Revista Opinión

Historia de Griselda

Publicado el 30 junio 2013 por Miguelmerino

Un temblor infinito anidaba en la yema de mis dedos cuando toqué sus párpados y los fui cerrando.

Albanito, amigo mío, Luis Mateo Díez

Cuando conocí a Griselda no hubo grandes señales. Pero alguna sí que hubo. Fue en la galería de los espejos de Nupaní, la tienda donde yo trabajaba de dependiente. En un primer momento, no me di cuenta de su particularidad, así de embobado me dejó.

- ¿Buscaba algún tipo de espejo en especial? – Le pregunté con mi sonrisa más lela.

- Sería para nada – Me contestó enigmáticamente, pero devolviéndome la sonrisa. Si en ese momento se hubieran apagado todas las luces de la sección, no se habría notado en absoluto. Así de luminosa era aquella sonrisa

Ya sé que estoy un poco baboso y “topicazón”, pero qué quieren, me enamoré a la primera.  Parecía un hada. El pelo negro, ensortijado, le caía en cascada por encima de los hombros. La frente, ni grande ni pequeña, estaba ceñida por una guirnalda de pequeñas flores silvestres multicolor. Unas cejas bien perfiladas enmarcaban unos ojazos negros como las lágrimas de Miguel Matamoros. La nariz, graciosa y respingona, antecedía a una boca de labios carnosos y frescos, a la que escoltaban dos mejillas divinamente arreboladas. Del resto del cuerpo sólo diré que nada desmerecía de tan bello rostro. Algo en mí también le gustaría, pues a los tres meses estábamos viviendo juntos y felices. Bueno, felices hasta que descubrí su particularidad.

Un día, supongo que cuando ya me había acostumbrado lo suficiente a su belleza como para poder ver en su presencia los alrededores, descubrí que no se reflejaba en los espejos. Ya, ya sé que la conocí en la sala de los espejos de Nupaní, pero era imposible tener vista panorámica estando ella presente. Y ¿recuerdan la respuesta que dio a mi pregunta de vendedor? pues en ese momento la entendí. No dije nada y me dediqué a intentar sorprenderla cada vez que se enfrentará a un espejo, por si acaso había sido una ilusión óptica. Pero nada de ilusión óptica. Griselda no se reflejaba en los espejos. Luego de leer sobre el tema todo lo que pude, no me cupo la menor duda. Estaba viviendo con un vampiro o un fantasma, las dos únicas posibilidades que existían. Tomé mi decisión.

La noche de San Juan, noche bruja por antonomasia, hicimos nuestros rituales paganos como todos los años. Siempre los había hecho de una manera lúdica, divertida, sin que tuviera ningún significado real. Pero en esta ocasión, todo me parecía formar parte de un verdadero aquelarre satánico. Cuando nos cansamos de saltar hogueras, pisar ascuas y quemar velas, fuimos a nuestro dormitorio e hicimos el amor de manera salvaje. Arañando, mordiendo, embistiendo con furia, como si de una pelea cuerpo a cuerpo se tratara. Al terminar, nos dejamos llevar por el sopor de “la petite mort” y quedamos quietos y exhaustos. Al rato, conseguí levantarme, fui hasta la cocina y cogí el punzón de picar el hielo. Me acerqué a Griselda, que dormía plácidamente y tanteando por debajo de su seno izquierdo, clavé el punzón levemente inclinado hacia arriba, para salvar la costilla y asegurarme de alcanzarle el corazón.

- ¿Qué haces? – Me preguntó sorprendida.

- Lo siento mi amor, pero aunque me duela, debo acabar contigo. – Le contesté con los ojos inundados de lágrimas.

- ¿Acabar conmigo? ¿Por qué?

- He descubierto tu secreto. Eres un ser infernal. No te reflejas en los espejos.

- Tú eres tonto. No me reflejo en los espejos porque mi piel tiene una característica extraña, que se da una entre mil millones, que impide su reflejo. Sin embargo, pon un espejo en la herida que me has hecho y verás que ésta si que se refleja.

Así lo hice y pude comprobar que tenía razón. Tanto la herida, como la sangre, se reflejaban en el pequeño espejo de mano que utilicé para comprobarlo. Sin embargo, no las tenía todas conmigo. Algo no cuadraba en todo aquello y no era la extraña explicación que me había dado. Estuve absorto, pensando un buen rato. ¡Coño! Reconozco que estuve lento.

- Te acabo de clavar el punzón en el corazón y sigues viva. ¿Qué más pruebas necesito de que eres un ser infernal?

- ¡También tengo dexiocardia!


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