Tenía los huesos rotos y una sonrisa triunfal en la mirada. La mueca de dolor en su rostro no podía ocultar el sabor de la victoria. Mientras depositaban su cuerpo malherido en una camilla de madera y pieles para llevarlo hasta el poblado, nadie habló. Se había hecho el silencio, después de los gritos de júbilo, cuando el shamán hizo sonar las semillas en el interior de una calabaza seca entonando un gutural cántico para alejar los demonios de la muerte. Era el inicio de una cuenta atrás, de una lucha final por aferrarse a la vida a la que Sami, guerrero de la tribu mursi, posiblemente, no sobreviviría.
Las estepas de Jinka nunca habían presenciado sobre su tierra arcillosa una batalla tan cruenta entre dos guerreros surma y mursi. Los jalaba de ambas tribus habían decidido resolver la disputa territorial por aquella vertiente en el valle del río Omo mediante un enfrentamiento a vida o muerte entre sus dos mejores luchadores. Sería al atardecer y sólo podrían asistir los shamanes de cada tribu, los miembros de sus jalabas que pudieran andar y veinte hombres. Ningún integrante del grupo portaría kalashnikov, ni arma de fuego alguna. Ninguna mujer, salvo dos elegidas, asistirían a la contienda y tampoco ningún niño. Los contrincantes lucharían desnudos, con el cuerpo teñido de negro y la cara pintada, sin portar abalorios, con una cinta atada a la cabeza y armados únicamente de un palo sin afilar de dos metros y medio exactos de longitud. No se permitiría arrodillarse en gesto de abandono, como en la dunga. Sólo una muerte sellaría el acuerdo entre las tribus. De fallecer ambos guerreros en la contienda, vencería la tribu del que muriese más tarde. Si las heridas les impedían seguir luchando sin haber muerto, se aplazaría el combate hasta recuperarse ambos de los golpes. En el caso de que alguno resultara lisiado para volver a luchar, se elegirían dos nuevos guerreros. Mientras se resolvía la disputa cesarían las hostilidades entre tribus. El vencedor final, tendría derecho a tomar como esposa a la mujer más bella de la tribu contraria y en la sangre de sus descendientes se sellaría la nueva alianza. Ambas mujeres serían las únicas que verían el combate, sin mezclarse con los hombres.
Cuando Shaka le llamó en plena noche para darle la noticia, tuvieron que despertarle. Aunque todos en el poblado sabían que los jalaba de la tribu deliberaban desde la mañana del día anterior, Sami no podía imaginar que sería el elegido. Con sólo veinte años, aunque su cuerpo se había desarrollado rápidamente gracias al entrenamiento y sus largas horas trotando a solas por la llanura con su inseparable vara a cuestas, no era un guerrero experto:
–Sami, el shamán te ha llamado. Adorna tu cabeza con aros, huesos, cintas y plumas. Yo te pintaré la cara, eres El Elegido.
Cuando el joven llegó a la altura de la hoguera se hizo el silencio. Todos se habían congregado en el lugar para escuchar hablar al jalaba más antiguo. Después de un día, una noche y otro día más meditando, fumando y alimentándose únicamente de sangre de vaca y leche, en la segunda noche entraron en trance. Un extraño sopor invadió a los jaraba y todos, sin excepción, tuvieron el mismo sueño: un joven de espaldas, con la piel teñida de negro, recibía un golpe de vara que quebraba su rodilla izquierda, pero no le hacía caer al suelo. No había duda de quién se trataba, por la cicatriz de la mordida del cocodrilo que casi le arrebata la vida de niño y la pierna rota por el golpe. Era Sami, hijo de Kwame, descendiente de la estirpe Dakari señalada desde hacía tres generaciones por una maldición: la cobardía de sus guerreros primogénitos en el campo de batalla.
Cuando Sami llegó adornado con los dientes de cocodrilo engarzados en aros de metal que colgaban junto a las largas plumas de la cinta que se había ceñido a la frente, nadie daba crédito, pero los jabala habían tenido el sueño. Para todos era evidente que esa premonición temprana a la segunda noche de ayuno, era una señal de la futura derrota ante los surma. Enviaban a un cobarde a la batalla, no había esperanza alguna. Todos esperaban que Ajani fuera el elegido, un luchadoe alto, ágil y musculoso, temido y respetado porque había matado a dos surma que le sorprendieron en una emboscada. Ese enfrentamiento marcó el comienzo de la guerra entre las tribus, los muertos eran dos jóvenes de una misma familia respetada en todo el valle. Se dice que hacían un reconocimiento del terreno y que habían llegado hasta allí entrenando su resistencia recorriendo largas distancias. Nada tuvo que ver en la disputa que la bella Alika despreciara a Ajani para casarse con un guerrero flaco y sin experiencia de su propia tribu, que había luchado con valor en la dunga para demostrar su amor por Alika, resultando malherido y levantándose una y otra vez en señal inequívoca de que no descansaría hasta conseguir su objetivo, aún a riesgo de perder la vida si hiciera falta. Alika sonreía al verle luchar desnudo, con su enorme pene balanceándose con viril naturalidad en cada movimiento y golpeando sus delgados y fibrosos muslos desnudos. Entre sus piernas albergaba el húmedo deseo de que la cortejara desde la tarde en que la naturaleza la hizo fértil y le vio por primera vez bañándose desnudo en el río. Alika jamás perdonaría a Ajani, ni a ningún mursi, por matar a su prometido días antes de que la tomara por esposa.
Sami se detuvo ante la hoguera esperando que nadie se percatara de la flaqueza de sus piernas, pero el rumor ya había llegado a cada extremo del poblado. Los huesos del guerrero que adornaban cobarde sonaban al ritmo del temblor de su cuerpo. Sin embargo, en su indumentaria había algo que contradecía esa percepción del resto. Era la primera vez que usaba los huesos de cocodrilo y que pertenecían al animal que le mordió la pierna cuando era apenas un adolescente. Nadie había sido capaz de explicar lo sucedido aquella tarde. Cuando los primeros hombres llegaron al río alertados por los gritos, encontraron a Sami de pie, con los pies introducidos en el agua hasta los tobillos, un grueso trozo de piel del muslo izquierdo colgando y el rastro de su sangre perdiéndose río abajo. A su lado yacía el cocodrilo que le había atacado, con las mandíbulas desencajadas, el blando vientre hacia arriba, las patas rígidas y asfixiado. En la otra orilla, los demás cocodrilos alertados con la sangre en el agua se removían en el lodo sin atreverse a cruzar al otro lado, donde aquel muchacho, casi desangrado, les desafiaba de pie.
Cuando llegaron los hombres hasta él se desmayó, pero hasta ese momento había desafíado él solo los peligros del río. La Magara es la fuerza universal que, en la creencia mursi, conecta entre sí el alma de los seres vivos y con la voluntad de los objetos que les rodean. Esa tarde, el joven shamán supo al verle tiñendo el río de rojo que la maldición familiar había sido conjurada pero en lugar de relatar su nueva leyenda, sintió en su interior la necesidad de guardar silencio. El alma y la astucia de los cocodrilos del río ahora estaba con Sami. Le habían aceptado en su grupo, no le habían atacado porque le consideraban digno, un miembro más. En el interior de Sami, descansaba el alma del cocodrilo muerto. Esa era la voluntad de la Magara y sólo el shamán lo había entendido. El resto creyó la versión de Ajani, que afirmó haber salvado la vida del muchacho asfixiando al cocodrilo con sus propios brazos. Sami siempre guardó silencio ante aquel relato, temía que Ajani cumpliera su amenaza de matarle en la noche.
Ajani se sentía humillado por la decisión del Consejo y fue el único que no asistió a la ceremonia. Se retiró a orillas del río apretando los dientes en señal de rabia. Sintió una sed que le abrasaba la garganta y se arrodilló a orillas del río para saciarla con el agua que bajaba limpia. Ni siquiera vio acercarse a los cocodrilos que le arrastraron del cuello hasta la otra orilla. Mientras Ajani era devorado el joven shamán, que acababa de entrar en la treintena, miró seriamente a Sami. El fuego de la hoguera ardía reflejado en sus pupilas, pero no eran sus ojos sino los de un cocodrilo los que miraban. Se estaba produciendo la esperada unión dentro de él, los jalabas habían tenido el sueño correcto. Sami dejó de temblar. En señal de reconciliación y arrepentimiento Ajani, sabiéndose muerto, rezó a Magara para que intercambiara su valor por el miedo maldito de Sami. Su deseo fue concedido y los cocodrilos se comieron la maldición y al mismo tiempo los bajos instintos del cruel guerrero. Las dolorosas escarificaciones que había soportado hacerse durante años en la espalda imitando las escamas de cocodrilo, de pronto dotaban a Sami de un aspecto feroz que hizo retroceder a más de un miembro del poblado. Algunos guerreros tuvieron que sujetarse con fuerza a sus varas para no hincar sus rodillas cuando se desnudó para ser pintado de negro.
Sami se había encontrado con su vara el mismo día del ataque del cocodrilo. Algo le llevó hasta aquel lugar que estaba a favor del viento. Todo cazador, por joven que fuera, sabía que no debía andar arriesgándose a ser olfateado por las fieras. Aún así, lo hizo. En sus oídos podía percibir el sonido de las ramas de un árbol entrechocando entre sí a lo lejos. Resultaba inverosímil que hubiera vida vegetal en aquella llanura desértica, aún así se vio obligado a seguir su instinto. Le dolía andar con la herida tan reciente, pero la llamada del sonido del árbol había sido demasiado nítida. No podía ignorarla, era la voluntad de su futura vara de guerra. Caminó por espacio de dos horas, arrastrando la pierna herida. Había comenzado a sangrar de nuevo y eso en su estado podía ser peligroso. Se le nubló la vista, sacudió la cabeza y al mirar al frenten de nuevo lo vió. Había andado en estado de trance, habiendo estado a punto de darse de bruces contra el árbol. Resultaba increíble que en aquella tierra hubiera sobrevivido nada, pero allí estaba. Sus ramas retorcidas por la acción del viento se movían entonando el viejo lenguaje del aire y la tierra. El tronco estaba seco y tenía todas las raíces, salvo una, desenterradas. Esa última raíz alimentaba una firme rama separada del resto, recta, aparentemente sin nudos ni grietas. La única rama viva, adornada por una hoja verde en su extremo. Estaba a la altura de un hombre de mediana estatura. Se acercó, la cogió con fuerza y tiró de ella. Con un ligero crujido cedió, entregándose a su guerrero. Sami sintió la voluntad inquebrantable de aquella madera recorriendo sus brazos. Se sintió fuerte, pero una vez más tuvo miedo de no ser digno de ella. Nunca había visto una vara así, no necesitaba ser trabajada. Ambos extremos parecían cortados por una mano experta y no presentaba rugosidades. Estaba hecha para luchar de inmediato, pero la usó como bastón para regresar despacio al poblado. Cada golpe en la tierra hacía sonreir al espíritu Magara, que unía todas las cosas y sabía que aquel futuro guerrero era digno de su honor.
Cuando Sami llegó al lugar del combate, desnudo, con el cuerpo pintado de negro y una cinta verde en la cabeza, vio a lo lejos a Alika. Era la elegida de los surma, que habían entendido en cuanto había ocurrido que aquél era su destino. Alika reparó también en Sami, sorprendentemente tenía en la espalda las escarificaciones de un guerrero anciano que se ha sometido toda su vida al tormento de marcar su piel tras cada batalla. Su sexo ya no era importante a sus ojos, había algo que nunca antes había visto en su mirada. Deseó secretamente que viviera y que sometiera a ambos pueblos bajo su vara cruda sin trabajar de dos metros y medio exactos.
En cada golpe recibido de su terrible contrincante, un gigante negro de poblada entrepierna, brazos fuertes, ojos rojos, mandíbula firme y vientre redondo pero musculado, Sami perdía voluntad. Desde que explicaron las normas del combate y señalaron el comienzo, todo alrededor había dejado de existir. Sólo estaban él, su adversario, las cimbreantes varas, los fenomenales golpes infligidos, el dolor, el crujido de huesos y el intento de no caer.
Cuando bajó la guardia por la izquierda acuciado por el dolor en la clavícula que le acababa de romper aquel gigante de un certero golpe, tuvo la intuición de que en un movimiento más terminaría la batalla. Le sangraba la oreja izquierda, golpeada junto con el hombro y la clavícula rota, las costillas inferiores se hundían en la carne, los músculos de los hombros estaban machacados de soportar los duros palos que se sucedían a gran velocidad, el hombro derecho estaba ya desencajado. El gigante negro, Emeka, se percató de inmediato de la bajada de guardia de su rival por el costado izquierdo. Había escuchado crugir sus huesos rotos bajo sus formidables golpes y no se explicaba su capacidad de resistencia. Aunque él también estaba lastimado y cansado, resistía el castigo con la entereza de su pétrea musculatura. Sami era rápido y preciso, por cada golpe suyo Emeka recibía al menos dos, pero aquel muchacho inexperto no era rival para un guerrero de su fortaleza y experiencia. Dirigió toda la fuerza de su último ataque a la rodilla izquierda de su adversario, era tal la potencia y velocidad del golpe que podría arrancarle la pierna. Mientras la vara cimbreante sujeta por su extremo con ambas manos describía un arco en dirección a la rodilla que voluntariamente había sacrificado, Sami levantó su vara en dirección al cielo pidiéndole que buscara la muerte. Cuando Emeko vio su movimiento y los ojos de cocodrilo centellear, entendió su error. La vara de Sami, mientras su rodilla se quebraba con un sonido estremecedor, impactó con dureza en el oído izquierdo del enorme guerrero. Había golpeado con firmeza criminal, enseñando sus dientes blancos y moviendo las escarificaciones de la espalda como si atacara dentro del agua. Cuando los sesos salieron con sangre por el oído derecho, todos supieron que la batalla había terminado. Sami seguía en pie, apoyado en su pierna derecha, con los huesos rotos, una trágica sonrisa y el sabor a muerte aún en la mirada.
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