Las celebraciones del final del año y comienzo del nuevo acostumbran a estar mojadas en alcohol en nuestro entorno. Varios milenios de uso y disfrute de los efectos salutíferos del compuesto químico CH3-CH2OH y sus derivados no van a cambiar por unas cuantas recomendaciones de las autoridades. En mi entorno más próximo, vivo rodeado de las formas más selectas de vinos y cavas, además de una industria que se precia de trabajar para la excelencia, propicia el deleite y la satisfacción ligada a unas bebidas que se dan en llamar espirituosas por lo que de evaporizable tiene su base alcohólica y, también, por sus peculiares y espirituales efectos sobre el sistema nervioso central.
En esta realidad resulta extremadamente difícil que los jóvenes y los niños, con un criterio todavía en ciernes, entiendan que el placer está en la moderación y el gusto está en saborear un elemento y no tanto en sus efectos inciailmente euforizantes y desinhibidores.
La inmensa mayoría de nuestros niños tienen el primer contacto, se toman la primera copa en el entorno familiar y, generalmente, en los ambientes festivos. Imitan a los adultos a los que ven gozando de unos bienes con amplio reconocimiento.
Propalar los peligros del alcohol tiene entonces escasa acogida. De las prohibiciones generalizadas ya vimos la desastrosa experiencia de los Estados Unidos y la ley seca en el primer tercio del siglo pasado.
Pero las intoxicaciones alciholicas infantojuveniles representan un peligro real y los esfuerzos para reducirlas requiere la participación de todos: familias, enseñantes y sanitarios.
Lo difícil es enseñarles a los crios la distancia que media entre el botellón y el Moët Chandon o entre un carajillo de Magno y una copa de Vega Sicilia. Encontrar el punto justo entre el disfrute y la toxicidad es un esfuerzo, sobre todo, cultural. Por eso habríamos de brindar.
A vuestra salud y feliz año nuevo.
X. Allué (Editor)