Revista Opinión

Homo faber y razón vial

Publicado el 31 octubre 2019 por Carlosgu82

Me detengo a examinar dos características infaltables a todo lo vivo según Jacques Monod: “La teleonomía es la propiedad de ajustarse a un proyecto, de tender a un fin: un ojo es inexplicable si no se tiene en cuenta su función de ver. La morfogénesis autónoma es la propiedad de adoptar una forma no como efecto de causas externas, sino a partir de las propias tendencias intrínsecas”. Tendencias intrínsecas combinadas con necesidades de adaptación obligan a lo vivo a cambiar. Según Etienne Gilson esto hace que Monod se deslice al finalismo interno de Aristóteles. Para el Estagirita la causa formal y la final no vienen de fuera, no son impuestas por un creador, sino que brotan del propio ser viviente. Lo interesante de un órgano que nace para cubrir una necesidad interna es que la necesidad crea al órgano pero lo limita también. El ojo captará las ondas luminosas que necesita, no todas las que existen. Lo mismo podemos decir del oído, captará solo un rango pequeño de las ondas sonoras, las que necesita. Esto hace que tengamos una visión limitada y alterada del mundo sensible.
¿Qué pasa con la razón? Esta nació también para cubrir necesidades vitales. Entre la fabricación de pseudópodos para desplazarse y de una lanza para cazar no hay mayor distancia. La lanza es tan extensión de nuestros órganos como lo fue el seudópodo para los unicelulares (un seudópodo -del griego ψευδός, pseudós, «falso» y πούς, poús, «pie»- es una prolongación del citoplasma de algunos organismos unicelulares tales como las amebas, que los utilizan para alimentarse o desplazarse, dice Wikipedia). Fabricar una lanza o descubrir los usos del fuego requieren análisis y síntesis. Tomar una piedra pulida o tallada y unirla a un palo. Saber unir partes es el principio para fabricar toda clase de herramientas. Separar cosas en sus partes nos da el poder para saber cómo funcionan. Análisis y síntesis nos han servido para entender la deducción, la inducción y toda nuestra vida civilizada. Con estos modestos principios, nacidos en el antiquísimo Homo faber y quizá antes, pues los chimpancés fabrican herramientas rudimentarias, pretendemos entender el universo entero y a nosotros mismos. El evolucionismo no es más que un gigantesco pensamiento sintético. Creer que carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno se unieron al azar para formar aminoácidos, luego estos formaron proteínas, luego células… las células aisladas se unieron en colonias para originar a los pluricelulares, etc. Una enorme síntesis guiada por el azar y la necesidad. El creacionismo en el fondo es un análisis. Me refiero al adoptado por los padres de la Iglesia, que en parte deriva del emanatismo neoplatónico. Para Plotino, de un Uno surgió un Noús, luego un alma y de ella, la materia. Los gnósticos enseñaban un proceso semejante. Pronto los padres de la Iglesia se dieron cuenta de que si la materia hubiese emanado de Dios, sería de su propia sustancia, tan divina como Él, y optaron por una creación de la nada que explicara las limitaciones propias de las criaturas.
En conclusión, podemos pensar que si nuestros ojos nacieron para cubrir unas necesidades y dejaron por fuera la percepción de ondas cuya visión no requerimos, tal vez nuestra manera de razonar dejó por fuera modos de razonamiento que nos darían una mejor comprensión del universo o, al menos, explicaciones alternativas que ni siquiera imaginamos. Sigo pensando que nuestro cerebro de Homo faber es tan limitado como nuestros sentidos. Aspirar a una comprensión total del universo, como a la que aspiraba Stephen Hawking, es como querer que el chip de una computadora pueda un día tomar conciencia y entender no solo a la computadora entera y sus programas, sino también a los creadores de la máquina.


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