A veces hay que hablar con los mayores. Por pedirles que nos guíen, sí, pero también para escuchar dónde flaquearon, en qué no fueron buenos, ni quizá desearon serlo. Por curiosidad. Por el puro placer de hacer nuestro lo que no nos pertenece o lo que no vivimos. Por saber con qué aplomo afrontan el final del trayecto o por dejarnos entusiasmar por la constancia con la que llegaron a ese punto final. Siempre pensé que Leonard Cohen era un señor mayor. Me lo parecía en las portadas de sus discos cuando los descubrí en la adolescencia. Luego está la voz adulta, la hondura a la que nos dejábamos caer. Ahora lo veo como si fuésemos un poco iguales. Hemos estado en hoteles, hemos escrito poemas, hemos ganado y hemos perdido, hemos buscado a Jesús en el mar y no lo hemos visto. Soy una especie de Leonard Cohen sin la pose de gentleman de anuncio. Hoy me he levantado escuchando su último disco, I want it darker, y no se me ocurre nada más que agradecimiento. No hay forma de que pueda expresárselo. No la hay de ninguna manera, no existe el conducto que una el leonard cohen improvisado de aquí (impostado, usado para la gestión del texto) y el leonard cohen verdadero, el que dice que se está muriendo y que ese disco es el último. Las cosas póstumas no deberían existir. Lo que sabemos que se realiza por última vez. Las últimas veces son las más tristes, pero igual alguien nos ilustra, nos pone en la senda del conocimiento y nos hace ver qué belleza hay en la vejez, qué dulzura, qué formidable valor lo recordado, lo transmitido, toda esa experiencia acunada a conciencia, convertido en himno o en bandera o en asunto de taberna cuando la tarde flaquea y la lengua se despeña en intimidades.
Revista Cultura y Ocio
A veces hay que hablar con los mayores. Por pedirles que nos guíen, sí, pero también para escuchar dónde flaquearon, en qué no fueron buenos, ni quizá desearon serlo. Por curiosidad. Por el puro placer de hacer nuestro lo que no nos pertenece o lo que no vivimos. Por saber con qué aplomo afrontan el final del trayecto o por dejarnos entusiasmar por la constancia con la que llegaron a ese punto final. Siempre pensé que Leonard Cohen era un señor mayor. Me lo parecía en las portadas de sus discos cuando los descubrí en la adolescencia. Luego está la voz adulta, la hondura a la que nos dejábamos caer. Ahora lo veo como si fuésemos un poco iguales. Hemos estado en hoteles, hemos escrito poemas, hemos ganado y hemos perdido, hemos buscado a Jesús en el mar y no lo hemos visto. Soy una especie de Leonard Cohen sin la pose de gentleman de anuncio. Hoy me he levantado escuchando su último disco, I want it darker, y no se me ocurre nada más que agradecimiento. No hay forma de que pueda expresárselo. No la hay de ninguna manera, no existe el conducto que una el leonard cohen improvisado de aquí (impostado, usado para la gestión del texto) y el leonard cohen verdadero, el que dice que se está muriendo y que ese disco es el último. Las cosas póstumas no deberían existir. Lo que sabemos que se realiza por última vez. Las últimas veces son las más tristes, pero igual alguien nos ilustra, nos pone en la senda del conocimiento y nos hace ver qué belleza hay en la vejez, qué dulzura, qué formidable valor lo recordado, lo transmitido, toda esa experiencia acunada a conciencia, convertido en himno o en bandera o en asunto de taberna cuando la tarde flaquea y la lengua se despeña en intimidades.
