químico de la vida.

En esta línea, los interlocutores dedican especial atención al principio antrópico. El universo que conocemos depende de modo crucial de los valores de un conjunto de magnitudes básicas, lasconstantes universales, tales como la constante de Planck y las intensidades de las fuerzas básicas de la naturaleza. Si esos valores, que se conocen en la actualidad con una gran precisión, fuesen ligeramente diferentes, no podría existir el universo que conocemos. Todo sugiere que el universo ha sido planeado para que, en último término, podamos existir los humanos.

Se trata de ideas muy debatidas en la actualidad, que enlazan con los razonamientos clásicos acerca de la existencia de una finalidad en la naturaleza y que, sin duda, resultan de gran interés. Quienes defienden que la organización del universo es el resultado de procesos casuales se encuentran con enormes dificultades. Guitton y los Bogdanov tienen razón cuando afirman la necesidad de admitir un principio ordenador superior al universo. Sin embargo, los datos científicos por sí solos no bastan para llegar a esa conclusión, a menos que se integren en un razonamiento propiamente filosófico.

Los fantasmas cuánticos

Uno de los aspectos más problemáticos del libro son las interpretaciones filosóficas que, a partir del capítulo cuarto, se exponen a propósito de la física cuántica. En resumen, viene a decirse, de modo repetitivo, que la física cuántica propone una imagen espiritualizada de la materia, proporcionando las bases para una filosofía en la cual se anulan las diferencias clásicas entre la materia y el espíritu: hay espíritu por todas partes, hasta en lo más material.

¿Que hay de cierto en ello? Ante todo, es verdad que el materialismo mecanicista, que pretendía explicar toda la realidad recurriendo a la combinación de partículas materiales, es difícilmente reconciliable con la física actual, porque las presuntas partículas, que serían comotrozos últimosde materia, no parecen existir. Las partículas subatómicas de la física actual son algo mucho más complejo. Si se pregunta hoy día a un físico qué son esas partículas, responderá que son loscuantos de los campos básicos de fuerzas, lo cual poco tiene que ver con la imagen de las bolas de billar.

Guitton y los Bogdanov afirman con énfasis que los campos son algo inmaterial, y de ahí extraen conclusiones de gran alcance acerca de la aproximación e interpenetración de la materia y el espíritu. Sin embargo, este razonamiento se basa en una confusión. Los campos de fuerzas de que habla la física son construcciones abstractas, teóricas, matemáticas. Sin duda, se refieren a algo real, pero no son una mera fotografía de la realidad. Y la realidad a la que se refieren es una realidad física, material, no espiritual.

En este ámbito se han acumulado múltiples equívocos de los que son responsables también algunos destacados físicos. Los debates acerca del verdadero significado de la física cuántica han dado lugar a una literatura muy amplia que aumenta de día en día. Los diálogos de Guitton y los Bogdanov no clarifican la cuestión, sino que más bien se apoyan en interpretaciones de dudoso valor, que dan como bien establecidas.
Los autores parecen afirmar, por ejemplo, que el famoso experimento de la doble ranura acerca del comportamiento de las partículas subatómicas establecería la existencia del espíritu, lo cual no resiste un análisis serio. Si lo que se quiere afirmar es que no existe nada puramente material, porque toda materia se encuentra estructurada y, además, está sostenida por la acción divina que da el ser a todo lo creado, no es necesario recurrir a argumentos poco consistentes con una presunta base física.

Ciencia, filosofía y religión: nuevas perspectivas

Es cierto que los nuevos desarrollos de la ciencia en las últimas décadas proporcionan una base de gran interés para la discusión de importantes problemas filosóficos. Uno de los méritos del libro de Guitton es que no sólo subraya este aspecto, sino que, además, incluye muchas explicaciones divulgativas acerca de los avances de las ciencias que resultan clarificadoras para el no especialista. El lenguaje es directo y sencillo, los argumentos son claros, y el lector puede hacerse una idea acerca de bastantes debates científico-filosóficos muy actuales.

Además, las ideas básicas que se defienden en el libro corresponden, con frecuencia, a problemas e intuiciones importantes. Es una lástima que se encuentren mezcladas con interpretaciones de dudoso valor, probablemente debidas al deseo de construir un puente que relacione directamente la ciencia con la afirmación del espíritu y de Dios. Los puentes existen, pero no siempre son tan directos ni tan sencillos como el libro parece sugerir. Requieren un trabajo más arduo, porque las ciencias, por sí mismas, son incompetentes para pronunciarse acerca de los problemas metafísicos, ni en un sentido ni en otro: proporcionan conocimientos que deben ser sometidos a valoración epistemológica e integrados en una reflexión propiamente filosófica. Los autores lo saben y en ocasiones lo afirman, pero a veces parecen olvidarlo.

No cabe hacer demasiados reproches a Guitton si se tiene en cuenta que existe en la actualidad una amplia literatura, por lo general de tendencia materialista o agnóstica, que incurre en defectos semejantes. Pero sería deseable distinguir con mayor claridad lo que dice la ciencia, lo que son interpretaciones discutibles, y los razonamientos propiamente filosóficos que llevan hasta Dios.

(1) Jean Guitton, Grichka Bogdanov e Igor Bogdanov.

P. CARREIRA: ORIGEN DEL UNIVERSO, ORIGEN DEL HOMBRE

Del temario tradicional donde ciencia, filosofía y teología se encuentran, no siempre amistosamente, las cuestiones acerca de los orígenes de la realidad material, viviente o no, son las más debatidas. Las intervenciones de los distinguidos participantes en las jornadas de IUVE muestran el amplio abanico de puntos de vista, aportes científicos, inquietudes metafísicas, y -abundantemente-limitaciones de nuestro conocer de fines de siglo.  No es posible evaluar en dos páginas lo dicho por quienes tienen una calidad científica y un prestigio del más alto nivel.  Simplemente indicaré mi reacción de conjunto a los diversos enfoques, con la esperanza de que ayude a la lectura y aprecio de este capítulo.

Creo necesario resaltar una y otra vez el modo de proceder científico, en el sentido técnico que hoy tiene la palabra “ciencia”.  En ella se busca describir objetivamente el proceder de la materia, con la metodología experimental de observación cuantitativa: sólo una medida puede darnos valores numéricos que se incorporan en ecuaciones para expresar, inferir o deducir el estado presente, pasado y futuro de un sistema.  Hipótesis, leyes, teorías, intentan relacionar los datos en un todo inteligible, que siempre necesita de nuevo refrendo experimental, con otras observaciones y medidas.  No basta un acervo de datos para hacer ciencia, pero sin ellos es imposible hacerla.

Lo que no es expresable con un número o no puede comprobarse experimentalmente, ni siquiera en principio, no es tema científico.   Las razones últimas de existencia, la finalidad, son ejemplos de cuestiones meta-físicas, no físicas (abarcando en esta palabra todas la ciencias de la materia). Por eso es imposible pedir a ecuación o instrumento alguno una respuesta acerca de por qué existe el Universo, o de su posible sentido finalístico.  Menos todavía puede esperarse de un experimento que nos aclare si Dios existe o no: sería más absurdo que buscar con el microscopio el valor literario del Quijote.  Dios no será una nueva fuerza expresable en términos de supercuerdas, ni una forma extraña de materia inicial, ni una fluctuación cuántica en un vacío eterno.  Si verdaderamente hablamos de un comienzo del Universo, de esta realidad que estudiamos y que no es una construcción abstracta de la matemática pura, necesitamos saber “por qué existe algo en lugar de nada”.  Y esto nos lleva a un terreno anterior a la física, porque la nada no tiene propiedades ni condiciones iniciales ni leyes de actividad, todo lo cual es lógicamente necesario para resolver un problema científico.

El Dr. Hawking, con la agudeza y originalidad que le caracteriza, intenta soslayar -más que resolver- el problema.  Lo hizo hace años con su hipótesis de un universo sin “condiciones de entorno”, que se perpetúa sin singularidades en un tiempo “imaginario”, aunque en el tiempo real tuvo que admitir un comienzo.  Ahora propone “universos bebés”, indetectables en sí mismos, pero tal vez utilizables como razón teórica de que la posible constante cosmológica de Einstein tenga un valor próximo a cero.  Aun así, en su conocido libro “La breve Historia del Tiempo” tiene finalmente que admitir que si sus ecuaciones tal vez describen correctamente el Universo, no explican por qué hay un Universo que se ajusta a ellas; lo mismo podría preguntarse con respecto a sus nuevas teorías.  Y es lícito tambien el subrayar que lo que no es experimentable -en principio- no tiene carta de ciudadanía científica: con sus palabras en esta intervención “es un poco como preguntar cuántos ángeles pueden danzar sobre la cabeza de un alfiler”.

Íntimamente relacionado con la razón de existir está el problema del ajuste inicial de propiedades, especialmente de la densidad cósmica y las intensidades de las cuatro fuerzas que hoy rigen el comportamiento de la materia.  Desde Eddington, Dicke, Carter, Barrow, Wheeler, y el mismo Hawking han subrayado el finísimo ajuste necesario ya en el primer instante para que hoy el Universo albergue vida inteligente, al menos en nuestro planeta.   El mundo físico y su evolución parece pensado para llegar a este fin, y la alternativa a un Creador inteligente y todopoderoso es solamente la hipótesis a-científica de una infinitud de universos paralelos o sucesivos, todos con la máxima variedad de propiedades, pero todos indetectables y sin otra justificación que proporcionar un “azar “que lleve en uno de ellos a un entorno adecuado para nuestra existencia.  Con la exigencia a priori de que todo lo matemáticamente posible tiene que ocurrir de hecho, se quiere simultáneamente justificar el comienzo del Universo, la aparición de la vida, y la inteligencia y consciencia que permiten desarrollar las matemáticas.  Es algo semejante al círculo vicioso propuesto por Wheeler con su “observador cuántico”: el hombre con su observación ajusta las condiciones cósmicas iniciales para que el Universo permita la existencia del observador.

Si la finalidad es parte de la meta-física al hablar del Universo y del Principio Antrópico, y su negación deja al Cosmos y su evolución en un absurdo, también se presenta insistentemente como problema a resolver al hablar de la vida y su origen.  Aun Monod se vio obligado a aceptar una “teleonomía” del ser viviente y de la evolución biológica: lo más obvio de todo ser vivo, desde la primera célula, es su unidad de actividad autoconservadora, que ningún “azar” explica realmente, porque el azar no es ninguna fuerza física ni puede ser razón suficiente de orden.  Creo que no es injusto decir que todavía falta la respuesta científica a todas las preguntas importantes de la biología, aunque se utilicen frases generales de un contenido más o menos plausible.  No sabemos dónde ni cuándo ni cómo apareció la vida en la Tierra, ni siquiera podemos sintetizar en el laboratorio los primeros rudimentos de algo tan complejo como el ADN o ARN.  No sabemos tampoco explicar convincentemente el mecanismo de la evolución cuando queremos aplicar la idea de mutaciones genéticas aleatorias a órganos extremadamente especializados, aun de algunos insectos o artrópodos.  Y ciertamente no sabemos explicar el origen de la inteligencia por ninguna evolución orgánica o de comportamiento.

Conviene repetir que las ciencias de la materia solamente admiten cuatro interacciones -fuerzas- como base explicativa de cuanto ocurre en nuestro entorno, sea en la física de la materia inanimada, sea en el campo de la biología.  Pero el proceder de cada una de estas fuerzas está muy claramente delimitado, en términos de atracciones, repulsiones, emisión de ondas o transformaciones de partículas.  En ninguna de ellas aparece nada que indique la posibilidad -menos aún la explicación- de consciencia y pensamiento abstracto.  No tiene más sentido atribuir una intuición genial a señales eléctricas o químicas entre neuronas que el esperar la composición espontánea y original de una gran obra literaria por el paso de corrientes en los transistores de un circuito electrónico.  “La Nueva Mente del Emperador” sigue siendo un fraude, y lo será siempre como dice Penrose.

No es posible establecer ninguna argumentación evolutiva convincente para afirmar necesidad alguna de desarrollar inteligencia: especies de características muy primitivas, desde bacterias hasta hormigas y celacantos, han sobrevivido durante períodos geológicos de cientos o miles de millones de años.  Ni siquiera puede encontrarse un nicho ecológico concreto cuya conquista propiciase la evolución de consciencia, lenguaje articulado, búsqueda de verdad, belleza y bien: todo lo que nos hace humanos y que no tiene valor de adaptación a ningún entorno físico.  Mientras que las especies se modifican con especializaciones para un hábitat determinado, el hombre permanece sin otra especialización que esa extraña y misteriosa sed de conocer, de buscar orden y relaciones que se concretizan en arte, filosofía, matemática y ciencia: productos todos sin parámetros físicos medibles, sin masa, carga eléctrica, temperatura..   La única consecuencia lógica es atribuir lo que no encaja en la definición operativa de materia a una realidad no material, que no puede tampoco explicarse por evolución meramente material desde formas previas.

Finalmente, en este tanteo de buscar respuestas partiendo de tan pocos datos, no podemos pretender cálculo alguno de la probabilidad de inteligencia o vida extra-terrestre.  La famosa ecuación de Frank Drake es un ejercicio en pura adivinanza, cuyo resultado depende más del optimismo o imaginación de quien la aplica que de ciencia sólida.  Lo único cierto es la maravilla de nuestra propia existencia, en este planeta privilegiado, en estos últimos segundos del año cósmico.


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