Revista Opinión

Hispania

Publicado el 05 abril 2012 por Lmgaliana
Los romanos –que crearon el término de Hispania– siempre incluyeron en sus límites los territorios de la que, ya muy avanzada la Edad Media, sería denominada, Cataluña. De hecho, Tarraco (actual Tarragona) fue capital de una de esas Hispanias. Lo mismo sucedió con el reino visigodo, que cristalizaría en un reino de España. Significativo resulta que la primera capital de ese reino, con Ataulfo, estuviera en Barcelona. Sabido es que muy pronto la capital, con lógica irrefutable, se trasladó al centro de la Península, a Toledo, pero a esas alturas los escritos visigóticos con Isidoro de Sevilla a la cabeza hablan de una nación llamada España cuyas raíces son romanas y cristianas y a la que han llegado recientemente los godos. Semejante visión no quebró tras la invasión islámica de 711. En un intento de protegerse de un destino como el sufrido por España, los reyes francos se apoderaron de territorios al sur de los Pirineos, a los que denominaron la Marca Hispánica (nombre revelador) y se convirtieron en territorio colchón. Sin embargo, los monarcas francos consideraban que aquel territorio era ya entonces España.
En abril de 815, poco después de la creación del condado de Barcelona como colchón entre francos y musulmanes, Ludovico Pío, rey de Aquitania y soberano de Septimania, promulgó un precepto destinado a la protección de los habitantes del Condado de Barcelona y otros condados subalternos. En él se habla, literalmente, de los «españoles» Juan, Chintila y un largo etcétera, y además se afirma: «Muchos españoles, no pudiendo soportar el yugo de los infieles y la crueldades que ejercen sobre los cristianos, han abandonado todos sus bienes en aquel país y han venido a buscar asilo en nuestra Septimania o en aquella parte de España que nos obedece». En el documento no aparece ni la palabra Cataluña ni la palabra catalanes –entonces ideas inexistentes– pero sí se hace referencia a como esa zona territorial formaba parte de España y sus habitantes eran españoles. Hasta el año 1096, la familia de los condes de Barcelona –que seguían siendo vasallos del reino franco– fue de origen extranjero y con la excepción de Berenguer III, que se casó con María, hija del Cid Campeador, los matrimonios siempre se contrajeron con mujeres procedentes de algún lugar al norte de los Pirineos. En el año 1137, un conde de Barcelona llamado Ramón Berenguer IV rompió con esa tradición seguida durante siglos por sus antecesores y contrajo matrimonio con la princesa Petronila de Aragón. Así, el condado de Barcelona –que no era ni Cataluña, ni una nación catalana ni tenía pretensión de serlo– volvía a reintegrarse en el proceso de reconstrucción, de Reconquista, de España y lo hacía como parte no de una confederación catalano-aragonesa como dicen los nacionalistas, a pesar de que jamás aparece tal nombre en las fuentes históricas, sino como parte de la Corona de Aragón.
(Continuará)
Siglo XII
En este siglo, los reinos cruzados se instalarán en el Medio Oriente. Las sucesivas derrotas de éstos llevarán a organizar la Segunda y Tercera Cruzada, que no tendrán éxito en sus objetivos. Por otra parte, el Concordato de Worms cierra la Querella de las Investidura en 1122. A partir de esta fecha, se vivirán muchos años de paz entre Papado e Imperio Alemán, hasta que Federico I Barbarroja invade Italia. Esta guerra finalizará con el Tratado de Constanza de 1183.

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