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Hidalgo, la Historia Jamás Contada

Publicado el 21 septiembre 2010 por Diezmartinez
Hidalgo, la Historia Jamás Contada

Al cine nacional, no se le dan las biopics. Y a las pruebas me remito: ¿recuerda usted una biografía fílmica realmente importante en la más que centenaria historia del cine mexicano? Por lo menos, yo no. Es cierto que hay filmes históricos memorables como Vámonos con Pancho Villa (De Fuentes, 1935), pero en esta cinta “el Centauro del Norte” no es el personaje central –aunque, eso sí, es el mejor Villa de toda la historia del cine mexicano.

De ahí en fuera, nuestros héroes son precoces mártires (El Joven Juárez/Gómez Muriel/1954), figuras paternales/populacheras (los tres filmes villistas dirigidos por Ismael Rodríguez con Pedro Armendáriz como Villa, tan bien parodiados por Los Polivoces: “jejeje, muchachito”) ybostezantes monumentos a la solemnidad (Aquellos Años/Cazals/1972) o a la escuela actoral mexicana conocida como “engarróteseme ahí” (Zapata en Chinameca/Hernández/1987).

En este deprimente contexto, no le ha ido nada bien al llamado “Padre de la Patria”. Hasta antes de Hidalgo, la Historia Jamás Contada (México, 2010), Don Miguel Hidalgo y Costilla había aparecido, con voz engolada, con la mirada fija en la Historia (así, con mayúsculas) y encarnado por Julio Villarreal, en La Virgen que Forjó una Patria (Bracho, 1942) y, poco antes, en una película que ni García Riera vio, ¡Viva México! (Contreras Torres, 1934), en donde el cura Hidalgo fue interpretado por Paco Martínez. Así pues, a menos que haya otra película que desconozca, el tercer largometraje del teatrero, director de telenovelas y ocasional cineasta Antonio Serrano, es la tercera cinta mexicana que tiene como personaje central al cura iniciador de la guerra de independencia.

Tengo la sensación que Serrano y su guionista, el escritor Leo Eduardo Mendoza, trataron de sacudirse de tal manera toda acusación de solemnidad, que se fueron al otro extremo. El Hidalgo de Serrano/Mendoza, interpretado por Demián Bichir, es un rebelde, inconforme e intelectual bon vivant que decidió ser sacerdote no por vocación sino por presión de su padre y porque ahí, bajo el manto protector de la Iglesia, puede dedicarse a lo que realmente le gusta: leer, discutir, bailar, tocar el violín, jugar a las cartas, corretear mujeres… y montar obras de teatro.

Todo lo anterior, en efecto, está documentado –léase la minibiografía Hidalgo, escrita por Jean Meyer (Ed. Clío)- y es cierto, también, que Hidalgo tradujo al español el “Tartufo” de Molière, que su casa era llamada despectivamente “la Francia chiquita” y que, en efecto, sostuvo varias relaciones amorosas y que fue, literalmente, “padre de más de cuatro”. Lo que no es tan cierto es que Hidalgo no tuviera vocación sacerdotal: de hecho, uno de los argumentos que se usaron en contra de él en su juicio frente a la Santa Inquisición fue, precisamente, que cómo era posible que un hombre tan sabio, tan santo y tan dedicado a su feligresía, había caído tan bajo para rebelarse contra la Corona y la Santa Iglesia. El tipo era un teólogo avezado, sus sermones eran atractivos y el interés por sus feligreses no se circunscribía a decir sólo la misa sino a atenderlos ahí donde ellos estaban y cuando lo necesitaban.

Serrano y Mendoza se toman ciertas libertades históricas entendibles: el Obispo Abad y Queipo (Marco Antonio Treviño) no fue ningún villano reventón sino un obispo progresista y liberal, protector incluso de Hidalgo -aunque luego fue quien lo excomulgó; y el envío del propio Hidalgo a San Felipe Torresmochas no fue un castigo ni un destierro, sino un premio, pues en esa parroquia tenía un salario más elevado que como rector del Colegio de San Nicolás, en Valladolid (pasó a ganar 4 mil pesos anuales por los 1,200 que cobraba en la rectoría, según el libro de Jean Meyer).

En todo caso, estas inexactitudes son lo de menos. Si alguien quiere saber quién fue Hidalgo, que lea a los historiadores del siglo XIX (de Alamán a Bustamante, pasando por Mora), que tanto lo debatieron. El asunto aquí es dilucidar si la película funciona o no como tal, independientemente de las pocas o muchas libertades que se toma. Y en este sentido, mi respuesta es negativa: el filme nunca termina de funcionar.

En primera instancia, el Hidalgo de Bichir nunca me convenció: aplaudo la desmitificación del cura de Dolores, pero hay varias ocasiones en la que el personaje se le resbala al actor, quien en cierto momento habla como cualquier chilango al que lo acaban de empujar en el metro (“¿Entonces, qué”, le dice, muy bravo, con acento capitalino, al detestable Clérigo Ramírez, bien interpretado por Gerardo Trejo Luna). Los matices del personaje histórico –un intelectual de primera, un hombre práctico del campo y la industria, un hombre alegre de juergas y francachelas… ¿cómo se convirtió en un caudillo implacable que permitió varias masacres horrendas?- se le escapan a Bichir, que tampoco tiene mucho asidero en el redundante guión de Leo Eduardo Mendoza.

La idea central de Mendoza es que Hidalgo, más que cualquier otra cosa, quiso ser un actor, un hombre de teatro. Por eso, cuando el acaudalado comerciante Don José Quintana (Juan Ignacio Aranda, otro actor secundario que está mejor que los principales) le propone al nuevo cura de San Felipe Torresmochas montar una obra de teatro, Hidalgo elegirá –y traducirá- el Tartufo como una forma de reflejar la hipocresía social que le rodea. De hecho, esto es lo mejor de la cinta: las escenas del montaje tienen una vitalidad y gracia que el resto del filme carece por completo.

Por desgracia, más allá del montaje especular de Molière, la cinta no va para ninguna parte. Construida en base a sucesivos flashbacks subjetivos de Hidalgo poco antes de ser fusilado en julio de 1811 en Chihuahua, la “historia jamás contada” se convierte precisamente en eso: una historia que jamás cuenta nada. Un par de escenas para mostrar el caos de la revolución de independencia –una de ellas, la matanza de españoles dirigida por el torero Marroquín en Guadalajara, permitida por Hidalgo-, un epílogo en el que Hidalgo se encuentra con un tal Allende rumbo al curato de Dolores y todo lo demás son las intrigas del Clérigo Ramírez, la tenaz resistencia de Hidalgo, las fiestas de él con sus amigos y la belleza deslumbrante de Ana de la Reguera, quien se ve suculenta en esos vestidos que realzan toda su pechonalidad.

Parece mentira, pero el Hidalgo de Alejandro Tomassi y Televisa en Gritos de Muerte y Libertad resultó, de lejos, más interesante, por lo menos, como interpretación actoral y como audaz lectura histórica. Eso sí: a Televisa le faltó Ana de la Reguera y sus vestidos.


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