Revista Educación

Inevitable

Por Siempreenmedio @Siempreblog

“Era inevitable…” vaya dos palabras para empezar una novela. No dejaba de preguntarse si el maldito mantra con que García Márquez había pegado la hebra de El amor en los tiempos del cólera iba a estar presente en su cabeza cada vez que algo volvía a la ridícula onda antropológica del movimiento perpetuo. Dos simples presentadores habían estado presentando, hacía unos días, con unos artilugios hechos con bolígrafos y paraguas, que dos cuerpos en el espacio podían moverse hasta el infinito por una suerte de generación cinética espontánea. Era inevitable, pues, pensar que la estupidez humana podía referirse a ese movimiento perpetuo de acciones, referido en la consecución, una y otra vez de las mismas costumbres, los mismos hábitos, los mismos errores, las mismas victorias y los mismos fracasos, como si la segunda ley de la termodinámica no hiciera ningún efecto plausible en el ser humano.

Y de nuevo, como en el Día de la marmota al que tanto me he referido en este blog, se volvía a producir el MISMO escenario social de meses atrás, la pegada de carteles, los discursos prometedores, las sonrisas cómplices, los ataques impiadosos, las defensas a ultranza… Y todos condenados a sufrir, otra vez, en menos de medio año, esta condena por la que se nos obligaba a decantarnos por señalar a quien debía hacerlo mejor, o bien al menos.

El proceso: igual de ofensivo; la resolución, veríamos cómo sería. Inevitable, retumbó en su cabeza. Pensó si no debería haber una ley que prohibiera, no ya repetir candidatos en caso de que los que hubieran salido no se pusieran de acuerdo, sino incluso de repetir partidos.

Cerró la puerta de casa y se decidió a salir a la calle -qué miedo, lo que le esperaba en un país sin Gobierno- y mientras subía por el callejón en el que no se había alterado nada en estos seis meses , ni una piedra, ni un verode de los tejados, ni una raya en el suelo, comparó la situación del país con aquellas tardes de sábado en la que su madre le preguntaba veinte veces si iba a salir esa noche, por si en alguna respuesta cambiaba de opinión.

Llegó al colegio electoral, las mismas caras de los interventores, el mismo policía, las mismas siglas. Votó lo mismo. “Y ahora a ver qué pasa”, se preguntó por dentro, no sin cierta malicia.


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